YA NO SON SUPERHÉROES CON DOS TRABAJOS, SINO SERES MUTANTES PLURIEMPLEADOS

YA NO SON SUPERHÉROES CON DOS TRABAJOS, SINO SERES MUTANTES PLURIEMPLEADOS

Los escritores necesitan tres trabajos para vivir del cuento

No hablamos de ‘perezrevertes’ o ‘almudenasgrandes’. Lejos de los superventas o escritores mediáticos, existe una clase media en el oficio de escribir que vive, sobrevive, o malvive como puede. Tras la crisis, necesitan hasta tres trabajos. Otros, se buscan así la vida: trotan en caballos de Troya dentro y fuera del capitalismo S.A. Porque los escritores ya no son superhéroes, sino seres mutantes (y pluriempleados).

Los escritores ya no son superhéroes, sino mutantes
Los escritores ya no son superhéroes, sino mutantes | Getty Images

La cosa, en abstracto, era así. Luego, en 2008 llegó la crisis y lo jodió todo (aún más). Ganabas o perdías, aquí no hay tablas como el ajedrez. Un escritor vivía la literatura como un concurso. Y su libro era un boleto para una charla de pueblo, curso de verano o noche de los libros. Lo demás eran trabajos alimenticios, los del día a día, digo.

En último caso, lograba ascender a la jet set mediática con un post en un medio digital, o las tres columnas en papel cuando la suerte se enlutaba de obituario de un amigo de un amigo, paisano o influencia literaria. (¿Tú eres experto en Chéjov, ¿verdad?).

Dejemos la literatura y bajemos a la calle. Conozco a más de diez escritores que vivieron del cuento –literal- durante muchos, muchos, años. Repito, no era todavía 2008 y ni Zapatero era Zapatero ni ‘El Jueves’ acuñaba aún el ‘no nos folles’ (tampoco había llegado la barba de Rajoy para suplir a la ceja).

Miles de ayuntamientos, muchas diputaciones o comunidades autónomas, marcas de perfumes, fundaciones de invidentes o amigos de los ferrocarriles (casi todo público o subvencionado indirectamente) convocaba un premio de relato anual. Y los cuentistas profesionales se presentaban con su obra tuneada ‘ad hoc’ según quien fuera el jurado, concejal o amigo en el jurado.

No había estilo; había hambre. Un relato de ciencia ficción, si le quitabas la nave marciana y lo reubicabas, servía para Móstoles o para Murcia, siempre que le colocaras un bloque de viviendas, o una playa, si te la sacabas de la manga, como mal menor, claro (las localidades son ficticias, que nadie se ofenda).

Aquí, había una clase baja, una clase media y su propia jet set. Eras escritor y concursante. Optabas primero a premios de 600 euros, luego a los de 1.500 euros, 3.000 o 6.000 eurazos. Era como el póker. Cuando apostabas y ganabas en una u otra liga, nunca te rebajabas a jugar en las timbas de aficionados.

Y era una puñeta. Tu obra se quedaba secuestrada para siempre (total, te avergonzabas de ella), con el sello del Ayuntamiento, en mayúsculas. Ningún editor quería saber de ‘aquella cosa’, ni ahora ni nunca. Pero era agua hirviendo para los garbanzos. Mientras parías esa otra buena novela, vivías como concursante (a menos que tuvieras otro trabajo).

Hizo mucho daño también la herencia de los 80 y los 90, con Francisco Umbral pidiendo que se hablara de su libro, el Kronen de José Ángel Mañas, Espido Freire (21) ganando el Planeta; o Camilo José Cela y su esmoquin de pajarita blanca tomando para sí el Premio Nobel español. "Todos queríamos ser escritores, porque todos éramos jóvenes y teníamos a medio escribir una novela" (vivir del cuento era una pose).

Nacieron así los talleres literarios, como las setas y los Rolex del chiste. Y surgió un nuevo trabajo para el escritor (escribir ya es un trabajo, aunque no te lo creas). Profesor de escritura (creativa). Muchos eran buenos es su decente docencia. Otros, castradores. La mayoría -al escuchar una vez a la semana tanto bodrio; al envidiar tanto talento puro, sin domar- daba clase como quien enseña física y química: si juntas una H con una O y un 2, es agua.

