ASÍ SON LOS HILLBILLIES, Y ASÍ LOS DESCRIBE EN SU ELEGÍA J.D. VANCE

ASÍ SON LOS HILLBILLIES, Y ASÍ LOS DESCRIBE EN SU ELEGÍA J.D. VANCE

Blancos, pobres y radicales: Los votantes que todo partido de ultraderecha querría tener

Donald Trump no aparece en este libro, pero está, como Dios para un creyente. ‘Hillbilly, una elegía rural' describe al estadounidense blanco, en paro, sin estudios superiores, alcohólico y violento que lleva varias generaciones viviendo en familias desestructuradas, odiando a los políticos, a la prensa, a su puta vida y a su mala suerte.

Red Neck o hillbilly, habitantes de Los Apalaches
Red Neck o hillbilly, habitantes de Los Apalaches | Getty Images

Aunque no todos los hillbillies tienen mala suerte. Está el tío Pet, pariente del autor del libro del que te voy a hablar. Pet montó una empresa de construcción y madera. Parecía un hombre sensato, hasta que atacó a un camionero con una sierra eléctrica.

El camionero le había traído unos materiales y desconocía que el viejo Pet era el dueño de la compañía. Así que desde la ventanilla del vehículo le espetó: “Descarga eso ahora mismo, hijo de puta”.

El tío Pet le pidió que se disculpara. Estaba mentando a su vieja madre. El camionero repitió el insulto: hijo-de-pu-ta. Pet lo bajó del camión y le golpeó hasta noquearlo. Luego, le pasó la sierra eléctrica por todo su cuerpo.

Ni policía ni denuncias. Aquel incidente quedó entre ambos hombres rudos de Los Apalaches. Existe una regla entre esos habitantes de la América Profunda. Nunca empieces una pelea y, si empieza, debes acabarla tú; pero esa norma se rompe cuando insultan a tu familia.

Así son los habitantes de los Apalaches, una cordillera que comienza en Canadá y recorre el interior oriental del país desde Ohio a Kentucky hasta acabar en el sur de Alabama. Igual te suenan estos estados, son algunos donde ganó Donald Trump la presidencia de EE UU.

Durante varias generaciones viven allí los hillbillies (traducido coloquialmente como paletos, pero el concepto va más allá). No todos han tenido la suerte en la vida como el viejo Pet. Al contrario.

Siempre han sido pobres, porque sus antepasados fueron aquellos jornaleros de los tiempos de la esclavitud en el Sur de EE UU, que luego se hicieron mineros del carbón hasta llegar a hoy como obreros de las fábricas metalúrgicas cerradas por la globalización. Descienden de gente pobre que emigró huyendo de su pobreza europea -escoceses, irlandeses- para toparse con el sueño americano.

Sobreviven, algunos, en chabolas podridas, muebles tirados en los patios, con perros en el porche suplicando un hueso. El cabeza de familia es un hombre rudo, orgulloso de no tener trabajo, con una alta crisis de masculinidad, y un odio encubierto que detona como una bomba atómica.

Muchos de estos hillbillies han dejado atrás un rastro de hijos desatendidos –muchos de ellos en la adolescencia tras embarazos no deseados-, y mujeres engañadas que se han dado al alcohol o a las drogas.

En este tipo de familias desestructuradas, si no tienes una abuela o una tía que se ocupe de que no pierdas el norte, nunca saldrás adelante. Allí, no existe el sueño americano. Todo es culpa de alguien; no tuya.

Los habitantes de Los Apalaches, como muchos estadounidenses, creen o creían que Barak Obama es o era musulmán. Creen que los políticos, todos, “son unos ladrones”. Creen que los medios de comunicación -la prensa libre- “está de mierda hasta el cuello”.

Son hombres y mujeres recios, sencillos, con fuerte sentido del honor y la familia. Maldicen, con cierto determinismo, su puta vida, que los hayan despedido de una fábrica, de dos, de tres, la mala suerte de dejar preñada a su novia de 16 años, y demás tragedias familiares.

No saben el significado del verbo confabular, porque es un verbo para conversaciones demasiado eruditas. Odian a los WASP (blancos, anglosajones, protestantes): Hillary Clinton era una WASP.

Todo EE UU desprecia a los hillbillies y los hillbillies odian al resto del país. Sobreviven con subsidios. Gritan, pegan, son violentos y radicales, pero creen en Dios. Se sienten olvidados, pero son América.

“Me identifico con los millones de americanos blancos que no tienen un título universitario. Para esa gente, la pobreza es una tradición familiar. El resto del país los llama hillbillies. Yo los llamo familia”, narra J. D. Vange en su libro. Su ensayo se titula ‘Hillbilly, una elegía rural’. Y cuenta mucho mejor todo lo que arriba yo ya he escrito para trazar el estereotipo de esos hombres y mujeres.

Donald Trump, el padre salvador

Vange publicó su libro el 28 de junio de 2016. La fecha es importante, porque la versión española del ensayo nos dice: “El libro del año que nos permite entender la victoria de Trump”. Sin embargo, Donald Trump no aparece en este libro. Vance ni lo menciona.

Trump comenzó su campaña como candidato republicano, la cual ganó, el 16 de junio de 2015. Se alza como alternativa a Hillary Clinton el 20 de julio y gana las elecciones como presidente de EE UU el 9 de noviembre de 2016.

No hace falta ser psicoanalista para comprender que Trump, pese a no estar en este ensayo, emerge como figura paterna para los hillbillies.

Trump les dice con lenguaje sencillo, televisivo, emotivo, que América es lo primero, que construirá un muro y lo pagará México, que castigará a las empresas que cierren fábricas para abrirlas en el extranjero; y que no hagas caso de la prensa, que escriben noticias falsas.

A un hillbilly, supongo, le importa una mierda que lo que asevere Trump sea verdad o mentira (a eso están acostumbrados). Lo que realmente les seduce es que Trump los señala y les ofrece en dos palabras sencillas una promesa que entienden como entregada solo para ellos, y para nadie más.

Desde allí arriba, en su tarima de orador, desde la pantalla de la tele, como un padre salvador omnisciente que regresa a casa, sienten que Trump les dice, como cuando eran pequeños y tenían la nariz sucia y el estómago vacío, que ya estoy aquí, he regresado para cuidarte de nuevo, no me había olvidado de ti, mi hijo, mi familia, tú eres lo primero.

Esto último no lo cuenta J.D. Vance en su libro. Pero está ahí, flotando, como Dios para los creyentes.

“Nací solo unos meses después de que mi abuelo votara por primera y última vez a un republicano, Ronald Reagan. Reagan, que se ganó a una gran parte de los demócratas de El Cinturón del Óxido, consiguió la mayor victoria electoral de la historia estadounidense”, narra Vance.

Vance es un hillbilly que logró salir de Los Apalaches. Fue marine, luchó en la guerra de Irak y estudió Derecho en Yale. Es una de las pocas excepciones a la norma, para que así se cumpla la norma.

Casi como el tío Pet, aquel pequeño empresario que un día cogió una sierra eléctrica y se la pasó por todo el cuerpo a un jodido camionero que llamó a su madre puta y a él hijo de ella.

- Descarga eso ahora mismo, hijo de puta.

Más noticias

Los mas vistos

Xtreme Cities

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar, recoger datos estadísticos y mostrarle publicidad relevante. Si continúa navegando, está aceptando su uso. Puede obtener más información o cambiar la configuración en política de cookies.