JUBERA SE ADENTRA EN UNO DE LOS SITIOS DE MODA DEL BARRIO DE LA LATINA

JUBERA SE ADENTRA EN UNO DE LOS SITIOS DE MODA DEL BARRIO DE LA LATINA

Una mañana en el mercado de la Cebada entre charcuteros, pescaderos y hípsters

Miro a uno de los comerciantes del mercado de la Cebada, el contraste del grosor de sus dedos respecto a los del cliente que atiende, hace que me cuestione si ese barrio, que funciona como concepto sobre el que se levanta el mercado continúa. Si acaso, la llegada de las “élites económicas” al centro de Madrid se lo están cepillando, o por el contrario ayuda.

Mercado de la Cebada, La Latina, Madrid
Mercado de la Cebada, La Latina, Madrid | Iván Pascual | Facebook Mercado de la Cebada

Si alguien detesta hacer la compra soy yo. Los miles de colores, envoltorios, pasillos, números, codazos, información y opciones posibles me saturan. Me cuesta elegir el tipo de vaso que voy a utilizar en la comida, ¿cómo voy a saber si prefiero Choco Krispis, Choco Flakes, Chocapic, Choco Zuck, Ángel Chock o Choco Puffs? No puedo, la verdad, de hecho, no como cereales.

Lo cierto es que cuando bajo a hacer la compra entro en un estado de semi-muerte cerebral que bien podría ser el de un figurante de Walking Dead. Lo que debería resolver en diez minutos, lo resuelvo en veinte, y más sudado y mareado que después de un pogo de los Dwarves. Soy un flojo, no pasa nada. Dentro de nada, compondré una canción contándolo como Andrés Calamaro, y llenaré el Palacio de los Deportes de flojos que odian hacer la compra.

Ese ha sido mi plan durante años, pero hace dos días, intuyendo que era bastante impracticable, me acerqué al Mercado de la Cebada dispuesto a acabar con mi neurosis. ¿Qué mejor mercado que uno que lleva desde el siglo XVI haciendo de sparring especular para diversos accionistas? ¿Qué mejor mercado que uno que albergaba a la paisana y al paisano madrileños, y ahora, alberga a jóvenes que visten de modo muy semejante a estos, pero trescientos años después?

Uno mira al suelo y honestamente, piensa, cualquiera, cualquiera que me traiga las cosas a casa y evite que tenga que soportar la pirotecnia del marketing combinada con los anacronismos contemporáneos. Para acto seguido pensar, “venga, no jodas, no seas cazurro y prejuicioso, ve para allá, te compras una lata de berberchos delicatesen, te tomas una birra y a casa”.

Efectivamente, lo que me encuentro al bajar las primeras escaleras es eso, un mercado de barrio convertido espacio de moda, la gente no solo va a comprar productos frescos, también va a estar allí, a pasar su tiempo, a habitar la tendencia.

Cuando le pregunto a la gerente del mercado, Marta González, por la fórmula hit que ha conseguido esto, me comenta: “Desde hace unos dos años, se decide incentivar la visita de nuevos clientes, sobre todo, de gente más joven. Para ello, mantenemos la zona de abastos combinada con eventos que llamen la atención de los más jóvenes. De esta manera, conseguimos que los nuevos y potenciales clientes conozcan un mercado que en muchos casos no sabrían ni que existe”.

[¡UN BOTIJO, POR FAVOR!]

No es casualidad que el target del Mercado ahora sea la gente joven. “Este barrio ha rejuvenecido en pocos años. Ha pasado de ser un barrio de “personas mayores” a convertirse en el distrito con más colegios de Madrid […]”.

Y la verdad es que el primer vistazo me lo confirma, hay mucha gente joven, pero la panorámica también me despierta la sensación de que la gente joven de la que estoy hablando, aparte de vestir como pinceles, disponen de unos ingresos superiores en proporción al que podría tener uno de los antiguos clientes, y no soy el único suspicaz,

“Creo que sí. El poder adquisitivo ha aumentado con respecto al cliente de hace veinte años. Además, las mujeres trabajamos, hay más ingresos y más cultura gastronómica”. ¿Y los pinceles? La verdad es que cometo el error de preguntar por la aparición del fenómeno hípster [en estos días, palabra vacía de contenido donde las haya, si queremos sobrepasar el ámbito estético de la subcultura] así que, ¿y los pinceles?

