ASÍ SON LAS PERSONAS MAYORES LGTB DE ESPAÑA

ASÍ SON LAS PERSONAS MAYORES LGTB DE ESPAÑA

¿Y si tu abuela hubiese sido lesbiana?

Hubo un tiempo en el que la homosexualidad se perseguía y se trataba de curar. Todavía queda mucho para su normalización, pero hace relativamente poco las cosas estaban mucho peor. Este reportaje recoge el testimonio de quienes podrían haber sido nuestros padres, madres, abuelas, abuelos. Gais y lesbianas para los que su sexualidad acabó marcando su vida.

Este reportaje está dedicado a todas las personas que decidieron no participar en él.
Este reportaje está dedicado a todas las personas que decidieron no participar en él. | T.O.

Durante el franquismo, unas 5.000 personas fueron detenidas por tener "desviaciones que iban contra la moral". En aquellos años, la Iglesia y la medicina colaboraron con el régimen para eliminar cualquier espacio de dignidad para los homosexuales. En 1970, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social puso el foco en el "tratamiento" y la "cura" de la homosexualidad. Se establecieron dos penales, uno para activos y otro para pasivos -increíble pero cierto- y allí se enviaba a los desafortunados que eran acusados de "desviación sexual", donde se les trataba con sistemas atroces que llegaban a incluir el electroshock o la lobotomía. Las lesbianas, casi podríamos decir que afortunadamente, estaban tan invisibilizadas que no eran perseguidas con tanta virulencia. Los últimos presos por homosexualidad en España fueron liberados en 1979.

La mayoría de las personas LGTB que actualmente tienen más de 50 años (también las que tienen menos, pero en menor medida) han vivido, de una forma u otra, la presión de un entorno en el que mostrar su sexualidad era algo arriesgado, incomprendido, susceptible de ser juzgado y asfixiado. El rechazo del entorno, la soledad de su condición y la psiquiatría de aquellos años pendían sobre sus cabezas.

En este artículo no están todas las personas LGTB de 50 a 80 años a las que pedí que me contasen su vida. Creo que es significativo remarcar que, de once personas entrevistadas, solo cuatro pudieron contar su vida con tranquilidad, y siguieron con la entrevista hasta el final, accediendo además a ser fotografiadas.

El resto se arrepintieron, cayeron en estados de angustia que les hicieron imposible terminar el relato de sus vidas, o, en el último momento, se negaron a que sus historias fueran plasmadas en un medio. Todo actitudes perfectamente comprensibles. Sin poder generalizar, diré que, actualmente, puede observarse en bastantes personas de este colectivo una homofobia interiorizada, autoimpuesta, una aceptación de la propia sexualidad no exenta de leves brumas de vergüenza. En medio de algunos casos de suerte y liberador optimismo a prueba de bomba, queda todo ese silencio. Es por ello que me gustaría, de alguna forma, dedicarle estos relatos de vida a aquellas personas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, que abandonaron a la mitad de la entrevista, que no se atrevieron a contármelo todo, bien fuera por miedo, o bien porque la dureza de lo vivido las detenía.

ADOLFO

Adolfo. | D.R.

Nací en 1950 en un pueblo de León. Mi familia se dedicaba a la ganadería. Me enviaron muy niño a Barcelona a estudiar. Hice la primaria y la secundaria en León, y después ya hice la Reválida y el COU en Barcelona. Y después me preparé para contable. Cuando terminé, me empleé en una empresa textil que se llamaba García Planas, en Sabadell. Más tarde en esa empresa metí a mi hermana y a mi hermano. Era el boom de lo textil en Cataluña.

