CÉSAR PÉREZ (SOWE 7 SHINS) ES UNO DE LOS MEJORES TATUADORES DE EUROPA

CÉSAR PÉREZ (SOWE 7 SHINS) ES UNO DE LOS MEJORES TATUADORES DE EUROPA

Dotwork, el arte de tatuarse punto a punto, que sufrí en mis propias carnes

Así es la técnica del puntillismo o Dotwork: el tatuaje que decora la piel a base de puntos. Conocemos a uno de sus mayores artistas... y nos ponemos en sus manos.

Dotwork
Dotwork | Sowe 7 Shins

Me esperan 16 horas de dolor en dos sesiones. "Sarna con gusto no pica", me dice mi madre tras torcer el morro al enterarse de mis planes de volverme a tatuar. Y como siempre, no le falta razón. Estoy a punto de en manos de César Pérez, alias Sowe 7 Sins. Uno de los mejores tatuadores del mundo en lo que se refiere a la técnica del Dotwork o puntillismo y ganador de infinidad de premios en las más prestigiosas convenciones de Europa. Tras seis años viviendo -y triunfando- en Londres, se acaba de trasladar a Madrid. No hay mejor ocasión que esta.

La forma en la que conocí el trabajo de César fue singular. Un buen día, paseando a mis perros, entré en una panadería de mi barrio y entablé una agradable conversación con la dueña. Al verme otros tatuajes, me contó que su hijo se dedicaba a ello. "Es buenísimo. El mejor". Amor de madre, pensé yo.

SIn embargo, al entrar en su página de Facebook pude comprobar que no exageraba. La precisión y el talento de César eran algo fuera de lo común. Un auténtico fuera de serie a la hora de crear universos geométricos en la piel. Y todo, punto a punto, tal y como se realizaban originalmente los tatuajes por las antiguas tribus africanas y maoríes o tal y como pintaron sus obras los maestros del puntillismo francés como Seurat, Signac o Cross. Con una paciencia infinita.

Tatuaje | Sowe 7 Shins

El trabajo que le he encargado no es tarea sencilla. "Reconozco que nunca me he enfrentado a algo así", me confiesa el propio César. El diseño es obra de mi mejor amigo, el artista Santiago Talavera, y se aleja de los clásicos tatuajes geométricos y espectaculares mandalas a los que está acostumbrado César.

Es orgánico y lleno de detalles: tiene animales, montañas, ríos, cuerdas de una guitarra y hasta una rueda de bicicleta. Y pese a la complejidad, César acepta el reto. "No suelo decir que sí a diseños que no sean míos... pero en este caso voy a hacer una excepción".

La cita tiene lugar en el estudio La Cosa Nostra de Parla. Mientras espero a que César prepare el stencil -la calca sobre la que luego tatuará la piel- veo entrar a infinidad de personas de todos los perfiles imaginables. Desde la madre que acude con su hija adolescente, que quiere un pequeño tatuaje decorativo, hasta los que vienen a terminarse un brazo entero, una pierna o las nalgas.

No faltan los que preguntan por la posibilidad de borrarse tatuajes horrendos o alegóricos. “La gente no aprende”, me cuenta César. “Hay muchísimos jóvenes que se tatúan el nombre de su pareja, con la que luego lo dejan. O que se tatúan las manos o la frente y al cabo de los años se encuentran con problemas para acceder a un puesto de trabajo. Y claro, quieren borrárselo. Pero el tratamiento de láser es caro, se alarga en el tiempo y duele incluso más que el tatuaje. Hay que pensárselo muy bien”.

"¿Qué música te gusta? Aquí sólo tengo a BB King", se lamenta César poco antes de empezar la primera sesión. Ha preparado escrupulosamente todo el material necesario, y me invita a ponerme cómodo. Pese a su aspecto, que a buen seguro resultaría intimidante para algunos -"la Policía me para por la calle cada dos por tres", reconoce- César es afable como pocos tatuadores que haya conocido. Destila buen humor, tranquilidad y confianza. Sabe lo que tiene entre manos.

César Pérez | Sowe 7 Shins

Menos dolor, cicatricación más rápida

El Dotwork tiene ventajas frente al tatuaje convencional. El dolor se lleva mejor, al tratarse de pinchazos y no de cortes, y la curación es infinitamente más rápida. Las ocho horas pasan despacio, entre conversaciones sobre lo divino y lo humano y muchas -muchas- canciones de BB King. También largos silencios en los que uno se concentra, inevitablemente, en el dolor, mientras el tintineante sonido de la máquina se clava en el cerebro.

"Lo peor es el cuello", me cuenta César, que tiene tatuado hasta el cráneo, incontables piercings y extensiones en las orejas e incluso un injerto de una pieza de silicona en forma de pica que, tras llevar insertada en la sien y provocarle problemas de rechazo, ahora luce en su mano izquierda.

"Cada persona tiene un aguante diferente al dolor: hay incluso quien se anestesia para poder soportarlo, pero para mí no tiene sentido. El dolor es parte del encanto".

¿Arte o estilo menor?

El Dotwork genera opiniones encontradas en el mundo del tatuaje. Hay quien lo considera un estilo menor, y quien recela del hecho de que se haya puesto de moda. Los tatuadores de la vieja escuela tuercen el morro al ver imágenes en redes sociales como Pinterest en las que abundan los conocidos como “tatuajes de diseño”, que se alejan de la concepción tradicional de este arte.

Otros profesionales del gremio, sin embargo, admiran la capacidad de los tatuadores que, como César, centran su trabajo en dominar esta compleja técnica, tan válida como cualquier otra. Como todo, es cuestión de gustos.

Tatuarse es caro. En el caso de mi medio brazo, 1.000 euros. Y dado lo que piden algunos profesionales hoy en día, no parece ningún disparate. “Una vez, una pareja de tatuadores de gran renombre me llegaron a pedir 25.000 euros por tatuarme el brazo en una sola sesión”, me cuenta César.

“Les dije que ya si eso me tatuaba con otro: con ese dinero me compro un coche”, bromea. Acto seguido, se pone serio para defender el precio de un trabajo que durará toda una vida.

“El problema es que hay muchísima gente tatuando que no tiene un buen nivel, y que sin embargo empezaron a pedir las mismas cantidades de dinero que los mejores. Por ello, éstos se vieron obligados a subir su caché: de alguna manera hay que hacer valer un trabajo bien hecho”.

Termina la sesión. Ahora tendrán que pasar unos días para que el tatuaje cicatrice y César pueda terminarlo.

Mientras fumamos un cigarrillo a la entrada de La Cosa Nostra, no puedo evitar darme cuenta de que César es objeto de todas las miradas de los viandantes.

Acto seguido me fijo en un cartel que luce en la puerta del local, y que inevitablemente relaciono con lo que piensa el propio César sobre todas esas miradas indiscretas: “En mi mundo, el raro eres tú”.

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