TODO EMPEZÓ EN LAS REDES SOCIALES

TODO EMPEZÓ EN LAS REDES SOCIALES

Tomé algo con mis antiguos compañeros del cole y 20 años después siguieron haciéndome bullying

La posibilidad de reencontrarte con la gente del colegio da perezón. El mayor referente que tenemos es el de las películas americanas, cuando se hacen esas fiestas de promoción extravagantes en el salón de actos del instituto y el abusón descubre que el pringao de antaño ahora tiene abdominales de tableta mientras él lleva peluquín y aún vive con sus padres. Por suerte, en España ni nos planteábamos nada de esto.

Mónica, sorprendida por la reacción de sus amigos con su nuevo novio Alan
Mónica, sorprendida por la reacción de sus amigos con su nuevo novio Alan | Mónica, sorprendida por la reacción de sus amigos con su nuevo novio Alan

Pero las redes sociales han abierto la caja de Pandora. Si durante 20 años no te has cruzado con nadie de tu colegio puede que el destino estuviera haciendo bien su trabajo. Usar Facebook para reencontrar a la gente que formó parte de tu vida hace dos décadas podría ser tan divertido como meter la mano en una segadora. Piénsatelo bien.

Conozco a Ernesto desde hace varios años. Tiene casi mi edad, y siempre le he considerado un tipo serio e inteligente. Es arquitecto, y le va bien en su trabajo. Desde fuera cualquiera diría que ha conseguido una vida muy apacible y estable: le va bien con su pareja, tienen un hijo, y a simple vista su nivel de vida incluso podría dar envidia (tiene pasta y la disfruta). Hasta que llegó el día: quedó a tomar algo con sus compañeros del colegio, a los que no veía desde 1992.

“No guardo recuerdos positivos del colegio. Siempre estuve aislado, nadie me hacía ni caso y solía recibir burlas y bromas muy pesadas. Nunca logré entender porque me trataban así, yo sólo pretendía pasar desapercibido, ni era gordo ni flaco, ni listo ni tonto... debería haber sido uno más”, explica para ponerme en antecedentes.

¿Por qué un adulto cuerdo pretende retomar la amistad de gente que no fue su amiga jamás?

“Empecé buscándolos en Facebook porque me daba morbo ver sus vidas. Todos nos criamos en un barrio obrero, pero a mi me ha ido muy bien, he prosperado. Cuando me sumergí en Facebook buscándolos descubrí que una es peluquera, otro taxista… joder, ¡pues yo soy arquitecto! Eso me alegró, lo reconozco. Creo que les busqué porque en el fondo quería demostrar que he llegado más lejos que ellos”, reconoce.

Yo soy un testigo privilegiado: he visto los perfiles de esa gente. Supongo que si uno supiera en quien se va a convertir de adulto tal vez se tomaría la vida con más humildad, o más en serio.

Raúl era el guaperas de la clase, un tipo gracioso que con 10 años tuvo la sugerente idea de introducir su propia mierda en el bolsillo del abrigo de Ernesto (una broma muy “americana”). Con eso, Raúl demostró que en la vida real ser guaperas no está reñido con ser un guarro. Si sabes esto, y ves el perfil del Raúl actual en Facebook lo flipas. Quien pueda permitirse ser catalogado de guaperas que de un paso adelante. ¡No tan rápido Raúl!

“Raúl me pidió amistad en Facebook y empezó a darle me gusta a todo lo que yo publicaba. Reconozco que durante unas semanas me esforcé en poner fotos especialmente positivas de mí y de mi familia. Me sentí en paz con la época del cole sabiendo que gente como él podrían ver en quien me he convertido: que ahora me va muy bien. Esa era mi venganza”, cuenta Ernesto. Pero un día una de las compañeras del colegio de Ernesto propuso quedar a tomar unas cervezas, todos, en persona.

“A raíz de las cañas, se abrió un grupo de WhatsApp, dónde estábamos los 16 de Facebook más otros cuatro que no tenían redes. Cuando empecé a recibir mensajes por ahí me di cuenta de la pesadilla en la que me estaba sumergiendo. Mensajes “cuñadiles”, de crecimiento personal barato, sexistas, y unas faltas de ortografía denunciables ante la Corte Penal Internacional. Pero precisamente todo eso me reafirmaba en que ir a las cañas tenía sentido: ahora sí había una razón para considerarme diferente, y quería dejarlo muy claro”, dice Ernesto.

En el grupo de WhatsApp se propuso que cada cual llevara a su pareja, e incluso a sus hijos. Ese fue el principal escollo para Ernesto, su chica se negó completamente. “¿Si te trataron mal, por qué quieres volver a verles?, me preguntaba ella, y yo trataba de explicarle: para que vean que me va muy bien y que yo no era el tonto que ellos creían”.

Si esto fuera una peli americana (de las que hablaba antes), la pareja de Ernesto le habría acompañado en el último momento, pero no fue así. También, en una película él habría convencido a una amiga (despampanante) para fingir ser su pareja, pero eso tampoco ocurrió, simplemente fue solo.

“Desde que entré en ese bar me convertí en el niño de 10 años que fui. Volví a vivir sensaciones que creía olvidadas, me sentí escrutado y ninguneado aunque ninguno de ellos me estuviera mirando ni pretendiera meterse conmigo. Me costaba hasta andar y respirar, me entró un pequeño ataque de ansiedad”, reconoce Ernesto.

“Lo primero que descubrí cuando empecé a hablar con ellos es que son buena gente, gente normal. Y lo segundo: que todos han seguido viéndose estos años, no todos a la vez, pero sí repartidos en grupitos, así que el único que llega totalmente de nuevas soy yo”, eso molestó a Ernesto, que notó que precisamente el único al que nadie había echado de menos estos años era a él.

“Fui incapaz de meter baza en casi ninguna conversación, me sentía completamente fuera de lugar y sin la confianza suficiente para aportar algo a sus conversaciones. Todos reían, bromeaban, y yo estaba completamente en blanco y con unas ganas atroces de volver a mi casa”. Realmente, todos fueron amables, pero Ernesto parecía estar un poco fuera de órbita cuando era niño, ahora más.

Lo más duro durante las cuatro horas que duraron las cañas fue no ser capaz de meter baza en las conversaciones. Ernesto estuvo tan fuera de lugar que se mitió a sonreír y asentir, pero apenas pudo comentar o aportar algo a las conversaciones que tenía delante. “Me sentía impotente, porque pasaba el tiempo y el que estaba quedando como un tonto volvía a ser yo”.

Mónica ahora va en silla de ruedas, es una mujer gruesa y con un carácter cortante.

“Creo que fue la primera chica de la que me enamoré, todos estábamos por ella, y me chocó mucho verla en silla de ruedas: la tia es una luchadora. Buscó hablar conmigo más en intimidad, y me explicó que se quedó embarazada con 22 años, que tuvo un accidente, que su pareja les abandonó y que ahora trabaja como limpiadora. Mónica fue la única de aquellas cañas que hizo por hablar conmigo y me preguntó por cómo me ha ido estos años, y yo no le dije nada de lo que tenía preparado, sólo respondí: como vosotros, sobreviviendo”.

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