SEDUCCIÓN, AMOR -Y QUIZÁS SEXO- ENTRE ABUELOS

SEDUCCIÓN, AMOR -Y QUIZÁS SEXO- ENTRE ABUELOS

Pasé la tarde en un local de ligue de la tercera edad

Observo a una pareja que debe rondar los 75 años haciéndose arrumacos en unos sofás. Me parecen tiernos, como de anuncio de seguros de vida, hasta que los arrumacos culminan en beso con lengua. Cuando le pregunto a Samuel si cree que la sexualidad de los viejos está invisibilizada, se encoge de hombros. "A ver, el cuerpo ya no te funciona, eso es así, para qué negarlo - me confiesa- a no ser que te eches al buche una pastilla de esas, pero yo sufro del corazón, así que mejor que no. Pero te das cuenta de que hay otras cosas.

Pareja de la tercera edad bailando
Pareja de la tercera edad bailando | Gettyimages

"Este es nuestro Finger", me dice Samuel. Tiene 80 años, los ojos brillantes y vivos, y, obviamente, confunde 'Finger' con 'Tinder'. Abre su mano añosa, con nudos de venas y manchas marrones, que me recuerda inevitablemente a la de mi abuelo, y me muestra, como si me enseñase una tierra arada, la sala en la que, al ritmo de "Dos gardenias para ti" cantada por Antonio Machín, unas cien personas de ambos sexos, con edades comprendidas entre los 70 y los 90 años (juraría que hay gente casi centenaria; a lo lejos observo a un señor con su carrito del oxígeno), bailan agarrados.

Llevan sus mejores galas, y juraría que no he visto tanta pulcritud en mi vida. Hay diversidad de estilos: Desde el señor impecablemente lavado y planchado, con pantalón de raya como proa de barco y zapato embetunado y la señora maquillada con sencillez vistiendo traje de chaqueta liso, hasta señoras más arriesgadas portando quizás los mismos modelos que llevaron a la boda de sus hijos. Un poco desperdigados por aquí y por allá, salpimentándolo todo, hay dos o tres tocados.

Los llevan señoras de aspecto atrevido, conscientes y seguras de su audacia. Reina el cardado, la perla, el zapato de salón. Reinan las alianzas de oro en los dedos arrugados, algunas pulseras con las letras de los hijos. Más tarde, en la barra, conozco a una señora que lleva algunos dientes de leche de sus hijos ensartados como cuentas en una cadenita de oro.

Es este el templo de lo animoso más que de lo animado, de la falta de pudor, del -y esta vez quizá va en serio- bailar COMO SI NO HUBIERA UN MAÑANA. Porque me encuentro en un local donde sólo se puede entrar si has vivido tres cuartos de siglo, o casi.

Samuel, el anciano que se erige como mi guía desde el primer momento, no me explica el derecho de admisión, pero me da a entender que no hace falta. "¿Quién va a querer venir aquí, con los viejos?", dice con una sonrisa. De hecho, en la puerta me han mirado mal, como si me estuviese equivocando, y sólo me han advertido de que no se pueden sacar fotos.

"Lo prohibieron hace un par de años -me cuenta Samuel mientras por los altavoces se cuela 'Sabor a mí', de Los Panchos, porque sacaron una foto en un periódico y salían un señor y una señora besándose mientras bailaban. Y resulta que la señora todavía tenía marido, pero no le debía gustar bailar al marido".

Se ríe con la misma sonrisa pícara que recuerdo en mi abuelo cuando se aproximaba a temas de sexo. También le veo esa misma insistencia del doble sentido cuando dice: "Pero a ella... a ella sí que parece que le gustaba bailar bastante... Ya me entiendes".

Entonces es cierto que en estas salas la gente viene realmente a ligar. Una especie de velo me cae ante los ojos y veo que esto de la seducción, el amor, el romance, quizás el sexo, no tiene fin.

Recuerdo a un personaje del documental 'Los invisibles', de Sébastien Lifshitz, una mujer bisexual de unos 70 años que decía: "En ocasiones, en el metro, veo a viejos y viejas que me gustan, y me pregunto: ¿Cuánto tiempo va a durar esto? ¿Hasta cuándo?".

