LA SEÑORA B ME CUENTA SUS SECRETOS

LA SEÑORA B ME CUENTA SUS SECRETOS

Me descalcé ante una dominatrix de lujo para hablar de sexo, amor y violencia

Los barrios pijos de Madrid odian a los desgraciados como yo, con nuestro olor a Dyc y nuestra ropa barata. Eso pensé al cruzar el portal, donde el conserje me miró de arriba abajo como si entrase allí a robar. Tenía una resaca enorme y sentía que el mundo se caía a pedazos porque la novia me había dejado hacia apenas una semana. En esas condiciones llegué a la entrevista, con la cabeza más puesta en el pasado que en el presente y con la clara intención de dejar el periodismo por puro agotamiento. Entonces la señora B abrió la puerta.

Sesión con una dominatrix
Sesión con una dominatrix | Getty Images

-Con esa pinta de acabado solo podías ser periodista.

Tenía razón.

-Descálzate y ponte cómodo

Los zapatos se quedaron junto a la puerta, al lado de un armario chino que, según me explicó, pertenecía a una familia rica y tenía más de 200 años. Sobre las puertas, gastadas y rojas, un dragón se mordía la cola justo en el centro, por lo que, al abrir el armario, los dientes y el morro se asomaban al vacío buscando el rabo perdido; luego se cerraban y el animal respiraba tranquilo con su apéndice en la boca. A su lado, varias letras chinas formaban un mosaico.

-Lo compré en un anticuario. Fue construido para proteger a los miembros de una familia noble: si alguien intentaba dañarles, sería devorado por las sombras. Qué historia, ¿verdad? Como si el daño fuese algo malo.

Torcimos varias veces por el pasillo, perdiendo el poco sentido de la orientación que pudiera quedarme. Luego entramos en una sala oscura y me pidió que me sentara. Tal y como iba, lo primero que pensé fue en tirarme al suelo, pero se encendieron las luces y vi un sofá.

-Ponte cómodo- dijo mientras se sentaba a mi lado.

-¿Te importa que grabe la conversación?- le pregunté mientras buscaba mi Phillips destrozada en el bolsillo.

-Haz lo que quieras. Sólo te pido una cosa: cuidado con los nombres, cuidado con los detalles y cuidado conmigo. El resto me importa más bien poco. ¿Empezamos?

3,2,1...

B: Me crié, como tantas otras, escuchando los comentarios onanistas de todo el mundo. Puede que ese sea el principio de todo, cuando me di cuenta de lo enferma que está la sociedad y de lo sencillo que resulta aprovecharse de ello. Por eso me fui de casa a los 17, porque sabía que siempre me abrirían alguna puerta, que siempre tendría alguna cama en la que dormir y algún desgraciado dispuesto a pagar por tenerme en su vida.

-¿Dónde fuiste?

B: Al piso vacío de F. A., un hombre casado al que le sobraba el dinero y le faltaba el cariño.

Tenía tanto miedo a perderme que jamás preguntó si estaba con alguien más, si me veía con otros en el piso o si tenía intención de irme algún día. Él solo llamaba y, si le decía que viniese, se presentaba allí con la felicidad de un niño que mira el escaparate de una juguetería.

-¿Cuánto tiempo estuvisteis?

B: Muchos años; así me ahorraba el alquiler. Tampoco tenía nada mejor que hacer -y él lo sabía-.

Yo me dedicaba a pasear por Recoletos, Alonso y Quevedo. Luego llegaba a casa, leía y leía, hasta que me hartaba y salía a cualquier sitio donde pudiesen invitarme a una copa. Así era mi vida, con el dinero que F. A. me dejaba antes de salir por la puerta.

La gran diferencia con respecto a otras chicas era que yo me hacía preguntas. Porque meterse algo entre las piernas resulta de lo más sencillo: una se pone en cualquier esquina y al momento tiene una cola de babosos preguntado el precio por servicio. Esto, como podrás observar, se me quedaba corto; yo sabía que estaba por encima de esa vida miserable. Por eso leí a Dostoievski, Chéjov, Orwell, Kundera, Cortázar, Miller, Maupassant, Bachelard, Calvino, Hegel, … porque sabía que era la única forma de ser diferente, de sacarle a la miseria del dolor existencial todo lo que se perdía el resto del mundo.

