EL DEBATE SE CONVIERTE EN GRESCA

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¿Por qué se pelean tanto las feministas en Twitter?

La rivalidad, la agresividad y la frivolidad se ha instalado en el feminismo de las redes sociales. El boicot, el 'haterismo' y los linchamientos digitales justificados en una “buena causa” plantean si se trata de una cuestión generacional o un hecho inevitable en los debates feministas.

¿Es Twitter el nuevo ring del feminismo?
¿Es Twitter el nuevo ring del feminismo? | Getty Images

Es obvio que las discusiones en el movimiento feminista no son nuevas. Existen mesas redondas, simposios o espacios colectivos donde se exponen e intercambian distintos puntos de vista sobre temas que “tocan” el género, la desigualdad o la violencia contra las mujeres.

Premia un traspaso de ideas desde el respeto (o al menos, eso se procura) y se alcanzan, a menudo, pactos de mínimos. En el mejor de los casos, la diferencia da lugar a nuevas preguntas, a nuevos retos… Sin embargo, de un tiempo a esta parte, internet nos ofrece otra lógica. Y por supuesto, no vamos ganando nosotras.

El clickbait: guantazo a golpe de like

Empieza hasta a aburrir. Un medio de comunicación elige como titular las declaraciones sobre feminismo de una famosa. La presentan como tonta o desinformada. Lo hemos visto con Paula Echevarría, Cristina Pedroche o más recientemente con Blanca Suárez.

Salvo excepciones, nadie lee completamente la entrevista y descubre, o bien algunos matices o que el titular puede haber sido manipulado… Ante esto, pocas han sido las mujeres que han reflexionado sobre por qué algunas celebrity les cuesta identificarse tanto con el feminismo cuando su trayectoria es valorada más por su físico que por su profesionalidad y talento.

Lo que se hace, por el contrario, es someterlas al escarnio público, ridiculizarlas y darles “lecciones” a modo de Señorita Rottenmeier. La crítica sin fundamento persigue el “like” o la viralidad de un “zasca”. Además, genera una fuerte sensación de satisfacción: “mira, yo no soy como ellas, yo soy más lista, mucho más y lo he demostrado en 140 caracteres…”

La política de la pureza y el carnet feminista

Pretender que las mujeres encarnen un estilo de vida feminista perfecto es asfixiante e imposible. En un momento en el que es necesario reivindicar el feminismo y su diálogo con otros movimientos sociales, parecemos más preocupadas por señalar lo inadecuado que nos parece el feminismo de las otras o de imponer un decálogo sobre lo que “debe ser” el “verdadero feminismo”.

Vale, sí. Hay feministas que tararean los hits de Maluma, se han operado las tetas o poseen privilegios sociales. No obstante, antes de juzgar, debemos analizar las condiciones de las personas y conocer de qué forma enfrentan sus inseguridades y neutralizan sus privilegios.

Fijémonos en Beyoncé, Patricia Aquette, Lena Dunham, Viola Davis o Emma Watson. Todas ellas poseen un privilegio económico o de clase, pero usan su visibilidad en medios de comunicación para denunciar la brecha salarial, la violencia machista o la discriminación de las mujeres en la industria cinematográfica.

Desmerecerlas es un terrible error. La lucha contra el machismo no se hace mientras continuamos expectantes a que las mujeres se avergüencen o se disculpen por practicar lo que, bajo nuestro punto de vista, es un feminismo “erróneo”.

Etiquetas y rumorología: todo un clásico en las peleas entre mujeres

Proporcionar una opinión distinta a la dominante en el movimiento feminista se ha convertido en motivo de persecución y control. Este hostigamiento se alimenta, por un lado, de etiquetas (alienada, liberal, falsa feminista, agresora) y por otro, de la cultura del rumor.

Las habladurías encuentran su fuerza en las tensiones sociales, el miedo o el odio. Según analiza Hans-Joachim Neubauer (Neuss, Alemania, 1960) en 'Fama: Una historia del rumor', aunque no tienen por qué ser ciertas, pueden influir más en el comportamiento y opiniones de las personas que aquellas informaciones que son contrastadas.

En el terreno feminista somos testigos de esto especialmente cuando se trata de temas polémicos como, por ejemplo, la sexualidad. Hace unas semanas, la diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid y presidenta de la Comisión de la Mujer, era objeto de la rumorología al reflexionar sobre las fantasías sexuales de sumisión y violencia que tienen muchas mujeres.

El rumor emana para crear un estigma sobre quien manifiesta o plantea, aun siendo feminista, un pensamiento disidente. Se desinforma para excluir y demonizar. La consecuencia de todo esto es la proliferación de un clima censor y represivo, de convertirnos en sujetos de vigilancia las unas sobre las otras.

Quizá algunas de nosotras tengamos ideas que no siempre concuerden con el feminismo hegemónico o dominante, pero eso no le otorga a nadie la potestad de negar que somos feministas.

Ser feminista y poder expresarlo en un mundo que te prefiere sumisa, asustada y cobarde, es sumamente liberador. No somos perfectas, somos reales y por tanto, humanas. No tenemos respuestas para todo u opiniones formadas para hacer frente a ciertos temas.

Podemos equivocarnos, dejarnos arrastrar por ciertos grupos de presión y acabar haciendo daño a otra mujer. Pero también tenemos la capacidad de disculparnos, reparar ese daño y colocar la política de cuidados y el buen trato en el centro de nuestra reivindicación feminista.

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