UN ICONO DURANTE CUATRO DÉCADAS

UN ICONO DURANTE CUATRO DÉCADAS

Por qué amamos a Bill Murray

Retranca, melancolía, honestidad, libertad, decisiones insospechadas, cameos en la vida de los mortales. Un actor que es extraordinariamente normal y a la vez no se parece a nadie. Dos sellos, Bandaàparte y Blackie Books, publican sendos volúmenes que indagan la anárquica biografía de este icono pop, en su espontaneidad y su inspiradora forma de estar en el mundo.

Bill Murray.
Bill Murray. | Antonio El Ciento

No voy a comenzar hablando de Bill Murray como icono de la comedia de los 80 en Cazafantasmas ni del Bill Murray metido a reportero del día de la marmota en Atrapado en el tiempo, ese rostro en en el que pensamos cada vez que percibimos que nuestra vida ha entrado en bucle. No voy a mencionar el hastío ni el amor que encarnó en Love in Traslation. Tampoco reproduciré sus suspiros en Flores rotas ni sonreiré ante su versión de Cocteau en Life acuatic, a ritmo de Bowie. No. Voy a empezar rememorando el pequeño papel que interpretó en Zombieland (Ruben Fleisher, 2009).

En esta ágil comedia de terror, casi toda la civilización ha sido destruida por una plaga zombie. En un momento de la película, los protagonistas (Enma Stone, Woody Harrelson, Jesse Eisenberg y Abigail Bresnail) se refugian en una mansión, donde encuentran un reducto de pasado, un chupito que les sabe a la forma en la que solía ser el mundo.

Juegan al golf, ven películas, escuchan música (la banda sonora de Los cazafantasmas). Hasta que irrumpe en el salón un muerto viviente. Pero no lo es, es Bill Murray haciendo de Bill Murray caracterizado de zombie. "Me gusta salir disfrazado y hacer cosas", se confiesa ante sus invitados.

Bill Murray en Zombieland. | D.R.

El personaje de Eisenberg se topa más tarde con él y también cree que está ante un infectado, de modo que le dispara al pecho. "¿Algún pecado que quiera confesar?", le preguntan mientras parece estar a punto de extinguirse. La respuesta es todo Murray: "¿Garfield?".

Llamo la atención sobre esta secuencia por su verosimilitud. Atendiendo a la biografía del actor, a su retranca, a su actitud ante el sinsentido de la vida, a su manera de ser y de estar en el planeta, probablemente si sobreviniera la invasión, el intérprete tendría esa salida de travestirse de muerto viviente para poder salir a pasear. "¿En serio quedan seis personas vivas en el mundo y una de ellas es el jodido Bill Murray?", se pregunta entusiasmado el personaje de Harrelson.

Puede pasar, como cualquier día alguien puede venir a taparte los ojos por detrás y susurrarte: "¿Quién soy?". Y, entonces, tal vez reconozcas la voz familiar del actor que, sin hacer mucho ruido, ha acompañado y encandilado a cuatro generaciones. Ese mismo personaje, que efectivamente es real, que camina por el planeta, también puede acercársete a la mesa de tu restaurante y robarte unas patatas fritas o cogerte una calada de un cigarro en una terraza. Cuando le mires estupefacto, te responderá: "Nadie te va a creer". Eso dice su anecdotario más popular. Como si se tratase de un ovni, en distintos lugares del globo se han venido sucediendo estos avistamientos del actor.

"Lo conocen nuestros padres porque lo recuerdan de Cazafantasmas, la gente de los ochenta porque creció con esta saga y otras películas suyas, los más jóvenes le adoran por sus cameos y sus locuras, los hipsters por su cine independiente y los millennials porque, sin tener redes sociales, es un personaje viral, que aparece constantemente en Twitter". Al habla, la periodista y escritora Marta Jiménez, autora de Yo, Bill Murray (Bandaàparte Editores), la primera publicación en español sobre el actor, un volumen gustosamente editado e iluminado por el trabajo de 16 ilustradores que entregan su propia versión del de Illonis.

