EL DNI ES LO ÚNICO QUE TE HACE FALTA PARA DISPARAR UN ARMA

EL DNI ES LO ÚNICO QUE TE HACE FALTA PARA DISPARAR UN ARMA

Así fue mi experiencia en un campo de tiro en Los Ángeles

“Jamás he cogido una pistola ni tengo experiencia disparando”, le dije. “¡Qué importa! Solo asegúrate de poner siempre el seguro y de no apuntar a nadie con ella. Es fácil”, me contestó.

Campo de tiro
Campo de tiro | Agencias

Llevaba viviendo dos meses y medio en Los Ángeles cuando mis amigos americanos se percataron de que aún no me habían llevado a una de las atracciones número 1 en Estados Unidos: los shootings indoor. Cierto es que me había pateado la ciudad de arriba a abajo viendo carteles de “a partir de este punto no se permiten armas’ (sobre todo en estadios, tiendas de lujo y centros comerciales), pero nunca me había percatado de que la tierra de las oportunidades me ofrecía una inigualable; la de emular a Clint Eastwood en ‘Sin perdón’ o sentirme cual Charlton Heston rifle en mano como presidente de la Asociación Nacional del mismo.

“Son centros de tiro donde puedes elegir el arma que más te guste y disparar como en las películas”, me explicaron. En ese momento vino a mi mente la típica escena en la que un agente practica su puntería (furioso por la pérdida de su compañero a manos del malo de turno) disparando a trozos de papel con bustos humanos dibujados en ellos. “Lleva el DNI y también el pasaporte por si acaso, pero no tendrás ningún problema”, me dijeron Tom, Mel y Peter.

Fue un domingo por la tarde (el día del Señor, para más inri) cuando pusimos rumbo a Iron Sight Shooting indoor, ubicado en el condado de Orange County. En España, hubiese acompañado a mis padres a misa, pero en EE.UU me fui a pegar tiros con los colegas. Cuando llegamos, el propio parking del lugar me dio una pista de lo que me encontraría dentro. “Si las armas matan a las personas, los coches hacen que la gente beba”, rezaba una pegatina que lucían con orgullo dos de los cuatro coches que allí se encontraban. “Virgen”, pensé.

Entramos en el shooting y ante mí aparecieron cuatro enormes mesas de cristal (con sus cuatro correspondientes ‘dependientes’, llamémoslos así) repletas de pistolas, rifles, revólveres, miras telescópicas y balas para dar y regalar. “Hola, ¿venís a disparar?”, nos preguntó un chico que por su aspecto hubiera dicho que era un marine. “Sí”, contestamos.

Inmediatamente nos instó a mostrarle nuestra documentación. Aunque le di el pasaporte, me comentó que en estos casos era mejor el DNI. Nunca supe por qué ya que cuando le pregunté me contestó: “Trámites burocráticos”. Tras fotocopiar los documentos, nos dio un Ipad a cada uno y nos instó a que rellenásemos un formulario, lo firmásemos y pulsásemos ‘registrar’.

Cincuenta puntos, ni más ni menos, en los que la empresa te informa de todo lo que va a pasar una vez firmes ese papel electrónico. Vaya, el ‘Términos y condiciones’ que aparece en la mayoría de contratos. Lo único que había que hacer era pulsar en la casilla de al lado para dejar claro que lo habías leído y entendido.

Sin embargo, uno de los apartados me congeló la sangre. “Si está bajo tratamiento psiquiátrico, psicológico, si se encuentra en estado de depresión o tiene intención de herir a alguien no siga rellenando este formulario y abandone el shooting”.

¿En serio? Y lo mejor es que no te piden que digas Sí o No, te piden que cliques para saber que entiendes lo que te han dicho. Vaya, que puedo estar como las maracas de Machín, pulsar que lo he entendido y luego liar allí la de San Quintín. ¿Esa era toda la seguridad que se puede permitir un local que tiene armas por gotelé? Lo que hasta ese momento me había parecido que sería una experiencia divertida se empezó a tornar en mi mente como algo realmente peligroso.

Una vez que cumplimenté el test, me llegó un email a mi correo electrónico confirmando que podía pasar al siguiente nivel. Y aquí, queridos, comienza lo bueno. Finalizado el papeleo (aunque el dinero del Monopoly tiene más valor que eso), el dependiente saca un recipiente azul de plástico con un asa (muy parecido a una caja de herramientas) y te pregunta “¿Qué armas vais a querer disparar?”. Tal cual.

Yo era la primera vez en mi vida que veía armas tan de cerca y menos mal que estaban allí mis amigos (quienes sí tenían experiencia como tiradores) para comenzar la ‘compra’. Tom decidió que cogiésemos una pistola y un rifle y así yo podría ver la diferencia. “Cómo si fuese a apreciarla”, pensé. Lo más curioso del asunto es que el propio dependiente te aconseja sobre los productos estrella. De hecho, tienen ofertas. “Si cogéis esta trece milímetros os dejo 60 balas al precio de 30”. Como comprenderéis, no daba crédito.

Tras elegir uno de los modelos más precisos y novedosos, el dependiente nos preguntó si sabíamos cómo funcionaba. “Todos menos ella”, le informó Mel señalándome. “Jamás he cogido una pistola ni tengo experiencia disparando”, le dije. “¡Qué importa! Solo asegúrate de poner siempre el seguro y de no apuntar a nadie con ella. Es fácil”, me contestó.

