UNA EXPOSICIÓN EN MADRID ALABA LA MUÑECA COMO EJEMPLO DE IGUALDAD DE GÉNERO

UNA EXPOSICIÓN EN MADRID ALABA LA MUÑECA COMO EJEMPLO DE IGUALDAD DE GÉNERO

La muñeca Barbie no puede ser un modelo femenino porque va siempre de puntillas

La Fundación Canal de Madrid expone 438 ejemplares de la muñeca Barbie, de diferentes estilos y épocas, bajo eslóganes que la alaban como ejemplo de igualdad de género, integración racial o diversidad. Fui a la expo y después de verla me pregunto: ¿Cómo puede una muñeca, que no se puede mantener de pie, que va siempre de puntillas, ser un ejemplo de feminidad para las niñas?

Exposición de la muñeca Barbie en Madrid
Exposición de la muñeca Barbie en Madrid | Fundación Canal | Mattel

Como saqué todo sobresalientes y un notable, me regalaron mi primera Barbie. Recuerdo jugar con ella, sintiéndola como una persona ajena, que me asustaba un poco, con su cara de positividad perpetua. La Barbie era la primera muñeca que no era una niña como nosotras.

De pronto, parecíamos tener delante un cuerpo de mujer, un cuerpo sobre el que podíamos proyectarnos antes de que el nuestro floreciera. Nos perturbaban sus pechos, gigantes, enhiestos, sin pezones.

Bajo sus bragas grandes, la Barbie tenía dos hendiduras muy leves, paralelas, que no sabíamos cómo interpretar. Su zona pélvica era cuadrada e indefinida, flanqueada por dos piernas largas y tiesas, que le daban ese aspecto de tensa delgadez que en mi tierra se llama vulgarmente "tener el coño en dos muletas". Bajo su apariencia externa hipersexualizada, se ocultaba un monstruo castrado, la nada.

Una amiga del colegio, hija de 'opusinos', que jamás había visto a sus padres desnudos, dibujó para clase de Conocimiento del Medio una mujer sin pezones, sin pelo, sin hendidura vulvar siquiera. La única desnudez adulta que había podido observar tranquilamente era la de esa Barbie querubín, Barbie mujer ablada, Barbie Santa Águeda, de axilas redondas y protuberantes y coño cuadrao, pero siempre feliz, a pesar de todo.

Me gustaba jugar con la mía, pero no dejaba de ser extraña, tan fría y lejana, y quizás por eso no le puse un nombre. Tampoco recuerdo que ninguna de mis amigas lo hiciera. Eran, sencillamente, "mi Barbie", "tu Barbie", "su Barbie". Un día mi Barbie amaneció sin rostro.

Vivíamos en el campo, y los ratones decidieron darse un festín con la única zona blanda de su cuerpo de diosa plástica. Y de pronto tuve una muñeca que -ahora ya sí que sí- era sólo un cuerpo. Ahí, cuando la vi con el rostro dañado, ultrajadísima, como si Kent fuese un esposo monstruoso que le hubiese arrojado ácido en la cara por haberse liado con Chabel, o vete a saber qué, empecé a amarla. Dañada, imperfecta, se me hacía al fin humana. Y le puse un nombre.

En estos días, en una exposición llamada 'Barbie, más allá de la muñeca', se exhiben en la Fundación Canal, del Canal Isabel II de Madrid, las 438 piezas de colección de Barbies de diferentes estilos y épocas, amparadas -¿desamparadas, quizás?- bajo textos como el que irrumpió en los medios como invitación al evento:

"Durante décadas Barbie ha transmitido valores de igualdad de género, de integración racial, de respeto por la diversidad (...) Y todo ello SIN DEJAR DE LADO SU CONDICIÓN DE MUÑECA Y DE BALUARTE DE LA FEMINIDAD".

Tócate los cojones, Mariloles. Casi pareciera que la Fundación Canal buscase convertir su texto en una mofa, diciendo exactamente los valores contrarios a los que promulga el ideario Barbie.

La teórica del feminismo Nerea Pérez de las Heras, creadora del show 'Feminismo para Torpes', clava el afilado aguijón de su ironía sobre el texto de la invitación:

"Claro, joder, porque HACER COSAS, las que sean, está muy reñido con LA FEMINIDAD, sea lo que sea eso. Sin querer la puedes perder, yo que sé, estudiando una ingeniería, usando un taladro en casa, cortándote el pelo MAL, tirándote un pedo, chillando. Yo, sin ir más lejos, la perdí el otro día vomitando entre dos coches. Joder, luego toda la puta noche buscando la feminidad perdida".

