¿NUESTRA SOCIEDAD ES LA QUE DESCRIBE 'HEDUCACIÓN SE ESCRIBE SIN HACHE'?

¿NUESTRA SOCIEDAD ES LA QUE DESCRIBE 'HEDUCACIÓN SE ESCRIBE SIN HACHE'?

¿De verdad debería prohibirse a los menores el iPhone, WhatsApp o los videojuegos para que lean más libros?

Uno de cada cuatro españoles no lee libros (lo dice el CIS). Los millennials son narcisistas, solo buscan el 'like' y no se comprometen con nada (eso no lo dice el CIS). Junta las dos cosas y ya habrá alguien que diga que los jóvenes despreciamos la lectura. Muchos intelectuales incluso radicalizan la solución: Si queremos que lean (novelas), prohibamos todo lo demás: móviles, WhatsApp, videojuegos, series online... ¿De verdad un Fahrenheit 451 de todo internet hará que se llegue a leer más libros?

Un niño consulta un teléfono móvil
Un niño consulta un teléfono móvil | Getty Images

A priori, no tengo nada en contra de los millennials salvo que no paro de escribir artículos sobre ellos, como si, de pronto, me hubiese convertido sin pedirlo en corresponsal de una generación que, por lo visto, es también la mía. Más allá de esto, nada que objetar, como tampoco pondría peros a tontas y a locas a la de mis padres o a la de mis abuelos.

Groso modo, dentro los millennials más millennials, es decir, de los más jóvenes de esta horquilla, lo único que puedo criticar, si me pongo, es esa forma de vestir y de peinarse tan rara. Sólo por eso, apostataría de la etiqueta. Me hago mayor, supongo, como nos pasa a todos.

Pero en su (nuestra) defensa diré que nunca ha existido un grupo de edad tan mancillado en su tiempo como este. Quizás porque es la primera juventud a la que podemos observar y criticar vía internet.

Pero tal vez también porque la brecha generacional que tradicionalmente se ha dado entre padres e hijos es más honda hoy. Y esto se debe a que lo que nos separa y desconecta a los unos de los otros ya no es sólo la fecha de nacimiento sino, sobre todo, el hecho de que para los primeros internet apareció como estrella invitada e inesperada de su vida adulta; mientras que los segundos crecimos o nacieron navegando en este canal que es, al cabo, nuestro medio natural.

De esta grieta abisal surgen todo tipo de opiniones y desencuentros. A menudo, los mayores se asoman a al nuevo mundo con las manos en la cabeza y el ánimo del que observa a una civilización extraterrestre. Y esta actitud produce juicios de valor que no se detienen demasiado a cuestionar qué hay de verdadero en cada insulto o acusación.

¿Quién es el alienígena?

Se me viene a la cabeza un texto que Luis María Anson publicó en 2009, una columna en la que flipaba literalmente en un concierto de los Killers en Madrid. La juventud que Anson observó aquella noche se le antojaba “una llamarada encendida”. En la grada, él era un señor antiguo de corbata, un marciano observando a “adolescentes ombligueras y lolitas de vaqueros ceñidos como la piel”.

Para los jóvenes, en cambio, la estampa del académico ahí puesto en mitad de los decibelios debió asemejarse a una suerte holograma desfasado del maestro Yoda. Ley de vida, sin más, la brecha que mencionábamos: a la generación de Anson la criticaron por dejar de usar sombrero. Y a la anterior vete a saber por qué.

En el siempre rancio observatorio de lo joven ha sonado últimamente el periodista Antonio Navalón, que en uno de sus artículos nos apodó a los millennials “ dueños de la nada ”. Y se quedó tan ancho. Pero las redes, por enésima vez en la semana, volvieron a echar fuego y el columnista acabó pidiendo más o menos disculpas a través de la web de su periódico.

Su artículo era un despropósito por varias razones. Me centro en dos: la primera, su vacua generalización; la segunda, su evidente desconocimiento y su distancia para con los jóvenes de hoy. Querido compañero, millennials son escritores como Jenn Díaz, Juan Soto Ivars, Cristian Crusat, Juan Gómez Bárcena, Laura Fernández, Paula Cifuentes, María Zaragoza, Pablo Fidalgo, Matías Candeira, Elena Medel… Y no, no es la nada lo que se traen entre manos, aunque tengan redes sociales y anhelen likes como antes se anhelaban premios y lectores.

¿Un Fahrenheit de internet?