-¿Cómo saliste de ahí?

B: Estudiando. Y todo se lo debo a una prostituta de lujo que conocí en extrañas circunstancias. El caso es, para ahorrarnos los detalles, que nos hicimos amigas y un día me llevó a la universidad donde estudiaba. Era un antro pijo donde los niños de cuna, imbéciles repeinados sin más ilusión que sacarle los cuartos a sus padres mientras se emborrachaban y drogaban en un ambiente pseudointelectual de segunda, pagaban por obtener un título que les abriría las puertas del mundo endogámico en el que se criaron: la empresa de papá o, en su defecto, de cualquier amigo de éste.

Me sorprendió la facilidad con la que todos se escondían detrás de un jersey, un coche de alta gama o una esmerada sonrisa para disimular lo perdidos que estaban. En definitiva, no éramos tan diferentes.

Por eso decidí matricularme. Pero el dinero de F.A. no era suficiente, así que tenía que pensar algo. Tenía a mi amiga y a un montón de niños pijos alrededor dispuestos a gastar dinero en lo que fuese, siempre y cuando les reportase una felicidad instantánea que les llevara a olvidar el vacío acumulado en todas direcciones.

Así pasaron un par de años, de los que no hablaré ni bien ni mal, hasta que una noche, en el piso de un empresario bastante conocido, me desperté sangrando y sin poder moverme. Ahí empieza la historia.

Sangre y semen a media noche

B: No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Cuando pude levantarme, cogí la ropa y los zapatos, fui hacia la puerta y me largué, todavía con el miedo de que apareciese el tipo y me matara allí mismo.

El hijo de puta (le llamaremos A. G.*) me contrataba para que le acompañase a mil eventos, donde me exhibía en público como cualquier otro objeto: su coche, su reloj, sus zapatos...

Luego íbamos a un hotel, o a cualquiera de sus pisos, y me pedía que me quitase la ropa despacio mientras él se sentaba a mirar. Después me ordenaba ponerme de tal o cual forma y comenzaba a tocarse mientras yo me masturbaba. Cuando estaba a punto de eyacular, venía hacia mi y me ahogaba, me golpeaba y me insultaba hasta correrse. No era capaz de hacer otra cosa; sólo le excitaba el control y la humillación. En ese momento me di cuenta de muchas cosas, y puede que por eso aguantase tanto. Hasta que una noche se le fue de las manos.

Todo iba bien; yo me desnudé, él se sentó, me dijo cómo ponerme, se la sacó, comenzó a tocarse y, cuando estaba a punto de terminar sobre mí, sucedió algo: paró de estrangularme y me dijo 'te quiero'. El error fue no saber qué decir, mirarle en silencio y seguir masturbándome con la esperanza de que él terminase y todo aquello quedara en nada. Pero él no lo entendió así. Comenzó a pegarme, todavía con el pene fuera del pantalón. Yo no grité ni una sola vez, puede que por orgullo o porque no dejaba de ahogarme. Entonces perdí el conocimiento, y el resto de la historia ya lo he contado.

Cuando llegué a mi casa, me metí en la ducha. Y allí, debajo del agua caliente, pensé en la violencia del amor, en lo destructivo que resulta querer a alguien y en la locura que supone dejarse querer.

No volví a saber de A.G. Y así está bien.

Que se joda el mundo

B: No soporto la verdad. La realidad es pura percepción: yo soy un producto defectuoso en un mundo decadente. El resto también lo es. Y el que piense lo contrario, está jodido.

Tardé una semana en volver al trabajo. Necesitaba unos días para pensar. Y después, cuando volví a tocar a alguien, me di cuenta de que no era la misma. Quería hacerlo, quería tener ese poder sobre una persona, controlarle más allá de los límites que pudiera conocer. Me dediqué a experimentar con la voluntad del otro, a doblegar el placer a través del deseo. Y así, cargada de odio, me introduje de golpe en los juegos de dominación.

Primero fue con los pijos de siempre, quienes se ponían cachondos al ver que una mujer les decía no y se les subía encima, sin dejar que la tocasen, mientras se introducía los dedos hasta empaparles. Luego vinieron más, amigos de estos e incluso familiares, y todos querían lo mismo: ser humillados, ser dominados y soltar por un segundo las riendas de una vida que les estaba asfixiando.

