"PREFIERO ESTO A LIMPIAR ESCALERAS", ME DICE UNA DE ELLAS

"PREFIERO ESTO A LIMPIAR ESCALERAS", ME DICE UNA DE ELLAS

Pasé la noche en un bar de prostitutas (y esto me contaron)

Cuando digo que he pasado la noche en un bar de putas, no estoy hablando de nada ni medianamente cercano a la prostitución reivindicativa que empezamos a ver en las redes en los últimos tiempos. No hay ningún hilo que una a Natalia Ferrari o María Riot, trabajadoras del sexo empoderadas, feministas, que han elegido su trabajo, con estas mujeres que se aburren en la barra de este bar de barrio con el aire acondicionado demasiado alto. Al menos a primera vista.

Un gin-tonic
Un gin-tonic | Pixabay

En primer lugar, estas mujeres que beben refrescos con gesto de hastío no tienen el poder de elegir a sus clientes ni trabajan por cuenta propia. Y en segundo lugar, muchas de ellas escogieron este trabajo como medida desesperada de supervivencia, y no porque las condiciones fuesen demasiado atrayentes. Sin embargo, salvo alguna excepción, todas ellas me sonríen y se prestan a hablar conmigo, siempre que cambie sus nombres y no entre en detalles que puedan comprometerlas.

Es viernes noche, uno de los días de mayor actividad, pero el local permanece prácticamente desierto, a excepción de dos hombres que toman copas al final de la barra que, por ahora, no tienen pinta de ir a pagar un servicio completo.

"El bar funciona de forma -me explica Maleidis, una trabajadora del local- que puedes venir a tomarte algo y puedes no querer estar con una chica. Pero todo el mundo que viene sabe lo que es esto, así que siempre hay que probar, acercarse, hablar con ellos, tontear un poco. Luego igual no quieren, pero al menos hay que intentarlo".

Búlgara, 30 años

La persona que me ha servido de contacto para poder estar en el bar y poder entrevistar a las trabajadoras, a pesar de ser una mujer, es Marina, una búlgara de unos treinta años con deje madrileño y un corazón en el cuello con las iniciales de sus dos hijos grabadas.

"A veces es cansado -dice mientras juguetea con el colgante- porque te siguen la conversación un rato, pero de pronto cogen y se van, y tú has estado ahí gastando tiempo para nada". Su trabajo no sólo consiste en entregarse a los deseos de los clientes y mantener relaciones sexuales con ellos, sino que ellas mismas deben establecer conversación, hacer bromas, seducir y conseguir ser deseadas por el cliente potencial.

"Cualquier chica no vale para esto - me explica Rosa, española de cuarenta que se dedica esporádicamente a la prostitución desde los 20- porque tienes que ser medio puta, medio relaciones públicas. Yo he ido y he vuelto, según trabajos que me fueran saliendo de otras cosas, y nunca he tenido problema para conseguir clientes".

No es trabajo para toda la vida

Mientras charlamos, tres hombres de mediana edad entran en el local. Parecen seguros de saber a lo que vienen. Se acercan inmediatamente a una de las chicas más jóvenes que esperan en la barra. Rosa comenta algo por lo bajo con sus compañeras, unas palabras que no logro identificar del todo, pero que parece algo así como un "esa lo tiene fácil". "A ver -me dice- es que no es lo mismo tener las tetas ahí arriba que aquí abajo. Este no es un trabajo para toda la vida. Somos como las top model".

Todas ríen al unísono. El cliente y la chica joven desaparecen a uno de los cuartos privados. "Aunque bueno, no te creas -dice Maleidis- después está el típico señor que te conoce desde hace años y que sabe que tú sabes lo que le gusta. Ya te conoce, y prefiere estar contigo que con una muchachita de estas nuevas".

Cuando les pregunto por el tema económico, todas tuercen el gesto, desvían un poco la mirada, sonríen un poco incómodas. Prefieren no hablar del reparto, de qué margen de beneficio obtienen. Saben que hay chicas que van por libre, pero les parece mejor, más seguro, trabajar en un bar, al servicio de alguien.

