LA SOLEDAD, FORZOSA O VOLUNTARIA, ES UNA EPIDEMIA

LA SOLEDAD, FORZOSA O VOLUNTARIA, ES UNA EPIDEMIA

Más de cuatro millones de personas viven solas en España: ella es Carmen y tiene 79 años

Sucede de tanto en tanto. Una abre el periódico y se encuentra con la tristísima noticia de un tipo que llevaba meses muerto en su casa. El cadáver de una señora a la que buscaba su banco por impago de la hipoteca; un anciano que aparece en un ascensor que llevaba mucho estropeado; un caco que asalta una casa y se encuentra con la pestilencia de un muerto al que tampoco nadie había echado de menos.

Más de cuatro millones de españoles viven solos
Más de cuatro millones de españoles viven solos | Getty Images

La pregunta es simple: ¿Cómo ha tenido que tratarte la vida, qué cosas sucedieron o, más bien, dejaron de suceder, para que nadie, el banco o la compañía de la luz en todo caso, se acuerde de que existías?

En España, 4.63 millones de personas viven solas.

Carmen tiene 79 años. Reside en un piso de tres dormitorios en el centro de Sevilla. “Se me cae un poco encima”, comenta mientras me conduce por el pasillo hacia el salón.

Ex maestra, menuda, ágil en el lenguaje, enviudó hace dos veranos y su único hijo vive en Bruselas con su mujer, belga, y sus niños: “Desde julio no vienen y yo no tengo ya moral para meterme sola en un avión”, confiesa mientras me sirve un café.

Al momento regresa a la cocina vuelve con una caja de latón azul. “Son pastas. Yo es que no puedo comer dulce. Si te gustan, te las llevas”, sugiere.

Carmen toma asiento, me mira y dispara: “Así que en tu reportaje yo voy a ser la persona condenada a estar sola”.

La soledad como epidemia

La persona que nos ha puesto en contacto le había advertido de antemano: “Es un artículo de la soledad como epidemia, la periodista quiere contar la historia de dos soledades, una forzosa y otra voluntaria”.

- Así es, Carmen.

- No tengo problema en reconocerlo, para mí la soledad es terrible. Vivir únicamente con una misma es muy duro y una pesadez, de verdad. Te puedes imaginar lo largo que se me hace el día. Procuro salir a andar, hago los recados, veo la novela, leo, resuelvo crucigramas, a veces voy al cine o a desayunar con alguna amiga … aún así, me sobran muchas horas, hija.

Me cuenta todo esto mientras el péndulo del reloj de pared se balancea haciendo presente el tiempo segundo a segundo. Efectivamente, los días de Carmen tienen que ser largos.

- He llorado mucho… ahora menos pero no se me va la pena. Yo tengo claro es que lo natural es estar acompañado, las personas necesitamos cariño.

- Hay quien elige vivir así.

- No es mi caso, yo no habría querido nunca esta situación. Unos antiguos amigos me dicen que me medique pero yo no creo estar enferma sino sola, solísima. Y como yo muchas personas mayores, es un problema del que la sociedad no se está ocupando como es debido y que seguirá aumentando.

No muy lejos de Carmen, también en el casco histórico de la ciudad, pero en un piso de una habitación con terraza vive Sara.

“Todos las casas del bloque son de una sola estancia. Somos muchos solteros, gente de entre 30 y 40 años”.

Su apartamento y ella se parecen sobremanera. Práctico, ordenado, de aire popero. Las plantas bien cuidadas. Se nota que lleva mucho tiempo viviendo allí. “No metería a alguien aquí ni loca”, me responde cuando le pregunto si lo compartió con alguna pareja.

Ha tenido varias relaciones, me cuenta, pero nunca ha convivido con ninguno de sus novios por decisión suya. Desde hace cuatro años, no sale con nadie ni lo tiene en mente. El término single, como rebautizó la mercadotecnia a la soltería, no le gusta.

- Soy soltera, punto. Y por ahora estoy feliz así. Las mujeres soportamos más peso y más críticas cuando tomamos estas decisiones. Por suerte, hace mucho que paso de eso. Valoro una barbaridad el tiempo que tengo para estar conmigo misma, el silencio o poner la música que me dé la gana. Comer si tengo hambre, dormir si tengo sueño, salir cuando me apetece y volver a casa cuando me apetece también, sin encomendarme a nadie. Y sí, claro que tengo amigos y veo a mi familia, pero el tiempo que más suelo disfrutar es el que paso en soledad.

- Vengo de hablar con una señora que considera la soledad una desgracia. Pero, bueno, es otra situación, es una señora mayor, la suya es una soledad crónica-, le digo.

- También conozco gente joven que se ha emparejado sólo por huir de la soledad cometiendo un error muy grande… de todas formas, es cierto que es algo generacional, la familia no tiene el peso o el valor que tenía antes. Por otra parte, hasta hace no demasiado no se lo ocurría a nadie salir a cenar a un restaurante solo o ir a un concierto… antes la soledad estaba estigmatizada pero todo eso ha cambiando y afecta a todos los sectores. La arquitectura, por ejemplo. Sospecho que la mayoría de los arquitectos no están pensando ya en pisos de cuatro habitaciones.

Sentir que no tenemos compañía

Sospecha bien: el unipersonal ya es el segundo tipo de vivienda más frecuente en España.

No tengo duda de que a Sara la soledad le funciona. Le refuerza la autoestima, su seguridad, su independencia. Sin embargo, numerosos estudios señalan que este modus vivendi, camino de la epidemia, puede convertirse en una enfermedad de consecuencias físicas, como las producen males como la obesidad.

En el mundo de la hipercomunicación, de la vida en las pantallas, la sensación de aislamiento ha invadido a millones de individuos. Más de una de cada tres personas se siente así en las sociedades occidentales. El aislamiento es el signo, el gran tema de nuestro tiempo.

No hablamos ya de vivir o no vivir solos, sino de sentir que no tenemos compañía, el cariño que demandaba Carmen, la capacidad para contar los problemas a otra persona y dejarse ayudar o, al menos, relativizarlos.

“Me siento más sola cuando estoy con mi novio que cuando no está él en casa”, me confiesa una amiga en plena crisis sentimental, harta de que la conversación no exista en el salón que comparte con él.

Consultando a varios médicos anoto que, efectivamente, la soledad tiene un reflejo físico: eleva la hormona del estrés, así como la resistencia a la circulación, impide que el sueño nos cunda, nos hace sentirnos más cansados y nos vuelve menos inmunes. Una búsqueda en Google me lleva a datos peores: la soledad incrementa las probabilidades de mortalidad en un 26%.

Pero sigo leyendo y veo reflejadas las bondades que narra Sara en otros artículos de psicología. Libertad de decisiones, no depender de terceros, seguridad, crecimiento personal… Qué tontería, claro, como también conozco a muchas parejas y familias infelices o compañeros de piso que no se soportan.

“Todo depende de cómo uno pacte con su día a día, con sus anhelos, con sus proyectos. Si te soy sincera, creo que si uno no vive bien en soledad tendrá complicado tener una buena vida en pareja”, defiende Sara.

Asiento. Pero me acuerdo de Carmen, en sus antípodas. Su reloj debe estar a punto de dar siete campanadas. La imagino mirando la caja de galletas que ofreció y que me he olvidado, cogiéndola y guardándola en la alacena hasta la próxima visita.

“Esto no me pasa sólo a mí, vamos a peores todos. De verdad, me cuesta creer que la desee alguien”, me dijo. Es verdad, Carmen, tú también tienes razón.

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