ME HICE PASAR POR CANAPERA

ME HICE PASAR POR CANAPERA

Me colé en eventos durante una semana para comer canapés gratis

No se dejen engañar. Este no es el típico artículo humorístico en el que la articulista se sumerge en eventos con frenesí, vive locas aventuras y termina con caviar y salmón ahumado despachurrados en el bolso. Porque yo he venido aquí a hablar de otra cosa. Yo he venido aquí a hablar de mi precariedad.

Los grandes eventos siempre cuentan con habituales canaperos
Los grandes eventos siempre cuentan con habituales canaperos | Getty Images

Hace unos años, yo trabajaba de camarera de catering, una labor que no sólo exigía gracia, decoro, ser educada y hábil, sino también una fuerza titánica para sostener bandejas metálicas con unas veinticuatro cucharitas de porcelana con un mondonguito de pollo mole con sésamo negro en cada una, amén de un cubito de lata que una debía sostener engarfiando los dedos de la mano derecha para que la gente depositase las cucharitas una vez tragado el contenido de las mismas, a fin de no mezclar lo impoluto con lo salivado.

El peso no se aligeraba, sólo cambiaba la distribución del mismo. En realidad, todo era una redistribución del mismo dolor en aquellos años. Cuando no dolía cargar con cajas de vasos y platos, dolía llegar a casa y tener que estudiar una asignatura de la carrera de nombre larguísimo y obtuso.

Siempre había que tener el uniforme de camarera planchado, el cerebro despierto y los riñones listos para aguantar eventos, órdenes, personas. Pero nunca he comido tan sabroso y revuelto como en aquellos días.

Durante los eventos, en lo que salíamos y entrábamos a dejar y coger nuevas bandejas, nos echábamos al buche cosas tan dispares como -jamás olvidaré esas locas combinaciones- bacalao con tapenade de olivas, mango con salmón marinado, carrilleras en salsa, puñados de parmesano en virutas, hojaldres de cerdo agridulce.

Al final del evento, la mezcolanza estomacal era tal, que alguna que otra erupción y algún que otro mareo-náusea tenían lugar en cocina, entre suspiros y cuerpos exhaustos. Era allí cuando abríamos las mochilas y desenfundábamos los táperes para aprovisionarnos la vida. En aquellos días, en mi casa se comía con total normalidad rosbif en salsa, brandada de bacalao, gazpacho de cerezas con helado de tomate... todo ello, por supuesto, tomado de las sobras del catering.

Aun así, toneladas de comida que no se consumían en el evento y para las que no dábamos abasto en nuestros táperes se iban a la basura. Había habido un tiempo en el que estas sobras eran entregadas a una comedor de indigentes, pero, tras un caso de intoxicación por una mala conservación de alguna salsa, esta posibilidad había quedado vetada.

Más tarde, esta opción se nos prohibió también a nosotros, por no sé qué de una ley que lo prohibía. Así que sacábamos los táperes a hurtadillas, pillábamos lo que podíamos rápido y mal, y veíamos con lágrimas en los ojos cómo kilos de comida deliciosa se iban al traste.

Muchas veces éramos nosotros mismos los que debíamos llevar a la basura el cubo lleno de la mezcla de todo lo que había sobrado. Lo llevábamos dos personas, cada una agarrando de un asa el pesado cubo, oyendo el chapoteo de la comida removiéndose dentro, bajo la tapa. Era desolador, espeluznante, demoledor.

Con aquella comida, y la ayuda de unos amigos con furgoneta, habríamos podido montar un comedor comunal a un euro el plato y respirar un poco más tranquilos dentro de la miseria en la que vivíamos. Tirábamos rápido aquel mejunje a la basura, intentando apartar la absurda imagen de nuestras cabezas, y volvíamos a cobrar nuestros ricos sobres llenos de dinero negro.

Cuando, pasados unos años, terminada la carrera y ya abandonada la vida de camarera de catering, decidí probar a ver qué tal me iba colándome en eventos y comiendo de cátering durante unos diítas, la experiencia en el sector me sirvió de mucho. Sabía que colarse en un evento es como okupar una casa; sin titubeos, con abierta franqueza, lo mejor es ponerte directamente a vivir en el sarao, como si siempre hubieses estado allí, como si te perteneciera, casi como si fueras tú la señora que da el banquete.