Un día fui a La Luna, un bar de la Plaza de Cataluña, entré, y allí, en la barra, estaba Rafael. Rafael del Castillo Martín. Yo tenía 27 años y él 32. Él me contó su historia. Estaba enfermo, tenía polio. A partir de entonces, yo intenté ayudarle siempre. Lo operaron de un pie y de la columna, que llegó a tener ocho tornillos de titanio, pero seguía teniendo algunos problemas para caminar. Nuestra relación propiamente dicha empezó un 12 de octubre, hace 39 años exactamente. Estuvimos muchos años él viviendo en Madrid y yo en Barcelona, pero nos veíamos todo el tiempo. Luego yo alquilé un apartamento aquí, en Carabanchel Alto. Él tenía mucha familia aquí en Madrid. Rafael fue funcionario de Hacienda, aquí en Madrid. Después fue funcionario en la Biblioteca Nacional. En ese momento se le notaba ya mucho su enfermedad de los huesos. Sus hermanas no lo apreciaban nada, y a mí eso me causaba mucha tristeza. Mi familia lo sabía todo, que estábamos juntos, pero nunca hemos hablado de que fuésemos homosexuales o bisexuales. Nunca nadie me preguntó nada. Simplemente estábamos juntos, y punto.

Te puedo enseñar su carnet, su fotografía, y este anillo que llevo siempre con la erre de Rafael. Lo llevo siempre todo encima. Él llevaba el mismo anillo, pero con la inicial de mi nombre. Tengo un montón de fotos de nosotros dos juntos en todos nuestros viajes, porque hicimos muchos viajes. Fuimos incluso en barco. Recorrimos casi toda España, también a las islas. Asturias, Córdoba, las Canarias... Una vez fuimos a Lanzarote, y él no caminaba bien, pero quería meterse en una cueva, que era muy aventurero él. Lo tuve que sacar tirando de las piernas. También íbamos a la matanza de León, a casa de mi hermano.

No recuerdo haber tenido problemas por ser una pareja de hombres, ni en los hoteles por pedir habitación de matrimonio, ni nada. Pero es verdad que tengo la cabeza un poco perdida y me cuesta recordar cosas. Nos casamos legalmente en abril de 2013. Primero fuimos pareja de hecho, porque no se permitía el casamiento.

Al final a Rafael le costaba mucho caminar, pero no quería silla de ruedas. Llevaba una muleta, y este brazo mío era su otra muleta. Se murió el día 2 de diciembre del año pasado. Para mí es muy duro. Le echo mucho de menos. Voy al cementerio a visitarlo todas las semanas. Estábamos muy apegados. Yo me enamoré de él desde la primera vez que lo vi, allí en la barra de aquel bar de la Plaza de Cataluña. Nunca me había enamorado antes de nadie, ni de un hombre ni de una mujer.

CECILIA

Cecilia. | D.R.

Nací en El Bierzo, pero me crié en Hernani, en San Sebastián. Soy la sexta de doce hermanos. Con 21 años vine a Madrid a buscarme la vida, porque en el País Vasco no había trabajo.

Mi infancia fue muy bonita, muy divertida, de jugar mucho. De pequeña tuve dos profesoras maravillosas, Estela y Sor Áurea, de las que aprendí todo lo que sé. Eran geniales, como profesoras y como personas. Las respetaba muchísimo. Yo creo que estaba un poco enamorada de las dos. De resto, con las monjas, pues regular, porque yo al clero le tengo un poco de tirria, como te podrás imaginar. La primera vez que me quedé prendada de una mujer tenía cinco años. Subía por una escalera de la mano de mi madrina. Era verano. Mi madrina se paró a hablar con una vecina, que estaba en el baño. Se veía desde la puerta de la calle. La vecina iba a bañarse y estaba completamente desnuda. Me pareció increíble, preciosa. Me quedé clavada en el sitio. Había visto desnudas a mis hermanas, y eso me daba igual, pero esta mujer me impactó. Nunca me olvidaré de su cuerpo y de su cara. En aquella época no tenía ni idea de qué era aquello que yo sentía, pero ya ves. Desde entonces soy quien soy.

