LAS CONTRADICCIONES SOBRE EL SEXO SURGIERON EN MI ADOLESCENCIA

LAS CONTRADICCIONES SOBRE EL SEXO SURGIERON EN MI ADOLESCENCIA

Te voy a contar cómo el feminismo me salvó la vida

Mi primera experiencia sexual fue con quince años. Dejé de jugar con muñecas para empezar a jugar con chicos y para luego aburrirme de estos y buscar otra forma de intimidad, de placer, de diversión… con chicas. Había quien empezaba a fumar porros, quien se enamoraba y quien, con menor fortuna, coqueteaba con la violencia, robaba una moto y acababa una larga temporada en régimen cerrado en un centro de menores. No elegí ninguno de esos caminos.

Feministas en una manifestación
Feministas en una manifestación | Getty Image

Lo mío era un caso extraño: la empollona que follaba más, en frecuencia, calidad y variedad, que el típico guaperas chulito de clase. O dicho con más crudeza, en el instituto yo era la puta que sacaba buenas notas y tenía que lidiar con el triple estigma: ser mujer, inteligente y dueña de mi sexualidad.

Jamás pude hablar sobre esto con nadie. Las contradicciones que el sexo durante la adolescencia me generaba estaban condenadas a un desconcertante silencio. Contradicciones, señalo, que no aludían a ningún supuesto arrepentimiento por tener una vida sexual sino al hecho de que se me juzgara por ser mujer y tenerla.

Hoy, once años más tarde, puedo escribir abiertamente sobre mi sexualidad sin sentirme sucia, enferma o llena de culpa. Puedo, además, investigar varios temas que me interesan sobre la misma sin creer que estoy enferma, que mi tesis no interesa o que un tío va a poder hacerlo siempre mejor que yo por ser un tío.

He roto con muchos prejuicios sociales y los juicios de valor sobre aquello que hago o no hago con mi cuerpo solo reflejan la ignorancia, doble moral e hipocresía del interlocutor o interlocutora de turno.

Cuando en los primeros años de universidad empecé a coquetear con el feminismo, no imaginaba de qué manera iba a salvarme la vida. Primero, me dotó de herramientas propias de las ciencias sociales y la filosofía postmoderna para entender el género y en consonancia, las vicisitudes de la feminidad en un contexto desigual y patriarcal. Me inspiró para ser rebelde, lúcida, crítica y nunca más una sumisa abnegada.

Lo histórico fue el gancho para luego cuestionar mi yo más íntimo, la construcción de mi identidad, los miedos de mi historia personal o las convenciones sociales sobre el amor o la familia. Paulatinamente, me reconcilió con mi cuerpo y mi sexualidad para hacer de mí una mujer más fuerte.

Por ello, cuando rememoro esto, no puedo evitar sentirme violentada cuando cierto grupo del movimiento feminista se empeña en presentar la sexualidad continuamente como sospechosa y culpable.

Llevo luchando contra semejante imaginario desde mi primera experiencia sexual, ¿acaso la libertad sexual incomoda a cierto grupo feminista? ¿Solamente podemos aspirar a cierto nivel de libertad sexual? ¿Hablamos del derecho a decidir en exclusiva para el aborto y no podemos ampliar el mismo ante temas como el trabajo sexual o la gestación subrogada?

Desgraciadamente, se ha vuelto a popularizar el malogrado discurso que acusa al material pornográfico de ser una muestra de la violencia de género, que victimiza a las trabajadoras sexuales o las criminaliza (tildándolas de proxenetas o cómplices del proxenetismo), que confunde continuamente prostitución voluntaria con trata de personas con fines de explotación sexual, que tilda de cosificación al twerking, que juzga toda imagen erótica femenina como un ejercicio paranoico de cosificación (y no de libertad o expresión artística) o que culpabiliza (sin estadística alguna) al porno de un supuesto incremento de las agresiones sexuales en la juventud.

Valga un breve recordatorio. Los violadores y los maltratadores existen antes que el porno, que las minifaldas y la exposición de imágenes eróticas sobre BDSM en redes sociales, ¿ok?

La postura neopuritana que revolotea en el movimiento feminista tiene la fuerza de un eslogan, se sirve del poder de la titulitis y se vale de la torpeza del público para rastrear la veracidad que pueda entrañar una opinión.

Posiblemente, en esas actitudes haya una mezcla de frustración, desinformación, pánico moral y mala baba. Ante esto, hoy, urgen réplicas de aquellas heroínas que posibilitaron la libertad sexual y que fueron capaces de esbozar algo tan básico como que las mujeres tenemos derecho a vestirnos y desvestirnos cómo queremos y a no dar explicaciones sobre ello, incluso allí y cuando lo hacemos a cambio de dinero.

Castrar, reprimir y avergonzar a las mujeres a través de la sexualidad, presentando aquella que no es normativa, como peligrosa o culpable, jamás debería formar parte de ningún itinerario feminista. Porque no.

Eso no es feminismo sino una vuelta a valores misóginos y puritanos que pretenden controlar y vigilar la sexualidad y el placer de las mujeres. A mí el feminismo me salvó la vida y no quiero que el pánico moral reprima las libertades y derechos que tengo sobre mi cuerpo.

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