No es ya que Barbie suponga un modelo de feminidad erróneo, basado en una belleza absurda -famosa es la imposibilidad médica de un cuerpo humano de asemejarse al de la icónica muñeca- sino que encima proyecta éxito y riqueza, una idea de mujer que conjuga unos valores que se tambalean en el precipicio de los logros a través de la belleza y el aspecto físico.

La dulce Chabel, que quizás podía empujar a la anorexia, con todo el encanto de su pelo a lo Louise Brooks, sus pies planos y sus pechos diminutos, se movía en un terreno más proletario. En nuestros recuerdos, Barbie era la mansión, el descapotable; Chabel, la hamburguesería, el desenfado juvenil.

Así como los muñecos-bebé que lloraban, meaban y tragaban leche de un biberón del que mágicamente desaparecía el líquido, buscaban que jugásemos a una maternidad precoz, Barbie era una proyección de nosotras mismas, una fantasía delirante de nuestro futuro yo adulto.

La brecha entre Chabel y Barbie se hace aún más profunda cuando uno observa sus pies. Hay una línea infranqueable de comodidad y practicidad vital, de básica subsistencia: Chabel, con sus pies planos, podía sostenerse de pie sin ayuda de una mano infantil que la sostuviese; Barbie, con su arco podal vertiginoso, adaptado a llevar tacones de por vida (así fuese a esquiar o a la montaña), era una esclava de una mano externa que la sostuviese sobre el mundo.

Barbie, tan bella, sonriente y exitosa, no podía mantenerse en pie. En pos de la belleza y la elegancia, su vida parecía estar abocada a un eterno andar en puntillas. Una vida similar a la que parece ofrecérsele a las mujeres en cualquier imagen que pretenda vender medias.

En las tiendas de ropa por internet o los anuncios de leotardos, mujeres enfundadas en pantys emulan a esa Barbie primigenia que cinceló nuestra idea de belleza hasta llevarla al esperpento.

Ese andar de puntillas, más que una idea de éxito y sensualidad, parece un andar a hurtadillas por la vida, no queriendo ser percibida, o al paseo de la vergüenza posterior a una noche de sexo absurda pasada con un desconocido.

Esos pies de Barbie, así como los de los anuncios de medias, parecen estar buscando ropa a tientas, para vestirse y huir. Apelando a esa idea de Barbie como ejemplo de auto superación que intenta vendernos la exposición de la Fundación Canal, no nos queda más remedio que poner los ojos en blanco y clamar al cielo: ¿Qué tipo de autosuperación puede lograrse andando eternamente en puntillas?

La exposición, que muestra la primera Barbie negra, las nuevas Barbies de distintas razas, tamaños y pesos, intenta forzar una máquina que lleva enferma desde sus inicios para, supongo, intentar congraciarse con la opinión pública actual, feroz e implacable en cuestiones de feminismo.

Sin embargo, desde el texto fallido de la invitación hasta los titulares transmitidos a la prensa (cosas tan demenciales como que "la Comunidad de Madrid reivindica a la muñeca Barbie como un icono de la igualdad de género"), la campaña que anuncia la exposición va renqueando, transmitiendo constantemente torpezas, y revelando así que todo ese intento de moralidad y valores positivos es una falacia.

Imagino a creativos contratados por Mattel exprimiéndose los cerebros, sudando frío, tomando drogas para mermar la lucidez y caer en un absurdo creativo. ¿Cómo hacer que la muñeca aberrante que choca contra todos los valores feministas que se han ido imponiendo en los últimos tiempos se convierta de pronto en un estandarte de liberación e igualdad femenina?

Casi todos los textos de la exposición se mueven en una cuerda floja que parece decir a gritos 'femvertising', esa perversión consistente en burda publicidad camuflada de activismo de género.

Las ventas de Barbie van cayendo en picado desde 2012, y, evidentemente, estos disparos a bocajarro de nuevos valores parecen no ser más que patéticos intentos de ponerse a toda prisa y con el culito prieto en las filas de "esto del feminismo, que parece que ahora mola".

Imagino que un anuncio que tuviese por protagonista a mi Barbie, aquella que sufrió en su cara el ataque de los ratones, sería algo más edificante.

Pienso en ese lema de Barbie que pretendía revolucionar el mundo de los juguetes para niñas, "I can be", ese "yo lo valgo", "yo puedo ser", "yo puedo conseguir lo que me proponga", apareciendo sobre una imagen del rostro mancillado de mi Barbie, luchando por primera vez por sobreponerse al drama de la belleza perdida, de la malformación. Su antigua sonrisa abriéndose paso entre las mordeduras de ratón, diciendo "La vida no es fácil. Pero, pase lo que pase, yo puedo".

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