VIVIMOS INMERSOS EN NUESTRA VIDA COTIDIANA

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Cuando era niño me dijeron que el futuro sería como el año 2000 y hoy veo que se acerca al apocalipsis

Cuando yo era chaval el futuro aún estaba ahí delante, en su sitio, como dijo el poeta, e iba a ser la hostia: coches voladores, trajes plateados, cúpulas geodésicas en plan Buckminster Fuller o arquitecturas como las de Oscar Niemeyer en Brasilia, todo curvo y todo blanco. Por en medio, un césped perfectamente verde y bien rasurado. Igual la comida era un poco mala, en polvo o píldora, OK, igual había algunos pequeños conflictos que mantuviesen la tensión dramática en una película de ciencia ficción, OK, pero en general parecía que las cosas iban a ir bien (o eso pensaba yo que pensaba la gente). Molaba lo ‘futurista’. Hoy lo futurista da miedo.

Coche volador
Coche volador | TecnoXplora

¿Recuerdan ustedes la serie de animación ‘Los Supersónicos’, de Hanna-Barbera, aquella especie de ‘Los Picapiedra’ pero del futuro en vez del pasado? Pues las cosas tendrían que ser así. Además, los jóvenes, como yo era entonces, siempre tienen ganas de que llegue el futuro, por eso se ponen a fumar y a drogarse y a jugar a ser mayores (luego cuando son mayores se arrepienten, y quieren ser jóvenes).

Celebré la mágica fecha del año 2.000 (epítome del futuro) con unas gafas plateadas que semejaban el propio número 2.000 y una corbata atada en la cabeza. Los agoreros decían no sé qué del Efecto 2.000 que mandaría al traste a los sistemas informáticos, con las consecuentes catástrofes mundiales.

Pero nadie se lo tomó demasiado en serio, comimos las doce uvas y nada de nada, tan contentos, dispuestos a comernos ahora el siglo XXI, donde nos esperaban los prodigios, los hologramas, los mayordomos robóticos y el teletransporte.

Lo percibía como en la época de Julio Verne, como a finales del XIX y principios del XX, como los tiempos que recuerda Stefan Zweig en ‘El mundo de ayer’, una de esas temporadas de optimismo y de confianza en el progreso de la Humanidad.

Ya había distopías en mi infancia, claro: en 1979 fue la primera de ‘Mad Max’ y su punk desértico-apocalíptico, en 1982 (tenía yo dos años) se estrenó ‘Blade Runner’, en 1984 tenía que ocurrir el Gran Hermano predicho por George Orwell mucho antes (que terminó por llegar en forma de ‘reality show’ y del espionaje gubernamental que denunció Snowden). Anteriormente había habido otros miedos inspirados en los totalitarismos del siglo XX en obras como ‘Farenheit 451’, de Ray Bradbury, o ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley.

Ahora la ciencia ficción, las miradas al futuro, son de corte más ciberpunk: megacorporaciones que dominan el mundo, distopías humeantes, tecnología alienante y controladora, batallas en el ciberespacio, todo muy mal, pero muy parecido al presente, excepto por la ropa (y los cupcakes, que son utópicos más que distópicos).

Así que parece que el futuro ha llegado en parte y, qué quieren que les diga, regular tirando a mal (la comida es mejor de lo que esperaba, es verdad que hay Paellador y Rodilla, pero todavía no comemos en pastillas de nutrientes).

Respecto al futuro que queda por llegar la cosa tiene mala pinta, y creo que se parecerá a lo que muestra Blade Runner 2049, esa película sobre unos muñecos que parecen humanos y que quieren serlo y que transcurre en un mundo que parece un after hours de esos que me molan a mí.

Da la impresión de que ya no hay buenas perspectivas de futuro, que nadie puede predecir nada bueno por llegar, de que todo será como en los capítulos de ‘Black Mirror’: la esclavitud tecnológica.