De hecho, no te pertenece más ni menos que a cualquiera de las personas que están allí. La etiqueta en el vestir no te salvará de ser descubierto. De hecho, cuanto menos acorde vayas con el dress code del lugar, más pez en el agua serás.

Para entendernos: nadie piensa que un señor que sale entre unos arcos magnéticos de El Corte Inglés cantando a voz en grito La Marsellesa oculta cuatro carteras de piel y dos relojes en los bolsillos del abrigo.

Al fin y al cabo, comer de gorra en cáterings es lo mismo que robar. Así que me esfuerzo lo mínimo: A través de las redes de amigos y de amigos de amigos, me entero de los eventos prominentes, nutricionalmente hablando, de la semana. Acudo a ellos vestida normal, llego tarde y entro haciendo como que tengo prisa, poniendo cara de que dentro hay alguien muy importante a quien debo ver.

El nivel de los cáterings ha tomado otros derroteros en los diez años que llevo sin trabajar en el sector. Predomina el gusto por lo crudo, lo aparentemente sano. Recuerdo con cierta nostalgia aquellos ñoquis individuales del tamaño de un puño bañados en salsa de nata y trufa mientras me meto a la boca un carpaccio envuelto en una hoja de albahaca y bañado en aceite de oliva arbequina.

Como sin reparos -sé a ciencia cierta que nunca va a faltar, y que la mitad de lo cocinado se irá a la basura- e incluso llevo un trozo de papel albal en el que hurto, como una abuela ladrona, unas raciones hermosas de buen jamón y buen queso para compartir más tarde con amigos. Casi siento que hago una buena obra salvando una milésima parte de aquello que de otra forma iría a la basura.

Además, algunos de los eventos a los que acudo a comer son celebraciones de una insitución que me debe dinero desde hace ya varios meses, así que incluso brilla al fondo una sensación de triunfo. De alguna manera -una manera terriblemente patética, en realidad- me estoy cobrando por mi cuenta aquello que no se me ha pagado ni probablemente se me pagará ya.

Mastico con la alegría triunfal del que masca los huesos crujientes de quienes intentaron matarlo. Pido más zumo de tomate. Robo una copa que me parece bonita (y que más tarde se me rompe en el bolso). Sólo me falta mearme en los centros de mesa en forma de venganza.

A lo largo de estos días en los que almuerzo o desayuno de cátering, vivo dos momentos terriblemente incómodos. Uno de ellos tiene lugar cuando me encuentro de frente con alguien conocido del mundo de la cultura, que me ve claramente guardar comida en mi trozo de papel albal. Cuando sé que la pillada es inevitable, que ya lo ha visto todo y ha pensado que la vida me va fatal, decido mantener la cabeza alta y saludarle.

Me pregunta por mis artículos, por mi libro, y, cuando le digo que estoy escribiendo un artículo sobre comer una semana en cáterings, me mira con una sonrisa en la que veo cierta incredulidad. Me muero de vergüenza, aunque no sé muy bien por qué. No sé cómo decirle que no estoy tan desesperada. Que casi todo me lo pagan tarde y mal, pero que voy tirandillo. Parece que, diga lo que diga, no se lo va a creer.

El segundo momento embarazoso es cuando, en medio de un sarao con mucho cucurucho de hilada de jamón con pistachos y poco vino, un camarero portador de bandeja me mira con insistencia. Al mirarlo bien, descubro que es un chaval -ahora ya no tan chaval- que curró conmigo en el cátering.

Nos recuerdo deslomándonos juntos, llevando el cubo porta-sobras. Hablamos. Hay una distancia incomodísima que nos separa. Me habla dando por hecho que me van muy bien las cosas, y yo no sé cómo explicarle que eso no es así.

Me muero de vergüenza, aunque no sé muy bien por qué. No sé cómo decirle que estoy desesperada. Que casi todo me lo pagan tarde y mal, que estoy cansada. Parece que, diga lo que diga, no se lo va a creer.

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