LA CLEPTOMANÍA EN LOS GRANDES ALMACENES EN LA ÉPOCA VICTORIANA

LA CLEPTOMANÍA EN LOS GRANDES ALMACENES EN LA ÉPOCA VICTORIANA

Cuando se creía que las mujeres robaban por culpa de su menstruación

“Ladrones victorianas”, el nuevo libro de la editorial Antipersona, habla de cómo la apertura de los primeros centros comerciales en plena época victoriana transformó el discurso feminista y propició la aparición de un nuevo tipo de mujer: la cleptómana.

Ladronas victorianas
Ladronas victorianas | Agencias

En una de las notas al pie de página de 'Ladronas victorianas', el libro de Nacho Moreno Segarra que Antipersona acaba de publicar, se recuerda una secuencia de 'Marnie' en la que el personaje de Tippi Hedren, la ladrona más famosa del siglo XX junto a Winona Ryder, sufre uno de sus ataques de cleptomanía y no puede remediar el impulso de alargar la mano y cometer uno de sus hurtos.

En ese preciso instante, cae sobre la pantalla una cortina de sangre y la secuencia se funde a rojo. Un color con el que, según Nacho Moreno, Alfred Hitchcock habría querido significar que la manía de Marnie coincidía con su menstruación.

Es decir, que Marnie robaba porque tenía la regla, una teoría que, lejos de ser fruto de la retorcida imaginación del director inglés, estuvo muy extendida en el siglo XIX después de que los grandes almacenes como Macy’s o Harrods se pusiesen de moda y surgiese la figura de la cleptómana: aquella mujer que robaba no ya por necesidad, como las obreras, sino dominada por una pasión que le nacía “de la porción superior del útero”.

De ahí el subtítulo del fascinante libro de Nacho: “Cleptomanía y genero en el origen de los grandes almacenes”.

La aparición de centros comerciales como Le Bon Marché en París, no obstante, supuso una auténtica liberación para la mujer. Hasta entonces, cuenta Nacho, su presencia en las tiendas se consideraba, por innecesaria, una auténtica extravagancia, pues o bien los sastres acudían a los domicilios particulares o bien las señoras escogían sus compras desde la comodidad de sus carruajes.

Lidiar con los deslenguados dependientes, por otra parte, resultaba una experiencia de lo más desagradable para alguien acostumbrado a los bailes de salón y las lecciones de piano, y regatear cada penique de tela era una tarea pesadísima que debía quedar en manos del servicio.

Los fastuosos grandes almacenes de París o Londres, en cambio, con sus escaleras mecánicas, sus bares de refrescos y sus precios fijos, constituían un auténtico lujo para los sentidos y una verdadera comodidad. Por primera vez, las mujeres victorianas salieron a la calle y comenzaron a realizar personalmente sus compras.

El problema era que para llegar a esos “paraísos de las damas” a los que Zola dedicó una de sus novelas, las señoras tenían que transitar un espacio hasta entonces frecuentado por las obreras y las fulanas, y que al hacerlo corrían el peligro de ser confundidas con estas.

De este modo, empezó a ser relativamente frecuente que la policía detuviera a alguna dama apostada frente a los escaparates creyendo que se disponían a vender su propio cuerpo. También, que los hombres comenzaran a acosar a las mujeres de la alta sociedad.

En la calle, además, una Lady Compton o la esposa de un banquero de la City podían contaminarse con las pasiones de las clases bajas. Podían acabar convertidas, por ejemplo, en ladronas. O mejor dicho, en cleptómanas.

Todavía no se conocen con certeza las causas de la cleptomanía. Los alienistas victorianos, sin embargo, enseguida las encontraron en el bajo vientre femenino. Nacho Moreno recoge en su libro varios de estos chocantes estudios.

Si no robaban por necesidad, venían a decir, debían hacerlo por mujeres. “La menstruación tiene gran influencia sobre ciertos tipos de crimen”, llegó a escribir por ejemplo el criminólogo Cesare Lombroso en 1893.

“De ochenta prisioneras arrestadas por rebelarse contra o por asaltar a los guardas, descubrí que sólo nueve no estaban menstruando. Entre las mujeres parisinas, es más probable que roben en tiendas mientras menstrúan”.

Por lo que respecta a los caballeros, que desde luego también los hubo que se llevaron de Liberty algún artículo sin pasar por caja, sencillamente nadie creía que pudiesen arruinar su reputación por una bagatela.

Los grandes almacenes, además, con sus pesados cortinajes y sus salones de té, se convirtieron muy pronto en una prolongación del hogar que había mantenido presas a las damas de la era victoriana; Harrods o Printemps eran, a fin de cuentas, espacios femeninos, de manera que lo que allí sucediera debía ser cosa de mujeres.

En 2011, el futbolista David de Gea fue sorprendido robando un donut de poco más de una libra en un Tesco de Manchester. Ese mismo año, un político alemán fue suspendido de su cargo después de que le pillaran robando papel higiénico del aseo de su ayuntamiento.

El famoso boxeador Mike Tyson se llevó sin pagar un helado de Ben & Jerry de un kiosco en el Open de tenis el verano pasado. Basta, sin embargo, buscar en internet casos de famosos aquejados de cleptomanía para darnos cuenta de que esta sigue siendo percibida como una enfermedad femenina.

Google nos mostrará el collar que robó Lindsay Lohan, el brillo de labios que Megan Fox se llevó de Walmart o la camiseta de Kiss que birló una adolescente Courtney Love. Y, por supuesto, los 5.500 dólares en ropa que arruinaron la carrera de Winona.

Ni el donut de David de Gea ni el helado de Tyson aparecen en listas como “12 famosas que fueron pilladas robando tonterías” o “Famosas cleptómanas. ¡Si te descuidas te dejan en bragas!”. Leed 'Ladronas victorianas' y entenderéis mejor el porqué.

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