CONTEMPLAR TODO LO QUE ACUMULAMOS TE HACE SENTIR SATISFACCIÓN

CONTEMPLAR TODO LO QUE ACUMULAMOS TE HACE SENTIR SATISFACCIÓN

¿Por qué almacenamos cosas absurdamente?

Libros, discos, películas, muñecos y recuerdos de todo tipo. El coleccionismo y la acumulación son, por definición, la antítesis de la funcionalidad. Nos aferramos a bienes de consumo que no utilizamos, convencidos de que su simple contemplación nos reporta satisfacción. Los expertos avisan: esos mismos objetos también nos atan y esclavizan. Tíralo todo.

Hablamos con gente que acumula cosas
Hablamos con gente que acumula cosas | Agencias

La casa de mis amigos Ricardo y Mónica tiene una librería monstruosa. Una de las más grandes y llenas de cosas que he visto jamás. Y un rincón en el que podría pasarme las horas muertas explorando no sólo los millones de libros y discos de todos los géneros y estilos, sino también los muñecos, fotografías y recuerdos de toda índole que pueblan caóticamente cada una de sus baldas. Una colección de pequeños tesoros personales que, sin embargo, son motivo de frecuente discusión doméstica.

“Los soportes artísticos tienen un valor sentimental muy importante para mí”, me cuenta Ricardo. “También tiene cabida lo excepcional, antiguo, o raro. Y luego conservo cosas que otras personas me han regalado y que considero bonitas. En resumen: conservo aquello que es arte y lo que me recuerda a personas que quiero”, explica.

Hablemos del porqué. “Es cierto: a menudo guardo objetos que no van a serme útiles. Pero quizás la distorsión de este juicio está en el concepto de utilidad”, apunta. “Según la RAE, en su segunda acepción, útil es algo ‘que puede servir y aprovechar en alguna línea’. Desde esta óptica, el mundo moderno aporta un amplio abanico de cosas que de poco sirven o se pueden aprovechar, como el arte o la cultura. ¿Tener una colección de discos es útil? ¿Es acumulación?”, se pregunta.

Agustín va incluso un paso más allá, y colecciona prácticamente cualquier cosa. Naipes, cámaras de fotos antiguas, sellos, llaves, relojes, monedas, juguetes de huevos Kinder, rollos de papel de calculadora, tarjetas de crédito y la que es sin duda mi colección preferida: la de números uno de revistas. Ahí están los primeros ejemplares de Época, El Jueves, Muy Interesante, Vogue, El Mundo, Año Cero y la práctica totalidad de publicaciones que uno pueda recordar haber visto en un kiosco a lo largo del último medio siglo.

“El problema es que no tengo espacio”, cuenta con cierto pesar desde su casa en el barrio madrileño de Moratalaz. “Aunque creo que por mucho que tuviera, lo llenaría de cosas”, ríe. ¿Cuándo y cómo empezó todo esto? “La verdad es que no lo recuerdo. Primero fueron los cromos. Luego, con 8 ó 10 años, me obsesioné con los sellos. Y a partir de ahí… casi cualquier objeto que me sirviera para conocer cosas”. Malditos cromos.

Preguntado por la posibilidad de que tirarlo todo a la basura supusiera algún tipo de liberación, Agustín lo tiene claro. “¿Tirarlo? Ni se me ocurre. Lo único que me jode es que he ido perdiendo algunas cosas”, lamenta. Y concluye: “Sé que podría vivir perfectamente sin todo esto, que no se me va la vida en ello, pero es ese rincón que todos tenemos y en el que nos aislamos del mundo con nuestros recuerdos”.

Vivir con menos

Si por algo me maravillan estos pequeños ejercicios controlados de síndrome de Diógenes es porque yo también fui así. De adolescente coleccionaba latas de cerveza (llegué a tener tantas que casi no cabían en mi habitación), entradas de conciertos, discos (muchos, muchos discos), posavasos, chapas y un sinfín de chorradas.

Tras cuatro mudanzas, llegué a la conclusión de que no era sostenible. Regalé casi 4.000 cedés (la mayoría de los cuales fueron a parar a casa del propio Ricardo), doné kilos y kilos de ropa y me propuse vivir con algo parecido a lo estrictamente necesario. Hoy no puedo decir que sea más feliz, pero sí que vivo más ligero. Y en cierto modo, también liberado de objetos que suponían un importante lastre, no sólo en materia de espacio vital sino también en el plano emocional.

“Hay toda una tradición filosófica y psicológica sobre los efectos de la posesión y acumulación de bienes como fuente de seguridad personal ficticia”, explica el psicólogo Ignacio González-Garzón.

“Cierto grado de propiedad personal nos transmite un sentimiento de arraigo y disminución de la incertidumbre: nos tranquiliza saber que tenemos dónde dormir o cobijarnos, qué comer o dónde encontrar lo que precisamos. Este sentimiento lo expandimos en la creencia, infundada, de que a mayor propiedad, mayor paz y seguridad, olvidando que el exceso exige nuestros cuidados, nuestro tiempo y dedicación a proteger lo que poseemos... y los objetos coleccionados terminan por atarnos”.

Toda esa paradoja se muestra en documentales como 'Minimalismo'. Las cosas importantes, disponible en Netflix, y que repasa la experiencia de un grupo de personas que han decidido desprenderse de todo lo superfluo para experimentar cómo se vive con menos. Todo ello en un país como EEUU, en el que el consumismo llega a límites verdaderamente ridículos.

Ignacio lo tiene claro: “Somos propiedad de lo que poseemos, y eso nos inquieta, nos preocupa y nos retiene, haciendo que temamos al riesgo y la aventura, pues todo viaje implica despedida y abandono de seguridades y posesiones, tanto físicas como psíquicas. El reto es encontrar el equilibrio entre las propiedades imprescindibles y la retención y acumulación absurda de objetos inútiles”.

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