Sin embargo, llegó la crisis. Las hipotecas basura. El paro. Los recortes en todo. El banco, pero de alimentos. Los señores de la televisión, que también publican libros; y los 'youtubers' (sí, los chicos que hacen vídeos también venden libros). "Y las traducciones", porque las traducciones son más baratas, me dice un joven editor.

Y todo se fue li-te-ral-men-te a la mierda. Algunas editoriales de provincias no pagan lo publicado o te cobran por conjugar el futuro simple del verbo publicar (¿'vanity publishing', lo llaman los ingleses?). La Seguridad Social te pide que devuelvas la pensión si eres un jubilado y cobras derechos de autor mientras das de comer a las palomas en el parque.

Casi nadie tiene 80 euros al mes para aprender lo que es un sinécdoque narrativa, ni un binomio fantástico en los talleres creativos. La tirada de un libro no supera los 3.000 ejemplares y el autor solo se lleva entre el 5% y el 10% de las ventas (cada 31 de diciembre posterior a su publicación). Una novela, 500 unidades vendidas, tantos euros para el escritor, si todo va bien; pero España no va bien para la cultura (haz la cuenta).

Muchos de los escritores de clase media con los que he hablado me dicen incluso que ese gran periódico ahora te llama deprisa si se muere fulano para que le hagas un obituario, más adelante algunas efemérides o similar. ¿Cuánto?: gratis. “Tu firma en el papel la verán miles de lectores. Debajo de tu nombre, si quieres ponemos el título de tu último libro; ¿cuál es el último que has publicado?”.

¿Y qué pasó con la horda de concejales de Cultura que promovían todos aquellos premios de poesía, relato, obra de teatro, microcuentos, novela juvenil? Los números romanos que precedían a esos galardones tienen un límite, y es presupuestario. Ahora o vas gratis o no vas. (Fin de la cita).

Hijo, por qué no opositas y por las tarde te dedicas a esas cosas. Las madres. Ahora las madres tampoco tienen frases célebres. La enseñanza pública ya no publica plazas para tanto escritor, que sobrevivía -quizás- de profesor de lengua y literatura. Se acabaron, pues, los segundos trabajos: necesitas, amigo escritor, un tercero. Tres o el hambre.

Y el escritor se convirtió en freelance de día, portero de discoteca de noche o camarero en Londres, en el mejor de los casos. (CEDRO, la gestora de derechos de los autores, incluso tiene un paga llamada de subsistencia).

Sin embargo, como en la gramática, la excepción cumple la regla. La literatura -el tesón en ella- es irregular, como los verbos ir y venir. Existen vagos, tramposos o, simplemente, supervivientes natos, que no quieren ser ni cajeros de banco ni cajeras de nada (no son conceptos despectivos, tengo testimonios ‘off the record’ que ejercen con dignidad ambos empleos).

Porque una cosa es que no te dejen y otra es que tú sí quieres seguir intentándolo. ¿Quién sí puede? Pues encontré a algunos, pero menciono a pocos. Su experiencia, quizás, pueda ayudar a levantar al resto la tapa del ataúd que se cierra (o no, porque tampoco hay dos caligrafías iguales). Abandono el alegato. Le doy al play. Llega el testimonio. Antes del fundido a negro.

BUSCA UN MECENAS QUE PATROCINE

“Tengo una beca de un banco que financia mi novela. Era un libro tan complicado que, durante una década, se me colaron otros mientras lo escribía. Ahora, tengo un año en blanco para abordarlo. Ese dinero me permite esa libertad. No solo es libertad creativa, sino mental: olvidarte de preguntarte cada mañana cómo vas a llegar a fin de mes”, desvela Juan Jacinto Muñoz Rengel (‘El gran imaginador’).

Juan Jacinto Muñoz Rengel | Eduardo Cano

Muñoz Rengel nos recuerda que España, nuestro país, siempre ha tratado mal a los escritores. “Los ha dejado morir de hambre, y ahora ni siquiera los quieren dejar morir de viejos y en paz. Y los jóvenes autores son una generación que ni han conocido y ni conocerán los anticipos”, apostilla.

El escritor malagueño confiesa que él con sus libros ha tenido suerte (o tesón, apostillo yo), en una coyuntura (me repito) en la que todo ha dejado de pagarse: bolos en ayuntamientos (“te piden que vayas gratis a dar conferencias”), la mayoría de antologías o prólogos no se remuneran (eso lo digo yo) y el escritor es como un monito que va de feria en feria a que le tiren cacahuetes (eso lo dijo un superventas, creo).