Comencé a moverme en otros círculos, a salir con otra gente y a comportarme de otra manera. Me convertí en la persona que soy ahora, y siento que fue de un día para otro, después de aquella noche en la que casi me matan por no saber qué decir ante las palabras más peligrosas que puede decir un hombre: te quiero.

Todo en esta vida es un juego de poder. Si te digo lo que quieres oir, te marchas contento y lo olvidas en unas horas. Pero si no, si me convierto en la única que te rechaza sin motivo, sólo por el hecho de ser tú, te irás pensando en mí y en la forma de conseguir lo que buscas. Se trata de transformar lo común, la mierda cotidiana y accesible, en algo inalcanzable.

Los deseos son como un virus: se extienden y contaminan el cerebro hasta que no puedes pensar en otra cosa. El resto de chicas satisface un impulso, un deseo primario que no llega a nada. Yo atrapo ese deseo y juego con él, lo utilizo para que la persona se arrodille ante cualquier posibilidad que le ofrezca. El placer inicial cambia y se diluye en preguntas que sólo yo puedo responder. Yo, yo y yo. Soy el único remedio para paliar el dolor que causo.

Dejé el piso de F.A. y me mudé a uno de los mejores barrios de Madrid. Tenía la impresión, cada vez que pisaba la calle, de que me iba a encontrar con las mujeres de todos los tipos que se arrodillaban ante mi, desnudos y patéticos, en el salón de mi casa.

Empresarios, políticos, jueces y famosos, todos tenían algo que esconder cuando cruzaban la entrada de mi portal. Ellos lo sabían. Yo lo sabía. Y ahí se acababa la historia. Me había convertido en el secreto mejor guardado de la depravación elitista.

-¿Seguías teniendo contacto con tu familia?

B: ¿Contacto con quién? ¿Con un padre que jamás preguntó cómo me encontraba? ¿Con una madre beata a quien la sola mención de su hija le provocaba un ataque de nervios? Yo estaba muerta para ellos desde el momento en que hice la maleta. Él siguió con la mirada clavada en la punta de los pies; ella trató de limpiar su conciencia a base de rezos y llantos frente a un altar.

Estaba sola en el mundo, como todos. Pero yo era consciente. Y traté de acabar con estos modelos de condicionamiento familiar, matar las figuras que me habían marcado desde niña en un plano tan profundo que no podía llegar hasta él si no dinamitaba cada pieza que componía mi cabeza.

¿Recuerdas cuando eras un niño y querías peinarte como tu padre, vestir como tu padre y, en definitiva, ser como tu padre? Después, con el paso de los años, la necesidad de alcanzar una identidad propia te lleva a odiar todo lo que él es, lo que significa para ti. Tratas de acabar con un modelo de vicarianza que cuestiona tu libertad: tú no eres tú, sino aquello que él hizo de ti. Pero no importa, porque tarde o temprano te plantarás frente al espejo, mirarás a quien te mira y te darás cuenta de que, a pesar de todo tu esfuerzo, cada día te pareces más a él. Estamos condenados a repetir ciertos errores. Y moriremos arrastrando esa carga: el único motivo por el que nuestros padres nos trajeron al mundo es el miedo a desaparecer sin más.

El principal deseo de todo hombre es ser recordado. No es capaz de asumir el anonimato eterno. Unos lo persiguen a través del bien y otros a través del mal, pero... ¿hay alguna diferencia?

Digamos que, sin saberlo, la gente persigue a Dios por miedo a que su vida carezca de sentido. ¿Cuál es ese sentido? ¿Por qué se aferran las personas a ese impulso egoísta? La respuesta se encuentra en un desprecio infinito hacia lo que somos en realidad. Nadie quiere asumir que los animales, con conciencia o sin ella, mueren en un desierto donde no hay esperanza. No van al cielo. Nadie perdona sus errores. Y nada podrá evitar el olvido.

Por eso inventamos a Dios, para justificar nuestros errores y separarnos del resto de seres desalmados que pasean por el Universo. Sólo nosotros, asesinos, violadores y enfermos de toda clase, nos merecemos un lugar en el paraíso.

