MI INICIACIÓN EN EL SADOMASOQUISMO

MI INICIACIÓN EN EL SADOMASOQUISMO

Fui a una quedada BDSM y esto es lo que pasó

A Sabina nunca le ha llamado mucho la atención el BDSM. Sin embargo, después de tener un sueño un poco perturbador, decide adentrarse en un mundo mucho menos frívolo de lo que parece desde el desconocimiento general. Cuerdas, dominación, dolor y placer... Esta fue su experiencia en primera persona.

En las quedadas BDSM nunca se sobrepasan los límites. | Gema Segura

Sobre la mesa de casa de Francisco hay un contrato de acuerdo sadomasoquista. En él se acuerda el consenso mutuo y se especifican las distintas técnicas para hacer estremecer al cuerpo de dolor-placer: golpes con distintos objetos, ataduras, diversas formas de humillación-disfrute, millones de maneras de que la carne sufra y sienta.

En el contrato, junto a cada una de las prácticas, hay una gradación del 0 al 5 que va desde el "NO se puede hacer. Es un límite" al "Es una actividad muy satisfactoria que me gustaría que se hiciera en todas las sesiones". Es el espectro de conformidad de las sesiones en las que se experimenta con el placer por el dar o recibir dolor, ese vicio oscuro que sólo algunos pueden comprender.

¿Puedo comprenderlo yo? Lo he pensado mientras iba al encuentro de los dos entrevistados. De primeras, el dolor nunca me ha interesado lo más mínimo.

Sin embargo, hace unos meses tuve un sueño bastante curioso en el que me veía involucrada en una situación cercana al BDSM: una mujer con una especie de palas acolchadas me pegaba, y a mí me gustaba. Vaya si me gustaba.

BDSM. | Gema Segura

A partir de entonces, la idea ha ido enraizando. Pero no tengo ni idea de este mundo, y el temor es mayor que el deseo. Mi aproximación al tema es, por lo tanto, débil e insegura. De hecho, titubeo antes de formular cualquier curiosidad personal a los dos entrevistados.

Me siento torpe y asustada ante la idea del dolor, de unas cuerdas ciñendo mi cuerpo, de un esparadrapo tapándome la boca o un látigo restallando contra mi culo. Siento también torpeza y debilidad ante la idea de propinar golpes a otros cuerpos.

Me parapeto en mi papel de entrevistadora y pregunto desde la distancia de este lugar. Al principio, casi no me atrevo a mirarlos a los ojos. Pienso en Marcela, la joven pura y candorosa de Historia del Ojo, de Georges Bataille, enloquecida al verse sometida a perversiones demasiado fuertes para su mente frágil.

Francisco, de unos 30 años, tiene cierto aire oscuro, como si ocultase algo (aunque enseguida se revela como un ser risueño y amable que habla tranquilamente de sus secretos de mazmorra).

Carla tiene la luminosidad propia de los veintipocos años, y la voz y el aspecto dulces de alguien que, de primeras, nadie relacionaría con los látigos y las pinzas que aprietan la carne. Es ella la que arranca a hablar, con su voz casi de niña, sobre la división entre BDSM y sexo.

"Yo sí que considero que es algo profundamente sexual, aunque no todo el mundo piensa así. Hay mucha gente dentro de este mundillo que practica BDSM, pero sin incluir el sexo convencional -por llamarlo de alguna manera- dentro de sus prácticas de BDSM. Gente que practica BDSM en clubs, pero sus contactos puramente sexuales los tiene solo en casa con su pareja... Hay gente para la que el BDSM es algo que está presente solo cuando van a follar, y otra para la que es algo fundamental de la arquitectura de sus vidas, que viven en una relación de dominación-sumisión en el día a día en casa. No sé, hay tantas variantes como personas", dice.

BDSM. | Gema Segura

Los dos coinciden en que es algo muy íntimo. Les pregunto qué son ellos, entre sí, cómo llamarían la relación que tienen con el otro. Coinciden en que podrían considerarse play partners.

Los dos tienen prácticas BDSM con otras personas. Francisco siempre es top (es decir, que siempre mantiene el rol del que somete) y Carla, a pesar de ser bottom en sus juegos con Francisco, es top y bottom indistintamente con otras personas.

Ella se define más como una kinkster, que, según las palabras de Miguel Vagalume, activista de las identidades, prácticas sexuales y relaciones no convencionales, sería algo así como "personas que practican perversiones consensuadas de manera habitual".

La asociación de la que forman parte, BDSMK, incluye esa K final que acoge a los kinksters.

"Mis incursiones en el BDSMK -cuenta Carla- comenzaron cuando, al enrollarme con un amigo, le pedí que me azotara, y, en un momento, él me dijo que no podía más, y que lo que tendría que hacer sería buscar una pala para que me pegaran".

Al escuchar lo de la pala, de alguna manera, a Carla se le encendió la luz. Sus curiosidades extremas encontraron su cauce, y empezó a entrar en páginas, a conocer a gente que practicaba BDSM, a ir a fiestas, a mirar y a ser mirada.

