ESTOS SON LOS MOTIVOS PARA NO TENER HIJOS

ESTOS SON LOS MOTIVOS PARA NO TENER HIJOS

Pregunté a varias mujeres por qué no quieren ser madres (y estas son sus razones)

En los últimos tiempos saltaron a la palestra las madres arrepentidas, con su correspondiente manada de perros feroces detractores y su manada de perros feroces conciliadores. A su lado, provocando mucho menos escándalo, pero suscitando comentarios de arroces que se iban a pasar y aguantando gestos de madres decepcionadas por los siglos de los siglos, llevaban mucho tiempo las que no querían ni siquiera tener que arrepentirse.

La decisión de ser o no madre
La decisión de ser o no madre | Getty Images

Fueron, en tiempos de infancia, las tías divertidas, siempre jóvenes, las amigas de los padres que hacían lo que les daba la gana. Pero la sociedad les endosaba la letra escarlata de mujeres fallidas, incompletas.

Ahora son casi una raza, mujeres en edad reproductiva que ya tienen claro que no quieren tener descendencia, o al menos descendencia que provenga de sus cuerpos. Ya no se evade el tema, ni se sume en un agujero de misterio.

Si se formula la pregunta, se escuchan negativas claras, frases rotundas y seguras que afirman no desear procrear: "Supe que no quería ser madre bastante pronto, cuando era adolescente. Mi madre me lo lleva echando en cara unos 30 años, pero ya estoy acostumbrada. Ahora, espero tranquilamente a la menopausia".

"Lo he sabido desde siempre. Me encanta jugar con los niños, hacer manualidades con ellos, contarles historias y me pongo fácilmente en su lugar, pero cuidar de niños todo el tiempo nunca me ha interesado. Es más, creo que lo haría fatal. Mi mayor preocupación al respecto era: ¿y si tengo un niño y me cae mal?".

"Tener hijos me parece absurdo, estando las cosas como están. Me caen bien algunos niños de mi entorno, me hace gracia jugar con ellos, pero eso no significa que tener hijos me deje de parecer una cosa extrañísima. Veo mucha proyección, mucho deseo egoísta en la maternidad".

"La gente que tiene hijos me despierta interrogantes. No sé si los tienen por vanidad, por estatus, por prolongar una vida que, por mucho que quieran, no será la suya...".

"No quiero tener hijos porque ya bastantes responsabilidades tengo".

"¿Tener hijos viviendo en una ciudad, trabajando 8 horas diarias, con una hora para ir y otra para volver? ¿Para que me los críen otras personas?"

"Tener hijos me parece un capricho que en estos tiempos no tiene ningún sentido".

"No quiero tener hijos porque me gusta salir, traerme a gente a casa... Los niños no van con mi estilo de vida".

"No quiero tener hijos porque no creo en la pareja, y tampoco creo en criar a un hijo sola".

"No quiero tener hijos porque quiero viajar, quiero salir, quiero vivir cosas que no son compatibles con un niño".

Testimonios de jóvenes y mujeres maduras

Son todas estas palabras de varias mujeres de 15 a 60 años, que estaban seguras de no querer hijos o satisfechas de no haberlos tenido. Algunas de estas confesiones podrán espantar un poco, resultar excesivamente duras, sobre todo, quizás, desde la mirada de alguien entregado a la crianza o deseoso de hacerlo en algún momento. Sin embargo, en muchos entornos sociales, estas declaraciones no resultarían tan duras si proviniesen de la boca de un hombre.

¿Y los hombres?

No ha salido ningún libro de hombres que se arrepientan de haber sido padres, ningún hombre se reconoce agobiado por la presión social a la que es sometido para ser padre, y pocos afirman con seguridad que no quieran tener hijos. Lo cual demuestra que los hijos siguen siendo una cosa que sucede, sobre todo, en los cuerpos y las vidas de las mujeres.

Hace unos años leí, encantada a la vez que espantada, 'Manu', de Manuel Jabois, esa crónica ida de madre, ficcionada y cosida con puntadas descuidadas de un hilo finísimo, de espera de la paternidad y explosión de la misma. Al tiempo, escuché la siguiente conversación entre dos hombres jóvenes, quizás también periodistas, en la mesa de un bar:

- ¿Jabois se ha venido a Madrid?

- Sí, le ha salido nosequé aquí y se ha venido.

Una tercera persona preguntó algo. Era una mujer, también joven, amiga de los dos primeros, que avanzaba hacia ellos con tres cañas.

- ¿Y el hijo? ¿No había tenido un hijo?

Los hombres la miraron un poco sorprendidos, como si aquello no viniese a cuento.

- Pues el hijo y la mujer se quedarán en Galicia.

Había algo de suficiencia en aquella respuesta, un "pero qué te creías". Me dio un quebranto por dentro. Es una auténtica gilipollez poner en la misma caja a Jabois y a Sylvia Plath, pero en mi cerebro hago lo que me da la gana, así que ahí los metí.

Ella, arrodillada a los pies de una higuera imaginaria, sabiendo que no podría acaparar el fruto de la carrera profesional y el del matrimonio y los hijos, y finalmente con su cabeza metida en el horno; él, escribiendo un libro que, sin desmerecer por ello su calidad y su magnífico humor, ahora sentía yo como la biblia del cachorro eterno, el padre irresponsable al que un hijo le cae sin planteárselo, sin que todos sus cimientos sean golpeados por la bola de metal de la paternidad. De hecho, él mismo se reboza encantado y plenamente consciente -pues será poco listo el tío- en esa agradecida boñiga desde el principio al final del libro.

Y es por eso que hablamos de las que no quieren ser madres, de las que se arrepienten de ello, y las señalamos con el dedo, y son juzgadas, interrogadas, presionadas sin cesar, y se escriben libros sobre ellas y después se las vuelve a juzgar y a rejuzgar. Mientras tanto, ellos marchan por el mundo relativamente aliviados. Algunas veces, así un poco como de refilón, les cae un bebé en los brazos.

Y, una vez puestos ahí, pueden elegir entregarse en cuerpo y alma a la tarea o no hacerlo. La primera trae aplausos, admiración, como si para el hombre ser buen padre fuese una proeza mayor que para la madre; la segunda, risas, chanzas, palmaditas. A un padre que abandone a sus hijos se le mirará mal, pero una madre que haga lo mismo será una desnaturalizada, un monstruo.

"Este fin de semana me toca estar de canguro, que no estará mi mujer", me dijo el otro día un amigo cercano. De nuevo ese quebranto interno y esa comprensible pereza a meterme en un berenjenal en el que yo sea los padres y el hombre que tenga a mi lado una canguro fabulosa y gratuita a la que hay que felicitar por su buena disposición.

De nuevo esa imagen terrible viniendo a la mente: Sylvia Plath metiendo la cabeza en el horno, angustiada y deprimida por ser madre y no poder conciliarlo con la escritura, mientras Ted Hughes, su marido, triunfaba y hacía básicamente lo que le daba la gana. Con una amiga que escribe y es madre, algunas veces bromeamos, en momentos de agobio, con el "hacer un Sylvia Plath", entendiéndolo como un "no puedo más, no puedo conciliar, meto la cabeza en el horno".

Quizás, y todo ello respetando a toda aquella que desee ser madre, sea necesario que las mujeres nos entreguemos, en lugar de a ese sufrido "hacer un Sylvia Plath", a "hacer un Ted Hughes", es decir, a hacer lo que nos dé la real gana. Sin presiones, sin arroces que se pasan, sin tener que explicar nada. Y sin anuncios de Clearblue.

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