Con esa pregunta bailando en la mente, observo a una pareja que debe rondar los 75 años haciéndose arrumacos en unos sofás. Me parecen tiernos, como de anuncio de seguros de vida, hasta que los arrumacos culminan en beso con lengua. Cuando le pregunto a Samuel si cree que la sexualidad de los viejos está invisibilizada, se encoge de hombros.

"A ver, el cuerpo ya no te funciona, eso es así, para qué negarlo - me confiesa- a no ser que te eches al buche una pastilla de esas, pero yo sufro del corazón, así que mejor que no. Pero te das cuenta de que hay otras cosas. Yo me quedé viudo hace quince años, muy pronto, y he tenido dos parejas desde entonces. Haces otras cosas. Y, sobre todo, igual le prestas más atención a lo que ella quiere, que cuando eres más joven vas desaforao".

Gisela y María, dos señoras que deben rondar los 80, se acodan en la barra junto a nosotros, queriendo participar de la entrevista. "Cuando te emparejas, vas en general a casa del que no tenga familia, del que viva solo. Si es él, pues a la de él. Si eres tú, a la tuya. Yo, por ejemplo, a mis hijos no les voy a meter a un señor en casa, que ellos se piensan que yo soy una santa", me dice Gisela, con la voz entrecortada por la risa.

María confiesa ser más clásica, menos interesada en lo que ella llama "la cama", y más por el romance, la compañía, la conversación. "A mí me gusta mucho que me vengan a buscar a casa, ir a dar un paseo, tomar algo. Estuve tres años con un señor, pero dejamos de vernos porque a sus hijas les parecía mal que tuviese una amiga, y yo no quería meterme en medio. Ahora sólo nos vemos de vez en cuando", confiesa.

Gisela le replica, instándola a ser más descarada con esas cosas, y las dos se enzarzan en una conversación a media voz, un poco al margen de nosotros, mientras toman sus copas.

Con respecto a las vergüenzas y los pudores ante el paso del tiempo sobre los cuerpos, Samuel se lo piensa un momento, pero finalmente sentencia, con cierta gravedad: "No sabes cuánto tiempo te queda, así que más vale que no te andes con remilgos a la hora de dar la mano o un beso.

A mi amigo había una que le gustaba, y ahora ella está en el hospital con un trombo en una pierna. Él va a verla, pero la ve que ya no está para muchos trotes. Por eso hay que aprovechar".

Impresionada, miro a la pista de baile pensando que quizás estoy asistiendo a una especie de baile de fin del mundo, una ceremonia en un búnker nuclear en el que todos saben que van a ir muriendo en los próximos años sin excepción. Pero no se huele la desesperación, ni la prisa.

"Al mismo tiempo, estás más relajado, porque, como siempre digo yo, nada es tan importante", dice Samuel. Recuerdo haber pronunciado esa frase para mí misma hace poco, pero no habérmela creído ni yo, agobiada por lo crucial que me parecía todo en ese momento.

Mientras tomo notas en la barra, dos señoras se acercan a hablar con Samuel. Presto atención. Las luces de discoteca iluminan sus rostros de rosa, de azul, y de nuevo de rosa. Tengo la sensación de estar viviendo un momento privilegiado: la versión madura del "a mi amiga le molas" o "mi amiga quiere rollo".

Una de ellas habla, mientras la otra se ríe a carcajadas, sintiendo o quizás fingiendo vergüenza. Finalmente, Samuel sonríe, le hace una leve reverencia y me pide que le disculpe, que sale a bailar. Suena un pasodoble que no conozco. Samuel y su pareja de baile, una señora con traje de chaqueta naranja y cardado moldeado, se arrancan a bailar con buen ritmo, acompasados, mirándose a los ojos sin pudor.

Hay en sus miradas una entrega, unas ganas de que todo salga bien, que me desmontan. Termina un pasodoble, y empieza otro, y Samuel y la señora del cardado siguen bailando como si fuese el mismo, un poco desacompasados ya, sin dejar de mirarse a los ojos.

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