“Eso no te lo puedo contestar, aunque creo que es una moda. Son clientes que han pasado de tomar el aperitivo con tapas y cañas, a hacer la compra mientras comen productos frescos por los propios comerciantes. Pero, más allá de la moda, queremos potenciar nuestros productos ya se degusten aquí o en sus domicilios, y que los clientes vuelvan y realicen sus comprar aquí”, añade.

[¡UN BOTIJO, POR FAVOR!]

Tras esto, me comenta que aunque el cliente haya podido variar, “el comerciante, igual que antes, tiene el mismo trato cercano. El comerciante de un mercado de abastos o de barrio nunca puede ser igual de cercano que un dependiente de un centro comercial. Aquí se establecen vínculos personales, se conversa, conocen tu nombre, etc. Sucedía antes, y sucede ahora”.

Y no le falta razón. En un rato me han enseñado a caramelizar unos pimientos, y llevo un qué lo qué sonrojante y liberador que hace que mi garbeo continúe.

Pero entre ese “antes” y ese “ahora” que me comenta las cosas no han sido tan fáciles, durante muchísimos años, el mercado se ha visto envuelto en una “guerra” política sobre su posible derribo. Mientras tanto, el mercado iba muriendo, los comerciantes cerrando y la gente dejando de venir.

“En los últimos dos años, comenzamos con una dinamización comercial para que emprendedores pudieran instalar sus negocios en el mercado, además, de combinarlo con los eventos descritos anteriormente. Todo ello ha logrado que los comerciantes vean un nuevo nicho de mercado que nos ha beneficiado, así como la ayuda en el ayuntamiento para adecuar esta tendencia en la ordenanza y darnos facilidades para ofrecer este servicio", prosigue.

[¡UN BOTIJO, POR FAVOR!]

Recalcar esto último no es tontería, pues no sería la primera vez que se le niega el apoyo estatal a un mercado, para así –por medio de su deterioro– justificar la intervención privada.

“En su momento, hubo cierto temor a que esto pasara. Actualmente, y gracias a la fluida comunicación con el ayuntamiento de Madrid, así como al área de comercio y desarrollo de éste, estamos relativamente tranquilos. Recibimos ayuda, soporte, y repito, a día de hay una comunicación bastante fluida”, dice.

[¡UN BOTIJO, POR FAVOR!]

Miro a uno de los comerciantes, el contraste del grosor de sus dedos respecto a los del cliente que atiende, hace que me cuestione si ese “barrio” que funciona como concepto sobre el que se levanta el mercado continúa. Si acaso la llegada de las “élites económicas” al centro de Madrid se lo están cepillando, o por el contrario ayuda, así que pregunto.

“Evidentemente, vivir en el centro, ahora mismo, no es barato. Las antiguas fincas rehabilitadas han llamado la atención de parejas o familias con ganas de vivir en un barrio céntrico con servicios y calidades, que a lo mejor, no se pueden comparar con vivir en una casa a las afueras, pero que sin embargo, tiene su encanto”.

“La zona se ha modernizado sin perder el espíritu de barrio de los Austrias. Nuestros nuevos clientes son, cada vez, más jóvenes, más “sibaritas·, saben lo que quieren y no les importan pagar un poco más”.

[¡UN BOTIIIJ… ¿NO ME QUEDA UN PAVO?]

Me rasco el bolsillo. Efectivamente, ni un pavo. Se acabó lo que se daba, chaval. Joder, por mucho que me remangue el pantalón, cada vez, más viejo, menos “sibarita” y más ruinoso. Pero, oye, el estrés de los cereales del que hablaba antes, ni gota, y además, tengo un bote de pimientos que pienso caramelizar si no me quedo dormido mientras babeo el espejo del ascensor

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