‘EL MOTEL DEL VOYEUR’ PASA DE SER EL LIBRO DEL AÑO A UNA MERA POLÉMICA

‘EL MOTEL DEL VOYEUR’ PASA DE SER EL LIBRO DEL AÑO A UNA MERA POLÉMICA

El pecado de Gay Talese fue creerse todo el sexo que se espía por la rendija de un motel

En ‘El motel del voyeur’, el periodista Gay Talese consigue captar un retrato fiel de la sociedad de EE UU. Y se sirve de sus intimidades sexuales para lograrlo. Del hombre frustrado porque su esposa no sabe lo que es una felación o la mujer frustrada porque su marido no sabe lo que es compartir. ¿Importa que todo fuera una gran mentira porque Talese no contrastó su única fuente?

Portada del libro de Gay Talese
Portada del libro de Gay Talese | D.R.

La profesionalidad del mítico periodista Gay Talese se cuestiona después de que varios medios de comunicación desmontaran la veracidad de su último libro, ‘El motel del voyeur’. Uno de los errores más llamativos de Talese se aprende en primero de periodismo, y es que el reportero no contrastó el testimonio de su única fuente.

Hay dos tipos de periodistas, los mirones y los exhibicionistas. Es una de las primeras frases que escuché en una redacción. Años después volví a oírla, esta vez en el contexto de Twitter. En el fondo, viene a ser igual.

Y el caso es que tiene su lógica, por lo menos en cuanto al oficio de periodista se refiere. Los mirones son la esencia de la profesión: observan, no resisten la curiosidad. Analizan cada gesto, cada detalle y así, cuando se sientan ante la hoja en blanco, le sobran frases y datos y siempre tienen que recortar.

Los exhibicionistas serían la mala evolución. Aquellos que se preocupan más por relucir su nombre que por la historia, que han desarrollado un olfato extraordinario para lo emocional y sin embargo, qué ironía, les interesan más bien poco las emociones de los demás.

Gay Talese se encontraría más o menos a la mitad. Es uno de los periodistas con más firma (¡qué expresión tan fea!) de EEUU y a nivel internacional. Ha publicado sus crónicas en las revistas y periódicos más prestigiosos y ahora, a sus 86 años, cuando ya quedaba poco por demostrar, se da de frente con esa regla tan vieja y mala como la de no dejes que un buen reportaje te lo estropee la verdad.

‘El motel del voyeur’ (Alfaguara), su último trabajo, ha quedado invalidado antes de publicarse. Los pocos datos que aportaba un adelanto han sido suficientes para desmontar la mayor parte de una historia que el reportero llevaba décadas rumiando.

El protagonista es Gerald Foss, dueño de un motel desde el que durante años ha ido observando las filias sexuales de sus clientes y redactando una especie de manual de uso y costumbres eróticas de los estadounidenses. Lo consiguió a través de un meditado sistema de ventilación falso que, desde el techo, servía de mirilla a la intimidad de los hombres y mujeres que pernoctaban en su establecimiento.

Bueno, pues resulta que ni Foss fue dueño del motel durante muchos de los años que constan en sus escritos ni muchos de los azares que relata han podido ser demostrados (como el asesinato de una mujer a manos de sus novio en una de las habitaciones que no consta en ningún archivo).

Si Talese ha tardado tanto en publicar este libro (conoció a Foss en los 80 del siglo pasado), es por haber esperado a que los delitos prescribiesen. Delitos que él también cometió, pues acompañó en sus correrías a Foss y fue, como mínimo, cómplice de silencio de ellas.

Como todo lo que se cuenta en él ha quedado en entredicho, su editorial, que esperaba EL LIBRO DEL AÑO, se ha tenido que conformar con una solapa que vaticina que el más POLÉMICO sí será. En realidad, lo más jodido de la historia, es leerla y pensar que, si es mentira, ¿qué más da?

Quiero decir, se trate o no de un testimonio basado en hechos reales importa poco. La cuestión es que, en verdad, el libro de Talese es un relato certero de la realidad. Aunque Talese se saltara una regla tan básica del periodismo como es contrastar.

En poco más de 200 páginas, el autor consigue captar un retrato fiel de la evolución de la sociedad estadounidense durante la segunda mitad del siglo XX. Y se sirve de sus intimidades sexuales para lograrlo.

Del hombre frustrado porque su esposa no sabe lo que es una mamada o la mujer frustrada porque su marido no sabe lo que es compartir, todo esto en los setenta, pasamos al auge del sexo oral (que el autor de las memorias relaciona con el éxito de ‘Gartanta profunda’).

Y mucho más, con los 80 llegan las parejas interraciales sin prejuicios, los tríos, las orgías… Una auténtica liberación sexual de la que Foss es testigo desde su atalaya, como el científico que observa al ratón.

Con todo esto, la pregunta que surge es si la validez de cada uno de los preceptos expuestos se ve alterada por el hecho de ser ficción. Dicho de otra forma, ¿es verdad por ser mentira? Propongo abrir un periódico por una página cualquiera mientras seguimos con la reflexión.

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