Pero yo era muy niña, muy inocente, y tardé en sentir atracción por una chica. Fue ya en la adolescencia, en un internado falangista de Zarauz en el que me metieron para que aprendiera un oficio. Era un centro para aprender peluquería y estética. Yo estudié para masajista. En este internado nos lo pasábamos pipa, pasábamos de una habitación a otra, comprábamos bebida y la escondíamos en la cisterna. Si nos castigaban a pasar allí el fin de semana, las compañeras que podían salir nos compraban bebida y nos la pasaban en macutos por la ventana. Éramos una cuadrilla estupenda de amigas. Recuerdo que estuvimos una semana intentando enseñarle a ponerse un tampón a una. Aquello fue una odisea.

Allí en el internado conocí a Esther, una chica andaluza guapísima. Al principio no me llamó la atención. Sólo recuerdo que llegó nueva al internado y la acababan de operar de los pies. Allí, para llegar a tiempo a la comida, tenías que correr escaleras abajo. Como ella no podía correr, me la subí a caballo y la llevé hasta el comedor. Nos pillaron y nos echaron una bronca. Después de eso nos hicimos amigas, entró en nuestra cuadrilla. Y un día me di cuenta de que lo que yo sentía por ella era otra cosa, que no era sólo amistad. Un fin de semana, nos quedamos solas las dos en una habitación de seis. Y, en medio de la noche, se metió en mi cama con la excusa de que tenía miedo. A partir de ahí surgió el amor. Al tiempo se lo conté a mis padres, que ya se lo esperaban, en realidad. Sabían que yo era diferente. De toda la vida había jugado al fútbol igual que mis hermanos chicos, por ejemplo.

Mi peor regalo de Reyes fue un cestito de costura, que lo tiré por los aires y me cogí un berrinche. Así que ellos ya lo sospechaban, aunque sí que hubo un susto en mi casa cuando les dije que tenía novia. Mi madre me dijo: "Hija, antes de que hubieras nacido homosexual, hubiera preferido que tuvieras deficiencia mental, porque te van a dar muchos palos y yo no voy a estar para protegerte. Si tuvieses un retraso, estarías siempre conmigo". Años después le recordé estas palabras, y el daño que me hicieron. Pero bueno, de doce hermanos, cuatro salimos gays, así que tampoco se podían espantar mucho. El problema surgió cuando los padres de Esther nos pillaron in fraganti en la cama, en su casa. Me quisieron denunciar por perversión de menores, porque yo tenía 19 años y Esther 17, y le prohibieron verme.

Al tiempo, Esther les dijo que si se podía ir a Madrid, contándoles que así se alejaba de mí. Lo que no sabían los padres es que se venía a Madrid conmigo. Aquí nos fuimos a vivir a un hostal. Yo encontré trabajo de camarera en el Café de Oriente, donde trabajé muchos años. Del 81 al 85 estuvimos juntas. Después la relación se terminó. Murió mi hermano, y eso, de alguna manera, me hizo tomar consciencia de lo que estaba haciendo. Yo estaba harta, y la relación se había ido deteriorando, porque ella no salió nunca del armario, y era insufrible vivir así, a escondidas. Cuando venían sus padres, tenía que fingir que vivía en un piso compartido con otras amigas. Aquello no llevaba a ningún sitio. Así que pasé dos duelos juntos: el de mi hermano y el de Esther. Mi hermano murió trabajando para pagar el piso, casado con una mujer a la que no quería. Me enteré de que era gay tiempo después de su muerte, porque conocí al chico que había sido su pareja. Esther, a los pocos meses de dejarlo conmigo, se casó con un hombre.

Cuando salí del bache, me lo empecé a pasar bomba. Salía de fiesta con mis grandes amigos Pedro y Martín, que eran maravillosos. Vinieron a vivir conmigo mi hermano Mikel y mi hermano Javi. Fueron tiempos muy bonitos, hasta que llegó la coca y todas estas cosas, que de eso no voy a hablar. Yo no la probé más que un par de veces, pero tuve gente cercana entre la que causó estragos.