Jamás he ido a misa. No he pisado una iglesia ni para disfrutar de su arquitectura. Lo odio. Odio lo que es, lo que representa y, sobre todo, la devoción con la que los idiotas acuden a escuchar el sermón. No son más que basura sin voluntad, un rebaño de cabrones que necesita ese juego de poder para dar sentido a su vida. Porque nadie soporta el dolor que supone la perdida absoluta de control. Así son los monos carnívoros que pueblan la galaxia. Pero yo no. Yo soy la creación imperfecta del caos. Soy el ejemplo que ponen los padres para que sus hijos no abran los ojos.

Que se jodan. Que se jodan todos. Que se joda el mundo.

Érase una vez el amor

B: A ver cómo cuento esto. Resulta complicado porque cualquier síntoma de debilidad me hace caer en un pozo sin fondo. Es como mostrarle el cuello a otro animal en señal de sometimiento. Esto lo aprendí de mi padre, quien no soportaba ver llorar a la gente porque decía que era una completa estupidez, la prueba evidente de que esa persona no valía nada. El resultado, cuando uno decide enterrar este tipo de cosas, es una frialdad impostada que puede derrumbarse en cualquier momento. Yo aguanté bien hasta que conocí a D.A. Luego las cosas se complicaron y todo se vino abajo.

No voy a entrar en detalles. Mira, todavía me tiemblan las manos cuando lo pienso. Pero bueno, tampoco hace falta ir muy lejos porque es la misma historia que hemos oído (y probablemente vivido) mil veces: quiero y no puedo, quiero y no puedo, quiero y no puedo...

Por algún motivo, la mierda del pasado nos persigue hasta que desaparecemos. En mi caso, la violencia, la frialdad, el miedo a depender, … todo eso venía de alguna parte. Yo intenté echar abajo esos modelos, pero terminé por darme cuenta de que mis respuestas también venían determinadas por otros modelos. No podemos escapar de quienes somos. Y somos lo que otros hicieron de nosotros. Así de fácil.

¿Tienes pareja?

-La tenía, hasta hace unos días.

B: ¿Qué pasó?

-Yo, como siempre.

B: Y no te perdona por ser quien eres.

-No.

B: Bueno, tampoco la culpo por ello. Al fin y al cabo, con la escoba que uno compre... va a barrer.

La gran putada de esta vida es elegir. ¿No crees? Porque uno apuesta por algo, claro, pero eso implica renunciar a otras cosas. Y las renuncias se agarran a los tobillos para siempre; te impiden moverte bien, ser libre y recorrer el camino que escogiste.

Yo pienso todos los días en D.A.: en cómo me miraba desde este sofá, en la forma que tenía de tocarme en el coche, en cómo temblaba aquel día al salir de la ducha y en lo crueles que podemos llegar a ser sólo por miedo.

El instinto de supervivencia es de las pocas herramientas que tenemos para luchar contra el destrozo emocional que supone enamorarse. Por eso echamos a correr cuando las cosas huelen mal. E incluso los hay que corren más si las cosas pintan bien. Yo soy del segundo grupo: el dolor es mi elemento... y no sé qué haría con tanta felicidad.

-¿D.A sabía a qué te dedicabas?

B: Lo supo cuando ya era tarde para dar marcha atrás. Los dos éramos incapaces de salir sin heridas de aquello. Y así pasó: nos alejamos repartiendo mierda para asegurarnos de que el otro no volvería jamás.

Bajó la mirada y se quedó en silencio, jugando con un anillo. Entonces volvió a mirarme y dijo:

B: Lo mío siempre fue odiar a Dios sobre todas las cosas...

Se levantó despacio, con movimientos de bailarina olvidada, y comentó que ya era tarde, que esperaba a alguien y tenía que marcharme.

Recorrimos de nuevo el pasillo infinito, pasamos junto al mueble chino y recogí mis zapatos. Allí nos despedimos, sin florituras ni promesas, y me largué sin más.

No había dado tres pasos cuando me habló desde la puerta.

B: Anoche leí un estudio de una universidad americana. ¿Sabes cuántas veces nos pueden partir el corazón a lo largo de nuestra vida?

-Cuántas.

B: Infinitas.

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