LA SOMBRA DEL AGUA

LA SOMBRA DEL AGUA

El sexo entre personas y anfibios puede ser conmovedor, según Guillermo del Toro

'La forma del agua', lo último del director mexicano ha inaugurado el festival fantástico internacional de Sitges consiguiendo emocionar con una preciosa historia de amor de una criatura marina y una limpiadora muda.

La forma del agua
La forma del agua | Agencias

El festival de cine fantástico de Sitges es la burbuja en la que el conflicto de la independencia parece flotar lejos de los cientos de personas que han empezado a llenar los pases de las mejores muestras de cine de género internacional. Desde el festival, ninguna reivindicación o referencia política empaña la experiencia de una congregación anual sagrada en torno al amor que une a las decenas de freaks que pueblan estos días el pueblo costero. El cine está por encima de pugnas y en la organización lo saben. Nadie mejor para dar el pistoletazo de salida que lo nuevo de Guillermo del Toro, cuyo nombre es sinónimo de fantástico.

Tras un inicio irregular, en el que alternaba las obras más comerciales con su personal y celebrada mirada a la guerra civil y posguerra española, el mexicano ha encontrado en el género su herramienta para crear relatos sobre la soledad, el miedo, lo diferente y el poder de la imaginación. No es de extrañar que el mismo director se sienta una rara avis, uno de esos freaks, dentro del mundo de Hollywood, siendo prácticamente el único de su especie que nunca ha hecho amago por salir del molde que el mismo ha ido creando para modelar su perfil.

De ahí que The Shape of Water sea su película más madura que, aunque dialogue con la más áspera 'El laberinto del Fauno' (2006), lleva el sello de un autor que ha conseguido aunar su metodología narrativa con gusto hacia lo clásico. El barroquismo visual de cada plano es endiabladamente detallado, con un cuidado estético obsesivo que parece haber incorporado definitivamente en su vocabulario tras la excepcional 'La cumbre escarlata' (Crimson Peak, 2015). El juego de colores, los diseños, la puesta en escena dentro de encuadres preciosistas caminan hacia la sublimación sensitiva que hace que su conflicto de amor entre distintas especies funcione más sobre la superficie de la piel que sobre la lógica racional que acompañan a blockbusters más disciplinados.

La forma del agua | Agencias

Y es por su inquebrantable lealtad hacia el fantástico por la que el propio estatus del director se refleja en la oda a los diferentes, los marginales que ha compuesto en su última obra. Ambientada en los primeros y convulsos años sesenta de una Norteamérica pre lucha por los derechos civiles, nos muestra como parias a homosexuales, rusos, gente de color y disminuidos físicos como la protagonista.

El romance de una mujer muda, interpretada por una grandísima Sally Hawkins, y un hombre anfibio, sigue la pauta argumental de Un, dos, tres, Splash (Splash, 1984) invirtiendo los roles pero calcanso situaciones. Pero Del Toro toma como base tonal 'La Bella y la Bestia' y acaba déndole la vuelta al clásico universal 'La mujer y el Monstruo' (Creature of the Black Lagoon, 1954), con el que conecta con la zona de origen de la criatura, con la fascinación por la ternura monstruosa de 'King Kong' (1933). Y en los aspectos de “bestialismo” tabú no hay miedo en mostrarlo con sensibilidad, en realidad no lejos del esquema de cualquier película de un amor prohibido por circunstancias y el tiempo en el que vivimos.

El mexicano elabora su sencilla, casi arquetípica, trama con un delicioso uso de música de los cincuenta y sesenta y un amor por el cine clásico y musical digno de Damien Chazelle, alternando con una crudeza propia del cine de terror más atrevido y el drama adulto que no se corta en mostrar desnudos integrales y sangre sin censura.

La mezcla resulta en un verdadero cuento de hadas para adultos que no solo no desentona sino que conmueve y emociona, especialmente si conectas con su canto a lo diferente, a lo marginal, que apela tanto a los amantes del cine, cada vez más en extinción —con ese grandioso y elocuente plano en una sala de cine — como a las minorías de los Estados Unidos, con lo que resulta muy oportuno en tiempos en los que el presidente de los EE.UU consiente y arenga a grupos supremacistas y la calidad moral de los individuos está en caída libre.

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