LOS OFICIOS DE LA MUERTE (I): TANATOPRACTORES Y OFICIANTES DE FUNERALES LAICOS

LOS OFICIOS DE LA MUERTE (I): TANATOPRACTORES Y OFICIANTES DE FUNERALES LAICOS

Pasé el día hablando con gente que tiene trabajos relacionados con la muerte

Se dedican, cada uno en una vertiente distinta, de la muerte. Uno, de la muerte física. El otro, de la muerte del alma. Martín Navas, tanatopractor, y Gustavo Giménez, oficiante de funerales laicos, pasan parte de su tiempo ocupados en facilitar el paso a ese Otro Lado que todos tanto tememos.

Un féretro
Un féretro | Getty Images

Vada, la protagonista de once años de la película 'Mi chica', acudía casi cada día al médico aquejada de misteriosas dolencias, segura de que iba a morir. El mayor de sus miedos estaba bien cerca, exactamente bajo sus pies.

En el sótano de su casa, el negocio familiar funcionaba a todo tren, con su padre embalsamando cadáveres y su madrastra maquillándolos. Alison Bechdel, en su novela gráfica autobiográfica 'Fun home', relataba la primera vez que vio un cadáver.

Fue manteniendo una conversación cotidiana con su padre, mientras este hacía su trabajo habitual: embalsamar el cuerpo de un hombre muerto.

Tanto Vada como Alison están incrustadas en algún lugar de mi altar personal de personajes adorados: niñas sufrientes y conscientes del otro lado. También asoma, allá por una esquinita del retablo, la Claire de 'A dos metros bajo tierra', benjamina de una familia de funerarios.

Oscura y malencarada, vengándose de un novio hijoputa metiéndole el pie de un muerto en la taquilla: cómo no aspirar a ser un poco como ella. Con esta visión celestial de las personas que viven de forma cotidiana en contacto con la muerte -aunque, en realidad, ¿quién no lo hace?-, me entregué a la tarea de entrevistar a personas que trabajasen alrededor de la muerte.

Tras el primer día de entrevistas (una jornada en la que me metí entre pecho y espalda las historias de un tanatopractor o un oficiante de funerales laico), me fui a la cama con la sensación de que estaba penetrando un mundo en el que quizás encontraría la felicidad.

Esto es algo habitual en las vidas de muchas personas: aun sintiéndonos felices en nuestra existencia, deseamos otras. Y yo me fui a dormir queriendo ser tanatopractora, habiendo superado triunfalmente cualquier miedo a un cadáver, trabajando resueltamente con aquello que más temía.

Sin embargo, en mitad de la noche, desperté sobresaltada, con el corazón zumbando como un colibrí, repleto de angustia. Como cualquier hipocondríaca vulgar que se precie, pensé que la muerte había llegado. Lo que había llegado, en realidad, era el miedo a la muerte, como tantas otras veces.

En lugar de apaciguar los latidos, de levantarme aterrorizada y pasear por la casa dudando entre llamar a mis seres queridos para decirles cuánto los amaba y escribir una solemne carta de despedida, me quedé tumbada en la cama, con los ojos cerrados, reprimiendo la pulsión de supervivencia, y, simplemente, tratando de imaginar el recorrido de mi cadáver siendo manipulado, honrado y enterrado por las tres personas que había entrevistado durante el día.

Martín Navas, el tanatopractor

En el hipotético caso de que tú o yo muriésemos, en pocas horas el cuerpo perdería ese brillo y ese vigor natural que proporciona la vida. Nuestros seres queridos verían, en caso de que se celebrase un funeral con ataúd abierto, nuestro cuerpo grisáceo y despojado del aspecto natural de estar vivo. Para evitar este shock, sería necesaria la figura de un tanatopractor.

Martín Navas es tanatopractor desde hace cuatro años. "Esto es algo que se puede estudiar, claro que sí, pero en mi caso el oficio me lo enseñó un amigo. Más que de estudios, es una cuestión de valer o no valer para ello. No puedes probar y decir 'bueno, ya me acostumbraré'. Si vales, lo sabes desde el primer momento", asegura Martín.

¿Pero en qué consiste exactamente la tarea del tanatopractor? "Hidratar y corregir, pero siempre sin pasarse. A un hombre de 98 años no lo puedes maquillar. Y peinar y vestir, claro. En resumen: que el muerto parezca dormido", explica Martín. Con respecto a la tarea de vestirlo, es muy importante el tiempo que pasa desde que se produce el fallecimiento hasta que se inicia la preparación.

"En general, nos presentamos allí en seguida, de modo que el cuerpo aún está flexible y se puede vestir sin problema. En caso de que ya esté rígido, simplemente cortamos la ropa por detrás y la ponemos por mitades", confiesa. Obviamente, hay casos en los que el tratamiento básico no basta. La tanatopraxis, como cualquier otro trabajo, está lleno de imprevistos. A veces, los ojos o la boca del cadáver se abren de forma natural.

"Lo mejor en estos casos es no usar pegamentos, porque queda muy artificial. Yo intento usar sistemas naturales, como levantar un poco la cabeza. Si no, se arregla con una gota de vaselina", cuenta Martín.

