CRÍTICA (¿CRÍTICA?) DE LA PELÍCULA

CRÍTICA (¿CRÍTICA?) DE LA PELÍCULA

Animales nocturnos o la mierda de diseño

Tras su aplaudida ópera prima, Un hombre solo, Tom Ford vuelve a la gran pantalla con Animales nocturnos, adaptación de la novela Tres noches, del estadounidense Austin Wright. Susan Morrow es una galerista rica e infeliz que un día recibe el manuscrito de Edward (Jake Gyllenhaall), su primer marido, una novela violenta con tintes de auto ficción sobre la historia de amor que mantuvieron.

Animales nocturnos es la nueva película de Tom Ford,
Animales nocturnos es la nueva película de Tom Ford, | D.R.

AVISO: SPOILERS

La pobre niña rica a la que Amy Adams da toda la vida que el personaje le permite (que es bastante poca) decide cambiar al bueno de Edward, un escritor fracasado del que está enamorada, por el guapo y adinerado Walker, con el que no comparte más vínculo que el de ser un soberano aburrimiento pero que le asegura unas condiciones materiales más estables. Casi veinte años más tarde, Susan recibe el manuscrito que irá leyendo a lo largo de la película, sobresaltándose en las partes más violentas (¿en serio hay alguien que se sobresalte leyendo?) y agudizando un insomnio que la tortura.

El protagonista de la novela de Edward, Tony Hastlings, (también interpretado por Gyllenhaal) es atacado por una pandilla de hooligans mientras conduce de noche por una carretera tejana que ya vaticina un desenlace implacable. Lo acompañan su mujer y su hija, a las que los hooligans secuestran, violan y asesinan brutalmente. Bobby Andes (Michael Shannon), un agente de policía al que le queda un año de vida, se encarga del caso y ayuda al pobre Tony a vengarse de los asesinos de su familia.

Volviendo a la vida de Susan, nos enteramos mediante flashbacks de que esperaba un hijo de Edward cuando lo dejó por Walker y que decidió abortar. La galerista lee la novela con el corazón en un puño y recuerda con nostalgia los días en los que era feliz al lado de Edward. Cuando, sobrecogida, termina de leer el manuscrito, concierta una cita con su amor perdido, que la hace esperar en un restaurante al que nunca aparece.

El relato de la vida de Susan Morrow se mezcla con el de la novela en un majestuoso ejercicio estético que mantiene al público en vilo. Y es que ahí es donde reside el talento de Ford: sabe mejor que nadie cómo envolver un guión pobre y unos personajes de dudosa credibilidad en un envase brillante y lujoso. Como hace con sus perfumes de 300 euros embotellados en plástico pero al revés.

El que fuera director creativo de Gucci presenta a Susan Morrow como su alter ego, como si la elección de una mujer para el papel protagonista fuera una coincidencia y no interfiriese en absoluto en el desarrollo de la trama; como si Susan Morrow no fuese un nuevo remix de uno de los arquetipos más reproducidos en el cine, el de la puta, como si el mensaje de su película no fuera de una moralidad reprobable, como si el tufo misógino se pudiese disimular con un envase de diseño.

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