No son solo ideas literarias y cinematográficas. Hace una temporada fui a una exposición sobre futurología científica (es decir, no al estilo de Sandro Rey, sino basada en proyecciones racionales de lo actual) y la cosa daba bastante miedo: superpoblación, luchas por el agua escasa, horrorosas megaciudades rodeadas de llanuras de chabolas, contaminación irrespirable, el cambio climático que nadie parece poder parar.

Por cierto, un reciente libro sobre las cosas que pasarán en el futuro, dentro del ámbito tecnológico, es ‘El fin del mundo tal y como lo conocemos’ (Planeta) de Marta García Aller, aunque la periodista, muy documentada y buena narradora, tiene una perspectiva menos apocalíptica que la de un servidor, dando los pros y contras de los progresos que nos esperan.

Mi distopía favorita, y la que parece más probable, es la de los robots. Estamos viviendo un proceso de automatización sin precedentes, lo llaman la Cuarta Revolución Industrial. Se calcula que dentro unos años la mitad o más de los empleos desaparecerán, porque los harán las máquinas: será el fin del trabajo.

Pero no se distribuirá la riqueza, como era la gran promesa de la tecnología (que trabajen las máquinas y nosotros seamos felices), sino que se quedará en manos de los propietarios de las máquinas, porque así funciona el capitalismo (¿Volverá el movimiento ludita de destrucción de las máquinas, igual que en la Inglaterra de la máquina de vapor?).

Por eso los sindicatos (y gente como Bill Gates) ya están pidiendo que se pongan impuestos a los robots y partidos tanto de izquierda como de derecha, o gurús de Silicon Valley, están señalando la necesidad de la renta básica que, por lo demás, puede que se haga necesaria para el funcionamiento del sistema: tiene que haber ingresos para el que se produzca el consumo y la rueda siga girando.

Sin mecanismos como la renta básica se crearán dos clases sociales muy diferenciadas. Los muy pobres, la mayoría sin preparación que no tiene curro, y los muy ricos, la minoría preparada que acapara lo poco que queda por hacer y las rentas del capital. La privatización de la educación, según ha señalado David Harvey, puede acrecentar esta brecha.

Estos últimos, los ricos, podrán acceder a esas mejoras tecnológicas que predice el ingeniero de Google Ray Kurtzweil: el paso de los humanos a los posthumanos, una nueva forma de existencia mejorada que todavía no podemos ni predecir (podrían ser ciborgs o conciencias puras inmateriales, metidas en un USB).

Puede que hasta dejen la depauperada Tierra para irse a un satélite más limpio y seguro como relata la película ‘Elysium’. Es un futuro en el que, como ven, da bastante pereza adentrarse.

Por último, queda considerar la posible autodestrucción de la civilización humana. Cuando el astrónomo Frank Drake, director del programa SETI de la Nasa para la búsqueda de vida extraterrestre, enunció su ecuación para calcular el número de civilizaciones existentes en el Universo, incluyó un factor muy importante: la capacidad de autodestrucción que tiene una civilización avanzada.

Es decir, a más tecnología, más capacidad de liarla parda (véase guerra nuclear, cosa muy probable en la Guerra Fría y también ahora con el pulso entre Trump y Kim Jong-Un). Respecto a esto existen diferentes opiniones: hay quien da 50 años de vida la especie humana, o un siglo, o unos cuantos. Lo que está claro es que nada es para siempre, como cantaba Teo Cardalda.

En el mejor de los casos, aunque la Humanidad sobreviva a su propia estupidez y testosterona, el Sol engullirá a la Tierra dentro de unas decenas de miles de años, cuando se hinche para convertirse en una estrella gigante roja.

La Humanidad podría escapar a otro sistema planetario, pero tendría que enfrentarse a sucesivas mudanzas seguidas hasta que llegase la muerte térmica del Universo: ese momento en el que la entropía es máxima y la energía mínima, y todas las estrellas se han apagado y no existe la luz y todo está a oscuras y a una temperatura muy cercana al cero absoluto. Pero mejor no pensar en estas cosas cuando te levantas por las mañanas, que se le quitan a uno las ganas de ponerse al Facebook.

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