TRABAJOS INFAMES, CAPÍTULO PRIMERO

TRABAJOS INFAMES, CAPÍTULO PRIMERO

Trabajé contando refrescos de cola por los burdeles de Madrid

Todo español que se precie, por mucho que acabe siendo cualquier cosa en la vida, ha de haber trabajado de joven en empleos insólitos. Trabajos de mierda con los que poder sacar un dinero para hacer el interraril, pagarte la entrada a tu festival favorito o simplemente fundírtelo en borracheras en las fiestas de tu pueblo. Eres un mozalbete, pero te toca partirte el lomo para pagarte los vicios que tus padres no están dispuestos a subvencionar. Y hacen bien.

Habitaciones de un burdel
Habitaciones de un burdel | Getty Images

Hace años, cuando aún ni siquiera soñaba con ganarme la vida escribiendo disparates como éste que estás leyendo, rastreaba las páginas del Segunda Mano -entonces ni siquiera tenía web- en busca de los empleos más variopintos: repartir propaganda por los buzones del barrio, servir copas en antros de mala muerte o invadir la intimidad de los hogares como operador a base de llamadas a horas intempestivas. Cualquier cosa me valía.

Por aquel entonces, la mejor manera de encontrar curro, aunque fuera miserablemente pagado, eran las Empresas de Trabajo Temporal o ETTs. Un invento del que sacó mucho pecho el gobierno de Aznar y que consistía básicamente en que un intermediario te buscaba un trabajo por semanas, días e incluso unas pocas horas a cambio de quedarse con una sustancial parte de tu sueldo. ¿Injusto? Bienvenido al mundo laboral, pequeño Padawan.

Desde el momento en que me apunté a una de esas empresas, en mi barrio me empezaron a llover trabajos. Dije sí prácticamente a todos, pero sólo me llamaron de uno: “se busca persona con carné de conducir para hacer encuestas en una importante empresa distribuidora de bebidas”.

El trabajo era de un sólo día, no pedían más requisitos que ese y yo acababa de sacarme el carné. No podía ser mejor. Una semana después, y henchido de esa irrepetible sensación de falsa independencia que se siente al moverte sólo en coche por primera vez, conducía por la carretera de Barcelona en dirección a mi nuevo empleo.

"Ah, ¿así que tú eres el que va a acompañar al comercial en la ronda?”, me preguntó un señor al borde de la jubilación nada más llegar a la nave que albergaba la empresa, ubicada en un polígono en la localidad de Alcalá de Henares. "Creo que sí", respondí sin saber realmente a qué se refería. "Pues espera aquí, que ahora viene”.

El comercial en cuestión era un tipo de unos treintaitantos de lo más entrañable. Alguien capaz de liar porros mientras conducía a toda velocidad por la autopista, sujetando el volante con las rodillas y sin parar de hablar en ningún momento.

"El secreto es hacértelos rápido. Incluso me los sé rular con una sola mano", me explicó con orgullo. Cada poco rato me daba una cantidad absurda de hachís, de la que se hubieran podido sacar ocho o diez porros, y me decía: "toma, hazte tú otro".

El trabajo era algo más que hacerse porros en una furgoneta, pero no mucho más complicado. Mi labor consistía en acompañarle portando una hoja de papel en la que contar las existencias de refrescos en cada uno de los locales. "La mayoría son putis", me informó.

"Tú sólo tienes rellenar estas hojas con el número de cajas de bebida que nos diga el dueño que tiene y el nombre del local. Ah, y si tienen elementos decorativos con el nombre de la marca, ponlo también". Parecía fácil.

El paraíso del putero

España es el país europeo con mayor demanda de prostitución. Y, por ende, uno de los lugares del mundo con más puteros por metro cuadrado.

Según un estudio realizado por la Universidad Pontificia de Comillas, encargado el pasado 2016 por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, un 20% de los varones patrios reconocen haber pagado por sexo recientemente.

Dado que lo habitual es ocultar una práctica como esa, los responsables del estudio dedujeron que la cifra es, en realidad, mucho más elevada.

Factory, Pigmalión, Cleopatra, Evenonce... Lo cierto es que nunca me había fijado en la cantidad de burdeles que hay en los escasos 30 kilómetros que separan Alcalá de Henares del centro de la capital.

Algunos destilan decadencia, y en sus oscuras estancias sólo se llegan a intuir los rostros de mujeres llegadas de países lejanos con terribles historias de explotación y maltrato a sus espaldas. Otros pretenden transmitir imagen de glamour y lujo, aunque resultan igualmente sórdidos.

A 50 euros la copa

Con toda probabilidad, son pocos los que han podido pagarse una noche en algunos de los burdeles que yo visité en aquel trabajo.

En lugares tan céntricos como el Paseo de la Castellana o el barrio de Salamanca existen locales a los que las prostitutas llegan con chófer, en coches de alta gama y ataviadas con abrigos de piel. "Esa puta gana más por echar polvo que tú en un año", me señaló mi porrero compañero. Dado lo que me pagaba la ETT, no tenía ninguna duda de ello.

"¿Quieres tomar una copa? Sólo cuesta 50 euros", apuntó mi particular cicerone. A los clientes, encorbatados y sexagenarios empresarios, el precio no parecía importarles lo más mínimo. "A cambio de la copa viene la 'lumi' y les calienta un poco", me explicó.

Lo que sí parecía incomodarles, al menos un poco, era la presencia de un chaval en pantalones cortos con la mayoría de edad recién estrenada y cara de circunstancias. Me sentía como un pulpo en un garaje. Y por alguna razón, el lugar y su clientela me resultaban aún más repugnantes que el peor de los burdeles de carretera.

Ocho horas después, ya de madrugada, la jornada tocó a su fin. El comercial y yo habíamos recorrido dos docenas de locales y había llegado la hora de regresar al polígono, coger el coche y volver a casa. Pero el destino me tenía preparada una última broma: nada más subirme el coche, y apenas recorridos cien metros, me giré para despedirme de él y estampé el coche en una rotonda.

Tuve que pedir ayuda desde un teléfono de emergencia. La reparación del coche (y el disgusto de mi madre) fueron infinitamente más elevados que la cantidad que había ganado en aquel extraño día de trabajo, que sólo sería el primero de muchos otros que me esperaban. Pero eso ya es otra historia.

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