LITERATURA FELINA

LITERATURA FELINA

Si te gustan los vídeos de gatitos, te encantarán estos libros de gatos

Gatos, gatos, gatos. Gatos por todas partes. El gato está de moda y cómo no, si es un animal que convive con los humanos desde el antiguo Egipto. Venerado y perseguido a partes iguales, la literatura mira a los gatos con fascinación. Aquí recopilamos siete libros que serán una delicia para los amantes de los felinos y una buena iniciación para quienes todavía no se han atrevido a conocerlos.

Portada de 'Gatos ilustres'.
Portada de 'Gatos ilustres'. | Ilustración de Joana Santamans

Gato encerrado.- William S. Burroughs.

Recuerdo la única vez que le pegué a Ruski por atacar a uno de mis gatitos. El modo en que me miró, la impresión y el dolor, era idéntico a como me miró mi amigo Kiki. Tenía sueño y estaba irascible. Entró y empezó a empujarme, y finalmente le di una bofetada. En ambos casos tuve que compensarlos. Ruski desapareció, pero yo sabía dónde estaba. Salí al garaje y lo encontré y lo traje de vuelta. Kiki se quedó ahí sentado con una lágrima en el rabillo del ojo. Me disculpé y al final se le pasó.

En Gato encerrado, Burroughs intenta desentrañar la peculiar relación que se establece entre gatos y humanos. Partiendo de sus memorias, construye un relato íntimo y muy personal en el que los felinos ayudan a conocerse a uno mismo a partir de su esquiva personalidad.

Gatos ilustres.- Doris Lessing.

Metí a la gata gris en la cesta para gatos y la llevé al veterinario. Era la primer vez que la encerrábamos, y se quejó; se sentía herida en su dignidad y su amor propio. La dejé y fui a recogerla por la tarde.

La encontré en la cesta, oliendo a éter, lacia , macerada, con naúseas. Le habían afeitado un buen pedazo de su costado, de modo que se veía el gris blancuzco de la piel, atravesada por una raja de dos pulgadas cosida meticulosamente con hilo de sutura. Me miró con los ojos muy abiertos, oscuros, asustados. Se daba perfecta cuenta de que la habían traicionado. La había vendido una amiga, la persona que la daba de comer y la protegía, cuya cama compartía. Le habían hecho algo terrible. No soporté mirarla a los ojos.

Gatos ilustres es un viaje por la vida de la escritora Doris Lessing. Lo hace a través de la personalidad de los diferentes gatos con los que ha convivido. Gatos agresivos, cariñosos, miedosos y valientes, pero entregados y fieles todos ellos.

El gato que venía del cielo. | D.R.

Soy un gato.- Natsume Soseki.

Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana. Según pude saber más tarde, se trataba de un ejemplar de lo más perverso, un shoshei, uno de esos estudiantes que suelen realizar pequeñas tareas en las casas a cambio de comida y alojamiento. En algún sitio he escuchado incluso que, en ocasiones, esos crueles individuos nos dan caza y nos guisan, y luego se nos zampan. Aunque he de decir que, debido quizás a mi ignorancia y a mi poca edad, no sentí nada de miedo cuando le vi.

Soy un gato es, junto con Botchan, la novela más importante del japonés Natsume Soseki. Escrita en primera persona, desde el punto de vista del felino, esta historia, ingeniosa y sarcástica, se centra en la descripción de la burguesía Meiji, que habitaba Tokio.

Mi gato Autícko.- Bohumil Hrabal.

En aquella época en que todos los gatos y gatas me tenían desesperado, siempre, antes de despuntar el día, venían a mi cama en un ensueño justo en el momento en que yo, bañado de sudor, debilitado, pensaba en la no existencia; justo en ese instante se presentaban; no me acusaban de nada, sólo se sentaban y me observaban, y en ese entresueño yo era incapaz de apartar la mirada de ellos que, sólo con sus ojos fijos en mí, me llevaban a la muerte.

En Mi gato Autícko, Hrabal, el protagonista se encierra en su casa para entregarse a escribir y a cuidar de sus gatos. Todo va bien hasta que la colonia de gatos se reproduce tanto que Hrabal comprende que deberá tomar una decisión si quiere cuidar bien a sus pequeños amigos. Una decisión que le hará odiarse a sí mismo.

Mi gato Autícko. | D.R.

Lo que aprendemos de los gatos.- Paloma Díaz-Mas.

Las cinco pequeñas rajitas del brazo del sofá son, en realidad, producto de un accidente: un salto mal calculado cuando el mueble era casi nuevo, Tris-Tras que resbala y, a punto de caerse, se aferra con sus garritas en miniatura al tapizado del sofá, que resulta no ser de tela recia (como el anterior sofá, que acabamos de sustituir) sino de piel hermana de nuestra piel. Tris-Tras trepó con susto y saltó inmediatamente al suelo para huir despavorida, aterrorizada por su propio fracaso, con el rabo hecho un plumero, a refugiarse en una de las acogedoras sillas que quedan bajo el tablero de la mesa del comedor, el mismo sitio en el que se agazapaba cuando había tormenta.

De los gatos se pueden aprender muchas cosas, y no, no cosas acerca de ellos (eso es obvio) sino maneras de enfrentarse a la vida. Esa es la premisa de Lo que aprendemos de los gatos, un libro en el Paloma Díaz-Mas reflexiona y recoge todas estas lecciones.

Gatos. | D.R.

Gatos.- Charles Bukowski.

*reavivado como un fuego*

.

con porte regio mi gato

se pasea

.

se pasea sin descanso

con la cola erizada y

los ojos como

pulsadores

.

está

vivo y

afelpado y

tan real como un

ciruelo

.

ninguno de los dos comprendemos

las catedrales ni

al hombre que riega el

césped

afuera

.

ojalá fuera tan hombre

como gato es él;

si hubiera hombres así

el mundo podría

comenzar

.

sube al sofá de un salto

y atraviesa los

pórticos de mi

admiración.

Charles Bukowski confesó alguna vez que se sentía más cómodo entre gatos que entre humanos. De ese sentido de admiración (le apasionaba su resistencia, su capacidad instintiva de sobrevivir) nace Gatos, una recopilación de poemas y notas del escritor estadounidense.

El gato que venía del cielo.- Takashi Hiraide.

Cuando la puerta no estaba cerrada, tenía la costumbre de echar un vistazo dentro de nuestra casa. Al poco rato, volvía a salir por donde había venido sin mostrar la más mínima señal de sentirse cohibido por la presencia de seres humanos. No obstante, y era ese un rasgo propio de su carácter, nos observaba con recelo, tranquilo, con la cola erguida, sin atreverse a entrar del todo. Un simple ademán de tenderle los brazos, y huía a la velocidad de un rayo. Si intentábamos retenerle por la fuerza, mordía.

En El gato que venía del cielo, Takashi Hiraide narra la historia de una pareja que decide abandonar Tokio por una casa con jardín en el campo. La llegada de un vecino peculiar, un gato, cambiará su forma de pensar (hasta entonces demasiado férrea) y se convertirá en una intriga con matices poéticos.

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