Ya desde que era pequeño, antes incluso de tener impulsos sexuales claros, Francisco pensaba en estos temas. Nunca ha tenido un deseo sexual que no tuviese que ver con la vertiente del BDSM.

BDSM. | Gema Segura

"He tenido sexo 'normal' con gente, pero el BDSM es una parte fundamental de mi sexualidad. Y me gusta todo. Hay a gente a la que solo le interesan las cuerdas o el spanking... Yo para eso tengo mucho vicio, me gusta todo".

¿Pero qué es "todo"? Ataduras, inmovilización, castigos con diversos objetos, marcado con metales al rojo vivo, animalización, afeitado, depilación, rasurado, confinamiento, enemas, venta, alquiler... la lista de posibles prácticas es interminable, inabarcable.

Igual que las cajas que, una vez hemos llegado a su casa, empieza a abrir Francisco: Diversas varas, látigos, flagelos, fustas, suelas de zapato con mango, cadenas, pinzas, e incluso trampas de ratón, son extraídas en escrupuloso orden y colocadas sobre la mesa.

"Todas las prácticas se engloban bajo el término BDSM -puntualiza Francisco- pero realmente es un mundo tan amplio que dos personas que realizan distintas prácticas de BDSM pueden no tener ningún punto en común en sus gustos. Por ejemplo, hay convenciones de ingleses y australianos en la Costa del Sol que se dedican solo al spanking, solo a zurrar, pero en sus normas pone muy claro que nada de cuero y nada de atar".

¿Pero cuánta gente hay en realidad metida en estas cosas? Carla y Francisco coinciden en que, que ellos conozcan en Madrid, hay alrededor unas 200 personas activas en el mundo del BDSM, que acuden a fiestas y saraos de la asociación.

"Hay también -dice Carla- muchas personas que pasan por este mundo de forma transitoria, sobre todo muchas chicas jóvenes que van una época a fiestas y después desaparecen. Algunas veces vuelven pasado un tiempo. Puede ser que les canse la insistencia de determinadas personas, pero no es muy distinto del agobio que puedes sufrir en una discoteca cualquiera, aunque ninguno de estos agobios esté justificado".

BDSM. | Gema Segura

Francisco está de acuerdo, pero matiza: "A ver, en realidad es tan bueno y tan malo como cualquier otro club. ¿Por ser una chica de 20 años que se acerca por primera vez a este mundo te tiene que pasar algo chungo? No más que lo que podría pasarte yendo a clases de baile. Existe la ventaja de que en este mundo todo se habla, todo está más controlado. Nunca te vas a ir a casa de alguien sin haber hablado antes de lo que te gusta y lo que no, que es lo que se suele hacer en ambientes normales".

Los dos coinciden en que esto de hablarlo todo, lejos de resultar aséptico y cortarrollos, resulta más excitante.

La palabra que calma el estremecimiento que puede sentirse al leer la lista de prácticas BDSM es precisamente 'consentimiento'. Si no es consciente, consensuado, sensato y seguro, no es BDSM. Las famosas palabras de seguridad, que detienen la acción en el acto, son absolutamente necesarias.

"No siempre salen las cosas bien, igual que no siempre que te lías con alguien tienes necesariamente que tener cinco orgasmos", aclara Francisco. Y después están los riesgos físicos que implican estas prácticas.

Francisco, por ejemplo, ha tenido problemas en el codo, y explica que hay que estar atento a los posibles accidentes: "Pegando no suele haber problemas, más allá de que se te quede el culo dolorido, pero sí que hay que tener cuidado con las cuerdas. Lo más grave es que te caigas estando suspendido en el aire, que eso sí que puede ser realmente peligroso, y que se te queden dormidas las extremidades. Hay que estar siempre atento. La asfixia erótica es quizás lo más peligroso".

Es casi inevitable llegar a un punto de la conversación en el que surge la pregunta: ¿Qué sucede cuando el BDSM se encuentra con la moral? ¿No podrían resultar algunas prácticas BDSMeras modelos de sometimiento de la mujer, réplicas de situaciones de maltrato?

"Evidentemente -explica Francisco- hay corrientes feministas que están en contra de las vertientes del BDSM en las que se juega con el sometimiento de la mujer. Mantienen que esto perpetúa roles de género que son enfermizos. Fingir que esto no es problemático sería una estupidez. Pero nosotros basamos todas nuestras prácticas en el consentimiento, y hay muchas mujeres que son las que tienen el rol de dominación, o parejas gays o lésbicas en las que hay un top y un bottom, así que no le veo el problema".

Carla incide en el tema del feminismo: "Casi te diría que el nivel de autoanálisis y consenso que lleva implícito el BDSM bien hecho hace que, necesariamente, se cuiden mucho más los micromachismos, y que, en esencia, una relación BDSM tenga muchas probabilidades de ser una relación más feminista que la de una pareja sexual convencional".

En medio del salón de Francisco, emergiendo de un agujero en el techo, hay un aro de metal de suspensión.