Junto a este tomo, acaba de ver la luz Cómo ser Bill Murray, de Gavin Edwards, y también esmeradamente editado por Blackie Books, que lo aúpa a filósofo y ahonda en su improvisada doctrina. Una especie de obra basada en hechos reales y que puede interpretarse casi como un libro de autoayuda que quiera enseñarnos a caminar por el lado absurdo de la vida. Murray, de alguna manera, parece invitarnos a ser más libres y felices.

Del inspirado libro de Jiménez, que fue un encargo del sello pero que la autora acometió con notable entrega e imprimiéndole un meritoso tono 'murrayniano', llama la atención un capítulo dedicado a otro de los aspectos del personaje, el hecho de que nadie o casi nadie le odie. "Es curiosa esta unanimidad en torno a él. Más en estos tiempos con tanta dureza, de haters… lo suyo es un pequeño milagro. Cae bien a todos los sectores, de todas las edades".

Confiesa Jiménez que a más iba descubriendo al personaje, más se contagiaba de ese espíritu suyo que, al cabo, es lo que nos entusiasma a todos. Una forma relajada y feliz de enfrentarse a la vida y una biografía en la que los límites entre la realidad y la ficción se desdibujan y en la que manda la libertad. "Tal vez el secreto, lo que más nos gusta de él, es la autenticidad que transmite, y que es de verdad".

En efecto, si Murray no existiera, tal vez habría que inventarlo. Pero el marketing sería incapaz de crear un personaje tan peculiar, tan espontáneo y, a la vez, tan rotundamente exitoso. Ahora bien, puede que él sí tenga una especie de dominio infuso del concepto de marca personal. O no.

Pero lo que de verdad le sucede es que el tipo no puede dejar de molar: "Es un icono de lo cool pero accesible. Su puesta en escena social es sofisticada pero sin afectación. Es un hombre sensual pero sin erotismo. Jamás se ha desnudado en pantalla, por ejemplo. Tiene un cierto aire aristocrático pero es capaz de llegar a lo popular. Brilla en su contención emocional, en su famosa cara de nada, que también es muy cool. Y luego está su manera de ser viral, de fluir sin que nada esté medido al milímetro", enumera la escritora.

 

No acaban aquí los motivos por los que amamos a Murray, por los que se ha convertido prácticamente una especie de religión discreta. Por ejemplo, como escribe Jiménez, es una antiestrella, prescinde de séquito, de agente. Quien quiera trabajar con él ha de insistir en su buzón de voz, el lugar donde depositó su carrera tras ganar el Globo de Oro, cuando desveló que había despedido a su representante, o bien buscar otras vías para localizarle y convencerle.

Murray es así, se mueve como le da la gana, aunque Jiménez apunta que en ese carácter libérrimo, insólito, hay rasgos que hacen al dios más humano: "Creo que le habría gustado ganar el Oscar. Algunos papeles posteriores demuestran que lo anduvo buscando, como cuando interpretó a Roosevelt en La visita del rey (Roger Michell, 2012). Era una película más bien mala pero él se salía de sí mismo y lo hacía muy bien. Creo que, efectivamente, iba buscando la estatuilla, pero esa incoherencia también le da autenticidad a un personaje que camina fuera de los corsés de la industria pero que no deja de ser parte de Hollywood".

De vuelta al volumen de Edwards, el lector hallará una generosa letanía de anécdotas (son 300 páginas, nada menos) que le pueden ayudar a interpretar la vida de otra manera menos medida, menos grave. Hablamos de un actor que protagoniza la comedia de la década, Cazafantasmas, y que asume el éxito mudándose a París con su familia para estudiar en la Sorbona, declinando decenas de ofertas de trabajo. Desde aquí, todo puede pasar. Carros de golf conducidos de madrugada en Estocolmo, lecturas de poemas para obreros, reglas que se rompen una y otra vez… Murray tiene un karma propio, Murray es el buen rollo con patas que nos ayuda a pensar la vida desde otros ángulos. Y, como concluye Marta Jiménez, "hace que la gente sonría y eso es algo que nos hace mucha falta a todos".

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