“Cuando pasas de los 40 no todo lo puedes hacer por amor al arte. Del autor vive mucha gente: distribuidores, libreros, editores, departamentos enteros de universidad. Todos, menos el autor, que es el único que necesita otros trabajos para poder afrontar su literatura”, dice Muñoz Rengel.

El escritor, ese ser vago por naturaleza, que se levanta quizás a las cinco de la mañana para escribir de lunes a domingo, hasta que amanece y va a fichar a su segundo trabajo, ahora busca un tercero, sin el cual no llega a fin de mes (como cualquier otra profesión, ojo).

SER ESCRITOR NO SOLO DE LIBROS

“Yo nunca he cobrado anticipos, ni vivo de ellos. Y siempre he cobrado con retraso los derechos. Nadie de mi generación vive de sus libros. Solo tienes que hacer cuentas. Muy poca gente vende 1.000 novelas. Si cobras un 10% de eso ya tienes los 1.500 euros que te dan por lo que has tardado en escribir un año. Y no publicas un libro cada mes”, nos recuerda David Barreiro ('Afterwork').

David Barreiro | Foto remitida

¿Y entonces de qué se vive? Teatro, por ejemplo. Guion, otro ejemplo. Publicidad, más ejemplos. De escribir en otras cosas que no sea un libro.

“Tengo dos novelas contratadas y otra finalista del Premio Herralde. Saldrán las dos el año que viene, pero mientras tanto estoy con mi última obra de teatro, los premios y otras cosas vinculadas con la escritura”, asiente Barreiro.

“'AfterWork' fue una novela que no veía y que trasladé al teatro. Gané un premio y, a partir de ahí, una pequeña sala la quiso producir porque buscaba autores jóvenes. Luego, la compañía Yllana apostó por ella para Madrid y posterior gira”, desvela.

HAZTE AUTÓNOMO, CREA UNA EMPRESA

“En plena crisis, monté una empresa, una productora de cine, para no vivir solo de los libros. Mi literatura se convierte en libros, en cortometrajes, en teatro y en cine. Un relato mío, por ejemplo, ‘Sirena negra’, ahora es un corto. Compré libertad para no tener que escribir novelas comerciales año tras año", me explica Vanessa Montfort (‘Mujeres que compran flores’).

Vanessa Montfort | Foto: Asís G. Ayerbe

“No soy más feliz como novelista que como dramaturga. Yo escribiría hasta los prospectos de los antibióticos, si me lo pagasen. Para vivir de esto necesitas mentalizarte que debes estar pluriempleado: producir teatro, cine, novela”, prosigue.

Montfort, además, recomienda no depender de tu país para vender libros, sino sacar fuera tu obra. Si te la traducen, producen, versionan en cine o teatro en el extranjero son derechos que te traes a casa.

“En España, con los actuales anticipos para tu novela o taquillajes de obras de teatro, tienes que trabajar mucho para vivir de esto. Por eso, las traducciones de tus obras son fundamentales y si se venden en países [grandes mercados] como Alemania, Francia, etcétera, ya tienes un fijo. Tu obra debe viajar fuera”, finaliza.

Estos tres testimonios son tres excepciones a la regla de tres. El escritor de clase media antes era como Clark Kent, un aburrido periodista que se despojaba del traje y la corbata para volar como Superman (el hijo de Kripton era su verdadera personalidad; la de Kent su disfraz cotidiano).

Ahora, ni eso. La crisis obliga a que debajo del pijama de superhéroe esté una persona desnuda que ansía otro trabajo que no llega, porque, necesitarlo, lo necesita. Vivir del cuento ya no es cosa de superhéroes, sino de mutantes.

***

Epílogo: Este reportaje oculta testimonios presentes y pasados de escritores de clase media con los que he podido hablar, pero no han querido reaparecer: hoy no tienen ni libro en la mesa de novedades, y no es cuestión tampoco de enseñar una foto fija de su hambre. Ninguno de los tres escritores mencionados con nombre y apellido forman parte de esa clase media que necesita tres empleos (aunque tenerlos, los tienen a su manera). Al contrario, se han reinventado: son unos vagos, porque, vagan de un lugar a otro para buscarse la vida y así ‘vivir del cuento’, que es como decir de su literatura.

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