"Una vez mi madre me preguntó por el aro -dice Franscisco- y, como hago fotografía por afición, le dije que era un aparato para colgar el flash. Aunque creo que no se lo creyó". De todas formas, Francisco asegura que casi toda la gente de su entorno sabe de su vida. No le importa que se sepa, ni que aparezca su cara. Tampoco que lo sepan en su trabajo.

Es funcionario en un ministerio, y, aunque tampoco habla del tema con cualquier persona, tampoco lo oculta.

BDSM. | Gema Segura

Para Carla, esta entrevista es más una especie de salida del armario BDSM, aunque casi toda la gente que le importa lo sabe.

Los dos han decidido usar sus nombres reales en la entrevista, aunque tienen seudónimos de guerra, y creo que los nombres escogidos reflejan bien sus personajes, lo que se intuye en sus miradas y sus palabras: Francisco, oscuro y con algo tenebroso en sus gestos, es Mavros, nombre que aparece grabado en algunos de sus instrumentos de tortura. Carla, con ese salvajismo jovial y desenfrenado, es sencillamente Ceci.

Pasado un rato, Mavros y Ceci, ya un poco más metidos en sus respectivos papeles, pasan a la acción. Mavros entrecruza cuerdas y ata nudos alrededor del cuerpo desnudo de Ceci con la laboriosidad de un artesano. La situación es extraña: por un lado, hay un componente estético brutal: la carne siendo comprimida, el entramado de cuerdas creciendo, expandiéndose por el cuerpo, y el aro aguardando allá arriba.

Pero es extraño ser testigo de un momento así, tan íntimo, como ver follar a dos amigos tuyos frente a ti, alumbrados por un foco muy potente. Por si fuera poco, me dan permiso para acercarme, tocar los nudos, ver todo de cerca, y eso me tensa un poco. Es increíble ver la rapidez con la que Ceci está lista, empaquetada, con las cuerdas formando figuras sobre su piel. Es entonces cuando Mavros la suspende, colgando del aro. La visión es casi mágica.

Hay unos pocos azotes, y Ceci analiza la sensación que le produce cada uno, como si estuviésemos probando cacharros en una reunión de tupperware. Hay cierta frialdad en el ambiente, como si, al estar yo delante, no terminaran de tomárselo en serio.

Si estuviesen solos, la cosa sería bien distinta, supongo. Nos queda media hora de entrevista, media hora para que yo tenga que irme corriendo a una fiesta a la que tengo que ir por cuestiones de trabajo, y entonces Mavros me pregunta si quiero probar.

Es de noche y ha empezado a hacer algo de frío en Madrid. Siento un escalofrío, pero accedo. La Marcela sobrepasada de Bataille vuelve a venirme a la mente. Me desnudo completamente en el centro del salón, frente a la ventana. Pienso en la visión del vecino de enfrente, mirando el espectáculo a oscuras, sin saber qué pensar.

Ya tengo la cuerda enredada por el cuerpo.

BDSM. | Gema Segura

Mavros me dice que los vecinos ya habrán visto de todo mientras va trenzando la cuerda hábilmente por mi espalda. Los nudos y las formas son distintos a los que le practicó a Ceci.

De hecho, la cuerda en un momento pasa por mi boca, me la amordaza y me impide hablar con claridad. Siento las comisuras tensas, una presión en la parte de atrás de la cabeza. Me preguntan si estoy cómoda, yo asiento. La cuerda tira, pero es agradable sentir el cuerpo sujeto, compacto.

Mavros me muestra cómo puede mover mi cuerpo tirando de la cuerda. La sensación es impactante, la forma de sentir el propio cuerpo cambia. Me pregunta si puede ponerme una mordaza de bola. Asiento con la cabeza.

Me introducen en la boca una bola negra, que atan en la nuca. Estoy como teletransportada a un mundo de sensaciones a las que no estoy acostumbrada. Sé que esto es sólo un teatrillo, un "vamos a montar a la periodista en la montaña rusa y a darle una vuelta suavecita", pero las nuevas sensaciones inquietan mi sistema nervioso.

Con la cuerda y la bola en la boca, siento que, de forma inevitable, se me derrama la saliva por la barbilla y cae al suelo. Tengo las manos atadas tras la espalda y no puedo hacer nada, pero entiendo que babear en el suelo no tiene importancia.

En esta estancia han debido de pasar cosas que no puedo ni imaginar. Antes, cuando he mencionado los cuchillos, Mavros ha asentido. Siento que las manos se me entumecen y recuerdo, de golpe, que sólo tenía media hora, que tengo que irme corriendo a esa fiesta de trabajo.

BDSM. | Gema Segura

Me desata con la misma ligereza con la que me ató y, en cinco minutos, estoy en la calle.

Camino por la acera oscura, me palpo las zonas de la cara donde escasos minutos antes estuvo la cuerda tensa clavándose en la carne.

Me toco las muñecas, donde se ven claramente los rastros de la cuerda. Siento un vuelco al corazón y, sin dejar de caminar, me clavo una uña flojito justo en la marca de las muñecas, hasta sentir de nuevo ese escozor.

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