¿VIAJAR SOLO ES LA MEJOR MANERA DE VIAJAR?

¿VIAJAR SOLO ES LA MEJOR MANERA DE VIAJAR?

Entrevistamos a un tipo que lleva 20 años viajando solo por los lugares más remotos del mundo

Jorge Arias ha recorrido más de 70 países. Y siempre, o casi siempre, lo ha hecho en solitario. Le preguntamos cuáles sus razones para pasar de todo (y de todos) a la hora de hacer las maletas y perderse por algunos de los lugares más remotos del planeta.

Jorge Arias viaja solo desde hace 20 años
Jorge Arias viaja solo desde hace 20 años | Cedida

A la hora de viajar, hay gente que está hecha para determinadas cosas y gente que no. Hay quien colapsa si se queda sin batería en el móvil y no puede encontrar la dirección del hotel en Google Maps. Y hay quien, por contra, está dispuesto a preguntar a cualquier lugareño, incluso aunque no hablen su idioma, y acabar tomando cañas con ellos y durmiendo en el suelo de su casa.

Jorge Arias no tiene smartphone. Utiliza uno de esos modelos de Alcatel que se asemejaban a una concha. De los que podrías lanzar desde un sexto piso y confiar en que sobreviviese al golpe. Vive buena parte del año en la buhardilla que un amigo le ha cedido en el centro de Madrid. Y a simple vista, su larguísima barba negra y su pelo enmarañado, de los que crecen a su libre albedrío en cualquier dirección, le dan un aspecto singular, entre mendigo turco y hippy de la América profunda.

No gasta prácticamente nada. Y el poco dinero que va ahorrando en pequeños trabajos lo gasta en su gran pasión: viajar. Y siempre, o casi siempre, en solitario. Porque Jorge viaja mucho. Tanto, que cuando en una ocasión me propuso hacer un viaje con él a algún país de Europa, empecé por preguntarle cuál le quedaba por conocer. Sólo se le ocurrió uno: Bielorrusia.

“En realidad no planeé empezar a viajar solo: más bien me di de bruces con la posibilidad”, cuenta. “En mi primer viaje fuera de España visité Amsterdam con unos amigos muy aficionados a ciertos hábitos legales en la capital holandesa. Yo no compartía dicha afición y rápidamente les abandoné para explorar Holanda y Bélgica por mi cuenta. Para mi sorpresa, mis temores e indecisiones eran infundados: viajar en solitario no me resulto ni aburrido, ni peligroso ni insatisfactorio. Al contrario”.

A aquel primer viaje en solitario le siguieron muchos. Especialmente gracias al Interrail, aquella especie de abono transportes ferroviario con la que muchos jóvenes españoles descubrieron Europa saltando de un tren a otro. “Fue un clásico noventero”, recuerda con una sonrisa. “Era el desfloramiento viajero de muchos europeos de la época: un mes viajando por las capitales europeas en trenes más infames aderezado con dodecalitros cerveza, un cassete de 16 Horsepower y un puñado de encuentros remarcables”.

De Beirut a Nepal, de Lima a Tokio

Como buen viajero, Jorge tiene tantas batallas y anécdotas en la mochila que preguntarle por una resulta complicado. Tanto, como quedarse con un sólo lugar que le haya sorprendido sobre el resto. “Me sorprendió mucho Líbano, por su capacidad de recuperación de un conflicto terrible, por su amalgama de gentes de toda condición y por los lugares que me encontré: empezando por Beirut y terminando por esa monstruosidad que es Baalbek. Otros lugares a los que viajé con dudas y me dejaron pasmado son Japón, Etiopía, Nepal y Kosovo”.

Lo contrario, dar con un país del que tenga un recuerdo negativo, le cuesta aún más. “Me resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, pensar en un país que me dejara una mala impresión. Es cierto que algunas ciudades son especialmente hostiles, como Addis Abeba, en Etiopía, o anormalmente masificadas, como Van Vieng, en Laos, pero más allá de eso no guardo mal recuerdo”.

Cosa bien distinta son las enfermedades, por las que todo buen viajero que se precie ha pasado en alguna ocasión. Y ahí es cuando realmente echas de menos tu casa y un hospital con las más mínimas garantías sanitarias.

“He tenido de todo: dolor de muelas, picaduras de chinches, un cólico e incluso una ameba en el estómago”. Una experiencia que le pilló en uno de esos países a los que, hoy por hoy, resulta imposible volver: Siria. “Es triste ver por televisión ciudades en las que has estado completamente devastadas”, cuenta.

De hecho, es precisamente en esos países, junto a otros como Irán, donde la hospitalidad de sus gentes le han hecho sentir más a gusto. Una máxima que comparten muchos viajeros: cuanto menos turismo recibe un país, más cariño te ofrecen sus habitantes.

En lo que se refiere a problemas de violencia o robos, los episodios son contados. “Recientemente me robaron la cámara de fotos en Perú, pero gracias a mis habilidades atléticas y con un poco de colaboración ciudadana logramos cazar al ladronzuelo”, bromea. Acabó haciendo buenas migas con él y no quiso denunciarle.

“En Noruega me robaron una toalla, en lo que seguramente sea el hurto más absurdo del año. La violencia te la encuentras en contadas ocasiones y proviene generalmente de individuos de mal beber y propensos a la escaramuza: policías armenios, ancianos camboyanos o vagabundos de San Francisco”.

Preparando el viaje

Del mismo modo en que hay quien estudia fondo el país al que van a viajar, otros prefieren hacerlo casi a ciegas y dejarse sorprender por el destino. Jorge se encuentra más cercano al primer grupo.

“Suelo leer al menos un par de libros relacionados con el país. Robert Kaplan, Paul Theroux, Ryszard Kapuncinski o Sir Richard Burton han estado o estuvieron en cualquier sitio que se nos ocurra, así que se han convertido en clásicos de mi biblioteca. También depende de la duración del viaje: si es corto (20 días o menos) planifico prácticamente todo. Si es más largo me dejo llevar, aunque siempre con unos puntos fijos en el itinerario”.

¿Y el dinero? ¿Hasta qué punto es necesario ahorrar para uno de estos grandes viajes? Como siempre, depende del país.

“No me considero un derrochador y desde hace años prácticamente no compro souvenirs ni regalos, básicamente porque se traducen en peso en tu macuto. Como poco y de restaurante, y raramente cocino en los albergues. Me gusta beber cerveza, pero apenas consumo dulce. Cualquier medio de transporte me vale por muy hecho polvo que esté. Y no exijo demasiado al alojamiento: con un techo, un lavabo y un colchón libre de chinches me sobra”.

Si a eso se le une su habilidad innata para encontrar vuelos baratos -recientemente viajó de Noruega a Italia por 13 euros- el presupuesto no supone un gran problema.

Sólo queda saber cuál va a ser su próximo viaje. Le pillamos precisamente sacando el billete: Kirguistán. Probablemente, nueve de cada diez españoles no sabrían situarlo en un mapa. ”Asumo que un porcentaje relativamente alto lo ubicaría en Asia Central. Eso sí, localizarlo en un mapamundi es otro asunto. Un buen número catearían, seguro”. Yo el primero.

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