He tenido una vida muy variada y he trabajado en muchos sitios: en restaurantes hindús, vascos, en un bar que era de los de Locomía... Y en un bar de aquellos, en una fiesta rociera, conocí a Marta. Estuvimos juntas siete años. Después de Marta, conocí al que yo creí que era el amor de mi vida, Inés. Yo ya tenía 38 años, ella 39. Estuvimos juntas 18 años. Por seguir aquí en Madrid con ella rechacé un curro en París y otro en Australia. Me dejó hace 5 meses, el día de nuestro aniversario. Me dejó sin casa, sin trabajo, y con lo difícil que es encontrar curro para una mujer mayor de 40. Vivo gracias a la Asociación 26 de diciembre, que se centra en los asuntos relacionados con el colectivo de personas mayores LGTB. Así que ahora mismo estoy en un momento en el que no tengo nada que perder y todo que ganar.

MARÍA JESÚS

María Jesús. | D.R.

Nací en Granada y vine muy joven a Madrid. Era enfermera, y en aquel momento los traslados eran muy fáciles. Desde la adolescencia sentía que algo dentro de mí no iba "como tenía que ir". Pero no sabía lo que era. Había tenido mis novios, e incluso había tenido algún tonteo con alguna chica, pero en aquel entonces no había un nombre para aquello. Algunos años después de llegar a Madrid, me casé y tuve dos hijos. Estuve casada casi 20 años, y la primera etapa fui feliz. Pero empecé a encontrarme mal y no sabía lo que me pasaba. Sentía cosas por algunas mujeres, pero no sabía ponerle nombre a eso. Era algo que estaba en mi inconsciente, de alguna manera. Decidí separarme, teniendo un hijo adolescente y otro más pequeño. Cuando pasó el temporal de después de separarme y ya estaba más asentada, me dije: "bueno, yo ahora tengo que averiguar qué es lo que pasa conmigo, con mis emociones, con mis sentimientos, con mi sexualidad". Por casualidades de la vida, una amiga me presentó a otra amiga del barrio y me llevó a un grupo de feministas, todas ellas con unas historias tremendas de lucha.

Alguna de ellas dijo alguna vez en una reunión: "yo soy lesbiana con pedigrí". Y me miraban a mí, como preguntando: "¿Tú qué eres?". Todas estaban intrigadas conmigo. Ahí, con 50 y pocos años, tuve mi primera relación con una mujer, que duró un año. Y ya pude saber qué me pasaba a mí. Mis hijos se enteraron poco a poco, fueron viendo los cambios en mi vida. El mayor se lo tomó muy bien, al pequeño le costó un poco más, pero lo acepta también. En mi familia no quieren hablar del tema. Yo les conté, en su momento, que estaba con una chica. Lo saben, pero no hacen preguntas de nada; está claro que no quieren saber demasiado.

Entonces aquel grupo de amigas se disolvió. Y de pronto me vi, habiéndolo dejado con esta chica y sin un grupo en el que me sintiese comprendida. A esa edad, esta es una situación complicada. En esa época fui a la playa con unas amigas que eran heteros y vimos, paseando frente a nosotras, un grupo de hombres gays, y me parecía que se lo estaban pasando de primera. Yo deseaba estar así, pero con chicas, rodeada de un entorno en el que encajara. Y entonces me acerqué a uno de los chicos y le dije que me daban mucha envidia. Él me preguntó qué cosas me gustaba hacer a mí, y yo le dije que me gustaban mucho el yoga y la naturaleza. Entonces me recomendó venir a meditación a la asociación, donde he conocido a mucha gente. A ese chico lo llamo mi ángel de la guarda. También mi ex cuñado, el hermano de mi ex marido, que es gay, me ha ayudado muchísimo. Y así he ido tirando. No he tenido más parejas estables, pero sí varias historias con mujeres. Evidentemente, no he tenido las facilidades de una chica más joven, porque lo mío ha sido una salida del armario tardía, pero me he ido abriendo camino. Ahora, con 62 años, es como si estuviera en la adolescencia del lesbianismo. Es muy cómico, porque, como digo yo, se me ha juntado la adolescencia con la menopausia.