Pero, obviamente, no se sabe si el trabajo está bien hecho hasta que se ve la satisfacción del cliente. En estos casos, es algo difícil de medir, aunque Martín sabe adivinarlo por la actitud de los familiares. "Si el entran, ven el cuerpo de lejos y se salen de la sala, es que no ha quedado bien del todo", asegura.

La entrevista es telefónica, y noto a Martín un poco asfixiado al otro lado del teléfono. "Estoy llegando a casa", me dice. Le pregunto lo inevitable, con cierto susto y un inevitable morbo "Sí, vengo de preparar un cuerpo ahora mismo. Hoy he tenido dos. No te puedes relajar nunca. Es un negocio que no tiene fin. 300 muertos cada año".

Cuando le pregunto si no le da miedo trabajar solo manipulando muertos a estas horas de la noche, suelta una risotada: "Me da miedo salir de currar a las cinco de la mañana y que alguien me atraque en la calle, no el muerto que acabo de preparar".

Gustavo Giménez, el oficiante de funerales laico

Arrasados por el dolor, lo normal es que los familiares de la persona fallecida se dejen llevar mansamente por el camino que marcan los negocios funerarios. Y, en muchas ocasiones, uno se encuentra, sin comerlo ni beberlo, asistiendo a una misa católica, cuando el que ha fallecido era completamente contrario a este tipo de eventos.

Sin embargo, aunque queramos prescindir de pompas religiosas, a veces es necesaria una ceremonia, un ritual que nos ayude a digerir el difícil momento. Para estos menesteres, lo ideal es un oficiante de funerales laico, como Gustavo Giménez.

En sus propias palabras, un oficiante de funerales laico es "es una figura vacía de dogma que se acomoda a las necesidades de los allegados que nos contratan".

En este oficio, a pesar de que hay una estética funeraria y se requiere un dominio escénico, es fundamental ser riguroso.

No es un show lo que se está tratando. "La muerte no sé si siempre es una cosa seria, pero sí que es una cosa muy real, y hay que estar a la altura", explica Gustavo, remarcando la necesidad de mantenerse en un segundo plano, de ser el vehículo del homenaje, pero nunca el centro del mismo.

"La persona que oficia el funeral es la persona menos importante, y lo último que debe hacer es estar pendiente de sí misma. Su presencia es su ausencia", insiste.

El proceso de escritura del texto que se leerá en el acto es siempre distinto, como lo es el ámbito y los deseos de cada persona fallecida o de sus seres queridos.

"Normalmente, hay una entrevista previa a la ceremonia para recabar datos importantes de la persona fallecida y sus relaciones personales. Después se elabora un discurso en base a estos, al que después los allegados dan el visto bueno, y se introducen los cambios que crean pertinentes. El discurso puede modificarse hasta momentos antes de la ceremonia", afirma Gustavo.

Tras la sana distancia con respecto al tema que mostraba el tanatopractor, encuentro que no es lo mismo tratar con el cuerpo, ya despojado del alma, que con el alma en sí (aunque sean las almas de los que se quedan): Gustavo Giménez, ocupado del plano más espiritual de la muerte, confiesa que este oficio sí le ha afectado a la manera de ver el fin de la vida.

"Oficiar funerales te acerca a la muerte, y es inevitable que a veces entre en tu intimidad: piensas en las cosas que importan realmente, en las personas que amas, en tu muerte y en cómo te gustaría que fuese, en la huella o el sentido que dejará tu vida...", confiesa.

A pesar de que su oficio sí que ha afectado a su forma de ver la vida y la muerte, Gustavo Giménez coincide con Martín Navas en cuanto a la percepción del cuerpo del fallecido como un soporte de algo que ya no está.

"Es como estar ante una escultura que conmemora a la persona y que la representa más o menos bien (dependiendo del final que tuviera y del arte del tanatopractor, claro), pero a veces una fotografía expresa más vida que ese cuerpo", expone.

Tras sus confesiones, Gustavo remarca lo verdaderamente importante de su oficio: "Lo que yo sienta no es realmente importante, porque no son mis sentimientos con lo que yo trabajo, sino con los sentimientos de las personas que acaban de perder a alguien".

Entrados en este terreno, a veces complicado y pantanoso, Gustavo es partidario, ante todo, del máximo respeto. "A veces oficias un funeral y ves procesos difíciles, allegados que niegan el final: sospechan que no está sucediendo, que el cuerpo no es el de su ser querido, que se moverá en cualquier momento, que está ahí cerca aunque no lo vemos...", expone.

Sin embargo, en un proceso tan difícil como el dolor de una pérdida, Gustavo opta por una extrema prudencia, que casi roza los límites de lo que llamaríamos ciencia ficción: "Yo soy respetuoso con esto, porque realmente no tengo ni tendré nunca una prueba de que no sea así, ni de que la realidad no sea mucho más sorprendente de lo que imaginamos".

Para terminar, Gustavo condensa el buen hacer de este oficio en una premisa aparentemente contradictoria: "Las virtudes que deben poseerse, en esencia, para ejercer bien este trabajo son dos: la sensibilidad emocional y la distancia emocional".

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