Tras esto, me pidió que me acercara, me cogió las manos y las puso en el arma. “Así se pone el seguro, así se quita, tus amigos que te ayuden a cargarla y listo”, me dijo sin darle ni media pensada al hecho de que fuera a coger un arma cargada sin ningún tipo de experiencia. Elegida la pistola, pasamos al rifle. “¿Eso es lo que creo que es?”, dijo Peter. “Vaya sí lo es”, contestó el dependiente. “¿Y se puede usar?”, replicó Peter. “Sí, pero que quede entre nosotros chicos”, nos advirtió el ‘marine’. Supuse que lo que estaba pasando es que el rifle que mi amigo quería probar no era legal. Bingo.

Minutos más tarde, me explicaron que hay ciertas armas utilizadas ‘solo’ por el ejército que no pueden estar disponibles en shootings. Pero lo están. De nuevo, el dependiente me pidió que acercara las manos, me enseñó a poner y quitar el seguro y delegó la responsabilidad de mis actos a la buena tutela de mis amigos. Elegida la munición para esta arma ‘prohibida’, tuvimos que elegir entre, aproximadamente, unas 20 láminas de tiro. Algunas tenían dianas impresas, otras contaban con círculos diminutos, diferentes formas geométricas… Aunque la ganadora, en nuestro caso, fue la que tiene dibujado un busto humano.

Añadió a la ‘cesta de la compra’ cuatro pares de gafas de plástico para proteger la vista (y agudizar la visión) y el mismo número de cascos para no sufrir daños en los oídos. “Podéis hacer las fotos que queráis siempre y cuando no fotografiéis a los demás tiradores”, nos dijo y señaló una puerta. “Cuando entréis, id a los puestos 4 y 5. No más de dos personas por puesto y disparad de uno en uno. Disfrutad”.

¿El precio de esta fiesta del tiroteo? Un total de 250 dólares (62,50 dólares por barba) por un rifle, una pistola, 200 balas (100 para cada una), 10 láminas de tiro y el material protector de oídos y ojos. A mi parecer, al alcance de cualquier bolsillo.

Reconozco que al dirigir mis pasos hacia la puerta que daba paso a los puestos de tiro, estuve a punto de darme la vuelta. Estaba entrando en un sitio donde había gente con armas sin ningún tipo de control. ¿Cuántas personas habría allí como yo, inexpertas e inseguras? ¿Y si alguno de los parroquianos de este centro lúdico con olor a pólvora le daba por darse la vuelta y dispararme? ¿Cómo permanecer tranquila en un entorno como este?

Entramos y el sonido de los disparos hizo que mi corazón se pusiera a mil. Aunque los cascos aíslan bastante el ruido, lo cierto es que cada balazo me suponía un pequeño infarto. Los allí presentes (dos parejas de amigos, todos hombres) notaron mis sobresaltos y me sonrieron con cara de “ay, mírala que es su primera vez”. “Y la última”, pensé yo. No había disparado todavía y ya me quería ir de allí. Tom, Mel y Peter se movían como peces en el agua mientras yo estaba más incómoda que una Kardashian en la universidad. Llegó mi turno.

“No te asustes por el retroceso, ambas armas tienen muy poco, pero algo notarás”. Disparé una vez la pistola, una vez el rifle y esperé a que nos fuéramos. No me gustó. Tener en mis manos un arma cargada sin ningún tipo de instrucción ni supervisión al respecto por parte de un profesional me parecía un auténtico despropósito.

Me dediqué a observar a los otros cuatro hombres de la sala. Realmente estaban disfrutando. Sonreían, se daban palmaditas en la espalda, se jactaban de haber acertado tres veces seguidas en el mismo punto, se hacían fotos con las armas en modo John Wayne con sonrisas que transmitían orgullo. “Es la adrenalina”, me dijo Tom y sentenció: “Hay gente que va al gimnasio para liberar estrés y otros que vienen a los shooting”. Es una forma de verlo. Sin embargo, a mi lo que me hacía generar adrenalina en ese momento era el pánico que tenía a que alguien cometiese un error o se le fuera la pinza, hablando claramente.

Media hora más tarde, salimos de allí. No sin antes pasar por el baño para lavarte las manos con un jabón especial para quitar los restos de pólvora. Y cuidadito porque no es optativo, tienes que lavártelas sí o sí. ¿El motivo? “Supongo que será por si te vas de viaje mañana en avión o de golpe te para la policía… Ni idea”, me intentó explicar Peter.

De camino al coche, no podía parar de pensar que acababa de tener en mis manos una pistola y un rifle (este último no autorizado para uso civil) con solo dar mi DNI y sin ningún tipo de experiencia previa. Algo totalmente impensable en España, pero que en Estados Unidos se convierte en el mejor plan dominguero abalado por la segunda enmienda a la Constitución Norteamericana. Aquella que protege el derecho del pueblo estadounidense a poseer y portar armas. Dios (y las pistolas) bendiga América.

MARÍA JIMÉNEZ | Madrid | Actualizado el 29/12/2017 a las 06:06 horas

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