DE LA CIUDAD AL CAMPO EN BUSCA DE LA FELICIDAD

DE LA CIUDAD AL CAMPO EN BUSCA DE LA FELICIDAD

Hablamos con gente que lo dejó todo y se echó (literalmente) al monte

Al menos sobre el papel, el plan suena bien: escapar del mundanal ruido tras hacerle un sonoro corte de mangas a tu jefe, cultivar tu propio huerto, pagar la quinta parte de lo que te cuesta el alquiler en la ciudad por una casa tres veces más grande en el campo… y simplemente vivir. Con menos, pero mejor. Lejos de todo y de todos. Libre de ataduras, en paz y autosuficiente. Dejar la ciudad para buscar la felicidad en el mundo rural. Es posible (y barato), pero quizá no tan idílico como algunos piensan.

¿Por qué hay gente que lo deja todo y se va al campo?
¿Por qué hay gente que lo deja todo y se va al campo? | Getty Images

Todo urbanita que se precie, o al menos todo aquel que lleva el suficiente tiempo viviendo en una gran ciudad como para haber acabado harto de ella, ha barajado en alguna ocasión la posibilidad de dar ese paso. Pero, ¿es verdaderamente más feliz la gente que se echa al monte? ¿Cuál es el lado oscuro de la vida rural, si es que lo tiene?

“Me fui de Madrid hace 30 años”, recuerda Quique, que vive en absoluta soledad en La Miñosa, una minúscula aldea de la sierra norte de Guadalajara, una de las zonas más despobladas de España.

“Entonces tenía 23 años, y tenía muy claro que lo mío era el campo. Junto a otros 13 amigos alquilamos un molino en ruinas. No teníamos ni agua ni electricidad”. Tras 14 largos años en aquel viejo molino -durante los cuales todos los amigos fueron abandonando el barco progresivamente-, se construyó su propia vivienda en La Miñosa, que por aquel entonces estaba prácticamente en ruinas.

Hoy vive a base de pequeños trabajo de albañilería y carpintería, pese a que su formación inicial y su trabajo en la gran ciudad era de mecánico de motos. “Hay que aprender a hacer de todo y saber reinventarse”, apunta con una sonrisa.

La soledad no es un problema

“No hay ni un solo día en el que me arrepienta de haber tomado aquella decisión”, afirma Quique con contundencia. La soledad no es un problema. “Tengo la sensación de que en la ciudad la gente está mucho más sola que en el campo. Aquí tienes relación con todo el mundo de los pueblos cercanos. Si viene alguien al pueblo, también le conoces. Hoy por hoy, tengo claro que no volvería a Madrid por nada del mundo”.

La única vecina de Quique es Teresa. Tras 13 años trabajando en una entidad social y soportando “una importante carga profesional y personal”, decidió romper con todo y unir sus dos grandes pasiones: la educación y la naturaleza.

“Encontré un albergue rural y me instalé aquí. El lugar me atrapó”. También la gente que conoció en las localidades cercanas. “Las relaciones son más auténticas. Cuando estás con alguien es porque realmente lo eliges, no por rutina o porque toca”. Tampoco añora el asfalto.

“La ciudad me genera estrés. Y si en algún momento he sentido morriña por mi gente y ellos no han podido venir a verme, me acerco yo a darles un achuchón y listo. La calidad de vida que tengo en el pueblo, a todos los niveles, no la cambio por nada”.

Una calidad de vida que se ha incrementado con la llegada de Internet al pueblo, lo que permite a Teresa trabajar desde casa. Eso sí: telefonear no es posible, salvo a través de videollamadas. Hace años, una fuerte tormenta afectó a la única antena de la zona, y la poca cobertura móvil que había pasó a ser nula. Pese a las constantes llamadas a los operadores y a la administración, nadie se ha molestado en arreglar el problema. Si no hay gente, no compensa.

Vivir con poco

Pero que nadie se lleve a engaño: la vida rural, o al menos lo que habitualmente entendemos por ella, es dura. Samuel, un extrabajador del ministerio de Medio Ambiente, mantiene desde hace ocho años una granja cooperativa en Santamera, otro pueblo de la zona. Allí trabajan y viven una decena de personas que, además de 1.500 metros cuadrados de huertos, tienen cabras, conejos y gallinas.

“El trabajo es duro, sí”, reconoce. “Pero a veces lo más difícil son las relaciones personales, porque son mucho más intensas. Si estuviéramos en la ciudad no nos preocuparíamos por el vecino. En cambio, aquí necesitas de los demás para poder llevar una vida más independiente desde el punto de vista económico. La ayuda mutua es básica. En la ciudad, si tienes un problema lo solucionas con dinero: aquí necesitas a la gente. Y eso a menudo genera problemas”.

Eso sí: el dinero necesario para vivir es poco. Muy poco. “Lo que te gastes en tabaco y poco más”, ríe. “Todo lo demás: alimentación, transporte, etc, se paga con una caja de resistencia: un fondo único al que todos aportan y del que no existe un control. Cada uno coge lo que necesita en base a una confianza mutua”. Los impuestos también son bajos: unos 100 euros al año entre el IBI, el agua y la tasa de recogida de basuras.

A pesar de la aparente anarquía, en la granja de Samuel las cosas funcionan. “Cada uno se rige un poco por lo que le apetece: a algunos les gusta madrugar, a otros no. Algunos prefieren centrarse en un trabajo específico, otros tienen una visión más global”. No hay jerarquías, ni horarios ni normas, pues todo el mundo sabe lo que tiene que hacer.

Con la irrupción de la crisis, parecía que echarse al monte se convertiría en una opción masiva. No fue así. Muchos de estos pueblos siguen teniendo un elevado riesgo de desaparecer.

“La despoblación es un grave problema en comarcas como esta”, reconoce Samuel, con cierto pesar. “Es posible que haya quien se esté planteando dar el salto al campo, pero desde luego aquí no hemos notado una mayor afluencia de gente”. Por ello, si verdaderamente hay urbanitas dispuestos a dar un giro de 180 grados a su estilo de vida, aquí serán recibidos con los brazos abiertos.

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