AMARNA MILLER NOS CUENTA EL VIAJE

AMARNA MILLER NOS CUENTA EL VIAJE

Aquella vez que me recorrí Australia con 22 años (y logré salir con vida de allí)

Cuando tenía veintidós años me recorrí la mitad del continente rodando porno en un viaje de tres meses. Me pasé de temeraria y casi muero unas cuantas veces pero, si sobreviví a Australia, es que soy oficialmente invencible.

Amarna Miller en Australia
Amarna Miller en Australia | Amarnamiller.com

Unos días antes de presentar mi proyecto de fin de carrera decidí que aprobase o suspendiese, me iba del país. Sincronías de la vida, casi de forma simultánea una productora australiana se ofreció a pagar mi billete de avión a cambio de rodar unas pocas escenas con ellos. Dicho y hecho, tres meses después de sacarme el título crucé un par de océanos para descubrir el país durante el máximo de tiempo que mi visado me permitía: noventa días.

Cogí el avión un 29 de octubre. Me acuerdo porque con la diferencia horaria tuve el cumpleaños más corto de mi vida. Aterricé en Melbourne dispuesta a tomar rumbo Este evitando las grandes ciudades. Mi plan era subir hasta Brisbane, atacar el cabo de York, continuar el viaje por el norte y bajar de nuevo a Melbourne a través de Darwin, Alice Springs y Adelaide.

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Exactamente la mitad del continente. Tras rodar las escenas pactadas conseguí convencer al dueño de la empresa para que me alquilase su coche por mil dólares, y con muy poco dinero en el bolsillo; pero muchas ganas de vivir aventuras me lancé a descubrir el lugar. Hablamos de un país quince veces más grande que España pero con menos de la mitad de habitantes: 23 millones versus nuestros casi 47.

Es un país donde el 60% de las carreteras están sin asfaltar. El mismo lugar que acoge a los diez animales más peligrosos del planeta. Y ahí estoy yo con mis 22 tiernos años rodando porno para costearme un viaje de tres meses en un coche que ni siquiera es mío. Digámoslo alto y claro: todo en Australia está dispuesto a matarte.

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Desde las arañas del tamaño de tu puño que se cuelan en el coche a través del motor -historia verídica- hasta las serpientes que se quedar a dormir debajo de tu tienda de campaña buscando calor. También las plantas que generan neurotoxinas en cuanto las rozas y esas medusas pequeñitas de tentáculos largos que -¡oh sorpresa!- pueden matar a un hombre adulto en cuestión de segundos con el equivalente a un grano de sal de su veneno.

En la rifa de la creación, los animales australianos se llevaron todas las papeletas de la aleatoriedad biológica. Ponemos un pico de pato, un par de espolones y el cuerpo de un castor y ¡voilá! Ornitorrinco. ¿Y que tal si hacemos un pájaro de dos metros con patas de dinosaurio?

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Me picaron los tábanos, las zarigüeyas me robaron la comida y libré una auténtica batalla contra una kookaburra -básicamente un pájaro Martín Pescador con muy malas pulgas que parece salido de un estudio de animación- para que no se llevase unas salchichas de mi plato.

Aprendí a quitarme sanguijuelas de los tobillos y afortunadamente salí ilesa de un encuentro con un casuario bastante enfadado. También tuve que elegir entre enfrentarme a las pulgas que habían decidido multiplicarse en mi saco de dormir , o a los cocodrilos que al caer la noche estaban llenando el manglar donde en una decisión bastante estúpida, había puesto la tienda.

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¿He mencionado que dormía en una tienda de campaña? Resumiendo mucho la historia, decidí meterme en el coche y conducir durante cinco horas hasta la ciudad más cercana. Al día siguiente, fumigué la tienda y a mi misma pero las picaduras de las pulgas me duraron semanas.

Me saqué el carnet de buceo básico en España un poco deprisa y corriendo para poder hacer inmersiones en la Gran Barrera de Coral. Y lo conseguí, más o menos, después de unos cuantos ataques de pánico debajo del agua.

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La buena noticia que descubrí al llegar a Byron Bay es que en Australia te dejan hacer inmersiones nocturnas sin ser un buceador experimentado. La mala es que con mi magnífica flotabilidad, comparable a la de una piedra, me caí de bruces en una roca llena de ‘Lionfishes’ -bastante venenosos, por cierto- y acabé encontrándome de frente con nada más y nada menos que doce tiburones de arrecife.

Sin fatales consecuencias como es obvio, pero bastante aterrador. No más terrorífico que cuando el coche se hundió hasta el chasis en las arenas movedizas de la orilla del río Laura -mira que han pasado años, y aún me acuerdo del nombre-, mientras intentaba cruzar hacia los pueblos del norte en el cabo de York.

Ese trocito del país que solo te recomiendan hacer con un cuatro por cuatro bien preparado, de suspensión alta y con el tubo de escape en el techo del coche para que el motor no se te pare mientras pasas por los ríos que atraviesan la carretera.

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Australia me dejó muchas cosas malas pero también otras tantas buenas. Me puse morena por primera vez en mi vida. También descubrí lo que significa quedarte sin un duro o sin gasolina, en mitad de la nada. O sin cobertura, ni comunicación con otros seres humanos durante días.

En el norte del continente, encontré a dos autoestopistas -Elodie y Mandy- que habían perdido su coche en mitad del desierto, nos hicimos amigas y pasamos semanas compartiendo aventuras.

Con ellas pasé, el fin de año, en una piscina de olas a 30 ºC muy cerca del parque nacional de Kakadú. Hicimos sushi casero y como ninguna teníamos dinero, nos regalamos dátiles para celebrar el año nuevo. Cuando nos despedimos, Mandy se olvidó su taza de la suerte en mi coche y tras mucho pero que mucho tiempo, aún la sigo usando.

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De hecho, me la llevo a todos mis viajes para recordar cómo de locos y absurdos fueron esos tres meses. Años después y tomando perspectiva, me doy cuenta de que me pasé de temeraria. También tengo la teoría de que si no morí diecisiete veces durante ese viaje, es que soy invencible.

O que estoy destinada a fallecer en una situación mucho más absurda, fulminada por un trozo de basura espacial desviado de su órbita, o atacada por una bandada de patos con tifus: “Sobrevivió a Australia; pero no a los patos”, dirá mi epitafio. Sea como fuere, tras mis 90 días devolví el coche y me encontré de nuevo en el aeropuerto. Pero las ganas de viajar nunca se fueron.

Mi siguiente destino: Nueva Zelanda.

Pero eso os lo cuento en otra historia.

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