RESULTADOS SORPRENDENTES

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¿Sabes el nombre de tus vecinos?: La Escalera, el proyecto colaborativo que hace comunidad

"Lo que más miedo da es la gente que muere sola, y se los encuentran ahí muertos a los días". Esa frase, pronunciada en una reunión hace ya más de dos años por Charo, una integrante de un grupo de investigación en el ámbito de los cuidados de Medialab, fue lo que dibujó en la mente de Rosa Jiménez los primeros peldaños de lo que más tarde se convertiría en el proyecto de La Escalera.

La Escalera
La Escalera | Agencias

Sevillana de nacimiento, Rosa se crió en un edificio colaborativo por necesidad, de forma natural, por la vida, que es así. Merendaba a diario en casa de dos vecinas que, al hacerse mayores, fueron cuidadas, a su vez, por vecinos del edificio.

Técnica sociosanitaria, auxiliar de enfermería, acompañante terapéutica en salud mental y especializada en asistencia personal a la diversidad funcional, Rosa tiene una especie de máster vital en cuidados, una vocación natural a intentar ver, como reza la frase que mejor define La Escalera, "la vida como problema común". Ella entra en escena en la segunda parte de esa frase que condensa el sentido del proyecto: "¿Lo resolvemos en comunidad?".

La Escalera es una iniciativa que, por medio de un kit con carteles y pegatinas imprimibles para colocar en el portal y en el buzón, insta a los vecinos a presentar al resto de la comunidad sus ofrecimientos, que pueden ir desde los más clásicos darle de comer al gato o regar las plantas a compartir wifi, pasando por casos de rotundo éxito en esta propuesta colaborativa, como el de una comunidad de vecinos de Lavapiés en la que cada vecino sólo cocina un día a la semana para el resto de la comunidad.

Lo que en un principio se trata de un proyecto cuasiutópico, que podría verse bañado en florecitas y estrellas, como una especie de sueño imposible, es en realidad una potente reflexión sobre la vida en comunidad, con la dureza y la verdad que ello trae.

La soledad de las ciudades, la cerrazón de la familia nuclear, los vecinos que viven puerta con puerta durante años, pero fingen casi no saber que el otro existe por una especie de pudor, de evitar complicaciones, de mantenerse sumidos en el individualismo al que cada vez nos vemos más abocados como sociedad, salen a relucir en cuanto uno medita sobre su propia escalera de vecinos.

Notas en el portal que proponen el abrillantamiento de los suelos de las zonas comunes, pero que ignoran las peleas a gritos que suceden a diario al otro lado del tabique, son un claro ejemplo del desamparo al que parece que nos hemos agarrado por propia voluntad.

¿Qué temas entran y no entran en una reunión de vecinos? ¿Se comenta en sus quedadas de comunidad algo acerca de esa señora tan mayor que vive sola en el quinto y que tiene problemas para bajar las escaleras? ¿Dónde termina la vida de un vecino y empieza la del otro en un edificio en el que, por su estrechez y su ligereza de tabiques, casi podríamos llamarnos compañeros de piso, en lugar de estrictamente vecinos?

La Escalera, incluso en los casos en los que no triunfa por todo lo alto como propuesta, establece un clima distinto, en el que la gente, al menos, sabe que los demás están ahí, que alguien ha tenido la deferencia de ofrecer unos servicios, aunque estos no sean solicitados, aunque estos no se precisen. El éxito o no éxito de La Escalera no es cuantificable, porque a veces los cuidados son algo que no se ve. ¿Quién sabe si, en el piso de abajo, el vecino anciano que vive solo se siente más seguro sabiendo simplemente por una pegatina pegada en el portal, que en caso de necesidad, puede contar con la familia que vive arriba?

Aunque aún queda mucho camino, los resultados de La Escalera son sorprendentes: más de 30 comunidades de vecinos se han apuntado. Aunque los datos de participación dejan algunos flecos sueltos, puntos a observar cuidadosamente: El perfil de la vecina media que comienza la iniciativa es, para empezar, mujer.

Aunque también hay hombres implicados en algunas de estas propuestas vecinales, las mujeres siguen brillando -o más bien dándose por hecho- como proveedoras de cuidados. Esta vecina media que inicia la propuesta es española, blanca, treintañera. Las comunidades implicadas están sobre todo en las zonas de Centro y Arganzuela. A pesar de que todo avance hacia delante es positivo en este sentido, es cierto que se echa en falta una mayor diversidad de participación, un salirse de los esquemas que ya esperamos.

 

Si crees que tu comunidad de vecinos puede beneficiarse de este empezar a caminar hacia una comunidad que sea más eso, una comunidad en el amplio sentido de la palabra, descarga el kit, ofrece lo que puedas ofrecer, solicita lo que quieras. Quizás las cosas cambien, quizás todo siga casi igual. pero es posible que el silencio en el ascensor con la vecina del quinto tome cierta blandura, y, finalmente, aunque no se rompa, deje de ser tan incómodo.

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