JOAQUÍN

Joaquín. | D.R.

Nací en 1944. Soy un caso atípico, en el sentido de que vengo de una familia de clase media-alta. Durante el Franquismo, lo realmente peligroso era caer bajo las manos de la policía. Hubo una cierta persecución sobre lo que se veía: transexuales que se prostituían, chicos de clase baja que tenían mucha pluma... pero si pertenecías a ciertas clases sociales, no tenías miedo de las redadas. Y si alguna vez, por equivocación, eras detenido, tenías buenos abogados. Era injusto, pero era así.

Sí podía pasar que hubiese padres fanáticos que enviasen a sus hijos al Doctor López-Ibor, a reeducaciones de caballo para eliminar las "desviaciones". Eso era terrible, se utilizaba electroshock, descargas eléctricas... quedabas traumado. Yo tuve suerte: mis padres no eran así en absoluto. No es que entendieran muy bien lo que me pasaba, pero tenía mucha libertad y medios para poder vivir mi vida. A los quince años ya sabía que era gay. Durante una época estuve muy deprimido, porque pensaba que esto no le pasaba a nadie más, que estaba solo en el mundo. El problema de entonces era que no teníamos puntos de referencia. No había ni una película, ni un libro que hablase del tema... había una enorme ignorancia sexual, y ya sobre la homosexualidad era total. Sólo se empieza a visibilizar la homosexualidad a partir de los años setenta.

Yo tuve la suerte de poder irme fuera a estudiar. Estuve en China, en Estados Unidos... Taiwan era aún más reprimido que España, pero yo vivía en burbuja de extranjeros y estudiantes, y allí es donde yo salí del armario. Cuando volví a España era el año 75, y ya salí completamente del armario. Estuve en la primera manifestación que hubo pro derechos gays en Madrid, en la calle Menéndez Pelayo, en el año 77. A partir de entonces, ya hubo todos los años. Yo estudié y me preparé mucho en lo que respecta a derechos y teorías relacionadas con la homosexualidad. Mi vida ha sido muy normal, aparte de eso: he sido profesor de instituto, aquí y en Estados Unidos y China.

Soy lingüista, y he dado clase de inglés, de francés, de chino. También de historia e informática, porque me ha gustado variar y me interesan las ciencias y las letras. He sido traductor intérprete del Banco de España. eso fue en el 75, justo cuando volví de Taiwan. Recuerdo, fíjate qué cosa, que mandaron a un policía a mi edificio a preguntar al portero y a los vecinos cuáles eran mis costumbres. Por suerte, me tenían por una persona seria, y no sucedió nada. Después, del 83 al 90, estuve viviendo en Estados Unidos, y pude ver de cerca la peor época del sida. Yo tuve siempre pareja, no fui muy promiscuo, así que salí indemne de esta etapa. Tuve una pareja siete años en Estados Unidos. Ahora estoy felizmente casado con Hans, que es alemán y tiene además nacionalidad luxemburguesa. Vivimos juntos hace quince años y nos casamos cuando aprobaron el matrimonio homosexual.

Creo que he tenido una vida muy buena, no he sufrido lo que han tenido que sufrir otras personas homosexuales. Nunca he tenido que mentir, ni inventarme novias, ni cosas así. Omitía, pero no mentía. Pero en los institutos en los que trabajaba nunca he ocultado nada a nadie. Ahora estoy jubilado y llevo el grupo de Personas Mayores de COGAM, el colectivo de Madrid que lleva más de 30 años trabajando por la igualdad de las personas LGTB. También colaboro con un grupo similar en Luxemburgo. Y sigo haciendo traducciones de artículos y cosas por el estilo. Pero soy consciente de que mi vida no es la habitual en una persona homosexual de mi edad. No he tenido que esconderme, y me he librado de la psiquiatría represiva que tanto sufrieron otros. He tenido mucha suerte.

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