DESPEDIDAS DE SOLTEROS, GÜIRIS, BORRACHOS DEL EXTRARRADIO Y... ¿DIOS?

DESPEDIDAS DE SOLTEROS, GÜIRIS, BORRACHOS DEL EXTRARRADIO Y... ¿DIOS?

Vivo posiblemente en la calle más turistificada de Madrid (y odio a los domingueros)

Llevo trece años viviendo en la calle más turística de Madrid, la Cava Baja. Esto no es el Museo del Prado, aquí la gente viene a beber, ver procesiones y celebrar su despedida de soltero.

Vivo en una de las calles más turistificadas de Madrid
Vivo en una de las calles más turistificadas de Madrid | David Navarro

Supongo que los visitantes de mi calle vienen atraídos por lo mismo que me enamoró a mí: la sensación de estar en la zona más castiza de Madrid. Pero cuando yo me establecí tenía 23 años y todo me parecía muy divertido, ahora tengo 36, vivo con mi pareja, nuestra hija y una perra. Veo el barrio de forma diferente.

A diario por la mañana, esta zona de Madrid parece un pueblo, hay poca gente por la calle y se respira ambiente de casco antiguo. Ancianitas arrastrando carros, vecinos ociosos tomando café en terrazas soleadas y tu caminando hacia la tintorería. Puro barrio.

Por la mañana: clases gratis de inglés

Lo bueno de vivir aquí es que por la mañana puedes practicar inglés. Hay muchos turistas extranjeros (especialmente americanos e ingleses) y reconozco que aprovecho para extender las conversaciones con ellos cuando me preguntan por cómo llegar a la Plaza Mayor. La media de conversaciones que tengo con turistas es de tres a la semana, es como recibir una clasecita de inglés día sí y día no.

A veces, alguien te detiene y te dije chapurreando español (con acento raro) “¿puedo tocar a tu perro?”. Generalmente son chicas americanas, no me preguntes por qué. Varias veces me he visto rodeado por un grupo de chicas acariciando a mi perra como si disputaran puntos. “¡Como se liga con perros!”, me dijo el pollero del mercado cuando me vio rodeado como Alfredo Landa. Tal vez es que en América no hay perros.

El dominguero eres tú

Por la tarde, empiezan a llegar “forasteros” más cansinos, con ganas de beber en plan garito, botellón y despedidas de soltero. Mi hija de siete años aprendió hace tiempo a pronunciar con desdén la palabra “dominguero” para referirse a los madrileños de Bohadilla, Chamberí o Usera que vienen a nuestra calle a beber y jalear. Les llamamos domingueros, pero vienen todos los días de la semana.

Cuando tu estás de regreso del súper (cargado de bolsas), vigilando que tu hija te siga el paso, y que a su vez lleve bien la correa de la perra, lo que te sobra es cruzarte con una masa de zombies por la calle. Acaban de tomarse unas cervezas y buscan otro sitio para tomar la siguiente mientras ligotean y bromean.

Probablemente mucha de esta gente sean abogados, cirujanos o economistas, pero vienen a mi barrio para “coger el puntito” de alcohol suficiente para pasarlo bien. Después del puntito viene el puntazo y se sientan en la puerta de tu portal para reponerse, filosofar y a veces vomitar.

No siempre es fácil entrar en casa, cuando saco las llaves para abrir el portal los domingueros apoyados en la puerta me miran como si yo fuera un extraterrestre. ¡¿Tu vives aquí?! ¡¿Pero aquí vive gente?! He mantenido conversaciones surrealistas con borrachos cuando lo único que yo pretendía era bajar la basura.

Pasear al perro, imposible

Todos los relaciones públicas de mi calle me conocen a raíz de mi perra. Es adorable. Así que todos me paran para tener sus tres minutos de saludo. Yo me siento ridículo: ¿quÉpinto yo parándome en todos lo garitos de la calle, esperando a que esta gente le haga carantoñas a mi perra?

Cuando intento correr descubro que es imposible, son los relaciones públicas los que me persiguen, dejan la puerta de su local, me dan alcance y le hablan a la perra como si yo no estuviera. Les da absolutamente igual que yo pueda tener planes.

El colmo es cuando me dan consejos sobre cómo cuidarle: que tengo que cortarle el pelo, cepillárselo mejor, o darle mucha agua. Cuento los días para que esta gente encuentre un trabajo como es debido y me dejen en paz.

Ligar por accidente

Me ha pasado algo que lo cambia todo. Una dominguera trató de ligar conmigo. Realmente estaba borracha, pero llevo 10 años casado, así que lo realmente novedoso es que alguien intente ligar conmigo, no entro a valorar su estado de embriaguez.

Me pidió acariciar a mi perra. Yo la llevaba en brazos porque con tanta gente a veces se pone nerviosa y se niega a andar. La dominguera empezó a acariciar a mi perra mientras le decía piropos. Fue entonces cuando empecé a intuir que estaba borracha.

Se fue abrazando a nosotros, como si mi perra y yo fuéramos un mismo ser. “Que bien hueles” (creo que me lo dijo a mi), mientras ponía su cabeza en mi hombro. Y así, acabó poniendo su mano en mi culo. Como digo, llevo 10 años casado, así que eso provocó una especie de descarga eléctrica que me hizo correr despavorido.

Al llegar a casa, dejé pasar unos minutos. Tal vez dos horas. Y con tono dramático le expliqué a mi mujer: creo que una chica ha intentado ligar conmigo mientras paseaba a la perra… Me parecía algo muy gordo que no me podía callar. ¡Joder, me ha tocado el culo!

Mi mujer me dijo: “Pasa mucho cuando se pasea a la perra, me tienen frita”. O sea, que lo mío no era tan especial. “Ya, pero es que me han tocado el culo, ¿cómo te quedas?”, le respondí. “Sí, a veces se ponen muy pesados”, me respondió”. No quise seguir hablando de eso… no lleva a ninguna parte.

Dios también es un dominguero

La primera vez que ves una procesión desde el balcón de tu propia casa tiene su gracia, es casi un lujo. Diez años después, y si no eres religioso: te la trae “al pairo”. Es más, te enfada, porque tu lo que quieres es ver una peli tranquilamente y el ruido que llega desde la calle es ensordecedor.

Pero lo que resulta aún más difícil es entrar en tu propia casa durante una procesión. Los devotos están en pleno éxtasis místico viendo cómo Jesús se cruza con la Virgen, y tu te meas (me ha pasado) llevando en un cangurito a un bebé de seis meses que por el olor parece que se acaba de cagar (familia escatológica).

Necesitas llegar a tu casa, AHORA. Y estás en tu derecho constitucional. Entonces tratas de llegar a la primera línea de la procesión, y cuanto más te acercas a la barrera más tienes que discutir y más codazos recibes. “¡Cuidado con el bebé!”, dices.

Según he entendido todos estos años, cualquier persona que se mueva durante una procesión es para colarse y así ver más de cerca a Jesús, nadie se puede imaginar, ni remotamente, que quien se mueve durante la procesión sea porque quiere llegar hasta su propia casa (y mear y cambiar un pañal a su hija).

Le dices a los devotos que vas a tu casa, pero descubres que generalmente el tipo de persona que va a ver una procesión (gente fan de Dios) serían capaces de apedrear al próximo mesías si tratara de colarse. ¿Qué vives aquí? ¡No me lo creo!

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