De vuelta para el desayuno de sus hijos

"Estás más protegida, no te pones en el peligro de que un cliente te pegue o no te pague o te robe, que tengo compañeras que han tratado de ir por libre y les han pasado algunas cosas desagradables. Gano menos aquí, pero sé que por la mañana estoy de vuelta a ponerle el desayuno a mis hijos".

Hay un punto común sobre el que giran casi todas las conversaciones, y es la necesidad imperiosa de ofrecer un futuro a los hijos, de reencontrarse con la familia o traerla a España, o, en el caso de las más jóvenes, de conseguir sacar un título de algo que les permita trabajar de otra cosa.

"Claro que no me imaginaba que iba a trabajar de esto -confiesa Maleidis- Dejé Dominicana pensando que en España había más oportunidad. Intenté otras cosas, pero era muy difícil conseguir un trabajo sin papeles. Sigo porque le tengo que mandar dinero a mis hijos, que están allá con su abuela. Al mayor me gustaría traerlo para que estudiara aquí, que los estudios son mejores, pero es difícil".

Esto o limpiar escaleras

Las otras asienten. Sus situaciones son más o menos similares. Llevan este trabajo de forma secreta o con discreción, sin dejarlo del todo claro a ojos de sus familiares y las personas de su entorno. "Yo creo que mi hermana sabe que trabajo en esto -dice Rosa- Hay cosas que tampoco hace falta contar. Sé que no le parece bien, pero, sinceramente, prefiero esto a limpiar escaleras como ella. Lo probé de joven y me dolían las rodillas mucho más de lo que ahora me duele, con perdón, el coño".

Resuena un cacareo de risas, que dan lugar a sumergirse en la realidad de su trabajo mirada desde el prisma de la risa y la camaradería. Hablan de todo: desde clientes con penes minúsculos que se frustraban porque se les salía fuera todo el rato a fetichistas de ciertas cosas o que buscaban a otras personas ("Aquel que me llamaba Alicia todo el rato y me decía cosas de amor -recuerda Maleidis- después pasaba una vergüenza horrible y me daba mucha propina").

El condón

También hay historias de semen a chorros manchando el techo y un hombre que la tenía tan grande que sólo le cabía a algunas chicas. Hay mucha lucha con el cliente con el tema del condón, pero todas se muestran inflexibles con respecto a eso. En el sexo oral, en cambio, hay división de opiniones. Algunas, cobrando precios superiores, hacen felaciones sin usar preservativo.

"Claro que da miedo la salud, que te peguen cualquier cosa, pero necesito el dinero. Y a veces, si haces un servicio oral sin condón, ya tienes hecha la cartera del día y te puedes relajar". Me hablan de las revisiones mensuales, que se realizan en el mismo centro de salud especializado al que yo misma y muchos amigos hemos acudido en ocasiones a hacernos pruebas de ETS.

Un cliente recién llegado se acerca a Rosa. Se saludan con dos besos y conversan como dos conocidos de hace años que se encuentran por la calle. Escucho que se preguntan por los hijos, por algún detalle del negocio de él. Después se encaminan a uno de los cuartos privados.

Me resulta algo extraño pensar en que esta mujer con la que he estado hablando hace un rato ahora mismo va a tener sexo con un señor en la habitación de al lado. Pero, al mismo tiempo, su relación ha parecido tan cordial que no veo violencia alguna en la transacción (eso, obviamente, ignorando el precio que cobrará Rosa ni qué porcentaje se quedará el dueño del negocio).

Mientras Rosa realiza el que será su primer y único servicio de la noche, las otras van y vienen, toman copas con alguno que entra y hacen tiempo conversando. La charla gira en torno a los hijos, las asignaturas que ha suspendido el sobrino, el nuevo bulldog francés de una de ellas (cuya foto muestra orgullosa en el móvil) y algún que otro fantaseo con un pretendiente o un novio.

"Todas nos imaginamos alguna vez que viene un señor maravilloso y nos quita de este trabajo, pero eso, si te soy sincera, pasa bien poco -dice Maleidis- Así que yo prefiero seguir luchando sola por lo mío".

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