También recientemente, desde un suplemento cultural, el artista Luis Gordillo, uno de nuestros más importantes pintores y un intelectual de primera, proponía, asustado por la negación a la lectura de los jóvenes, prohibir “el cine, la televisión, los iPhones, los juegos electrónicos e internet”. Ahí lo llevas.

Y aquí llegamos al huevo de este artículo: ¿Se lee cada vez menos? ¿Es internet la culpable? ¿Lo son los jóvenes? ¿Y qué hacemos? ¿Un Fahrenheit de la cultura digital como propone Gordillo?

Claramente, por debajo de este runrún de los abuelos, también existen datos: los fracasos en el Informe Pisa, los alarmantes datos de lectura.

¿Por qué los alumnos de Secundaria y Bachillerato y, me atrevo a decir, también muchos universitarios son incapaces no sólo de escribir sino de realizar una lectura comprensiva? ¿Es posible que su dificultad para interpretar un enunciado les invalide para resolver un problema matemático planteado por el Pisa?

En España, la distancia entre quienes leen con placer y los que no les gusta tanto hacerlo es de 98 puntos de diferencia en la escala de rendimiento de lectura en el informe. ¿Tiene sentido, pues, que el sistema se afane en centros bilingües o trilingües cuando la LOMCE no contempla la lectura como elemento clave de la enseñanza?

En su recopilación de artículos 'Los Bárbaros' (Anagrama, 2008), Alessandro Baricco daba en el clavo de todos estos asuntos: asistimos a una revolución que está fulminando los valores clásicos de la cultura occidental, a un nuevo mundo que se alimenta de la imagen y cuyos métodos de acceso al conocimiento se fundamentan en una navegación rápida por la superficie.

Vuelvo a la pregunta: ¿La culpa es de los jóvenes?

La lectura, animal mitológico en la escuela

En su libro 'Lectura y cultura escrita' (Morata, 2009), María Clemente condenaba que la lectura había ido quedando relegada al ámbito educativo y desapareciendo del doméstico. De este modo, estos resultados no pueden ser sólo responsabilidad de los millennials sino también de sus padres.

En nuestras vidas académicas, la literatura se ha venido asociando a lo obligatorio y hemos dejado de percibirla como un placer. Cuando nuestros poco bibliófilos jóvenes crecían, cuando se encontraban en los primeros niveles educativos y de formación de su personalidad, no estaban recibiendo en casa el mensaje de que los libros son uno de los grandes bienes de nuestra cultura.

¿Qué cabe esperar de estas lagunas? Lo habéis adivinado: chavales que no saben contextualizar o relacionar datos, extraer conclusiones o disfrutar con la belleza de un buen capítulo de una novela.

Una hora al día en el cole para leer

La siguiente generación, la Z, no se enfrenta a un panorama mejor: la LOMCE fija una hora diaria para la lectura, pero es una hora fantasma que, por el momento, tiene escasa aplicación. Por otra parte, no es lo mismo enseñar a leer que crear lectores, un objetivo difuso en nuestro sistema y cuya materialización no va a producirse nunca de manera espontánea.

Ángel Santamaría, autor de 'Heducación se escribe sin hache' (Debate), reconoce que estamos ante una sociedad menos lectora pero no sólo en lo que afecta a los jóvenes sino en general. Para él, incluso en este mundo de imágenes, la palabra sigue teniendo sentido y ayudaría a mejorar nuestros resultados como país.

Coincide con él el catedrático de Pedagogía José Gimeno Sacristán, que en su libro 'En busca del sentido de la educación' (Morata) propone proporcionar una experiencia de lectura placentera a quienes no la hayan tenido y no limitarnos a confirmar el dato de que hay muchos alumnos que no tienen afición por la lectura.

Sin pacto educativo

Últimamente se están produciendo iniciativas insólitas como (¡albricias!) el Nuevo Plan de Formento de la Lectura 2017-2020, que nace bajo un lema que suena a videojuego, 'Leer te da vidas extra', y que pretende trascender los caprichos del que gobierne para buscar un pacto entre todos los agentes de la educación. Perdonad mi escepticismo, pero llevamos años utilizando la enseñanza y la cultura como armas arrojadizas entre partidos.

Y mientras tanto, en el mundo de la inmediatez, la vida en la pantalla sigue su curso, cada día pasamos más tiempo aquí dentro.

Volvemos a la propuesta de Gordillo: ¿Hacemos un Fahrenheit 451 con internet? ¿Les quitamos a el iPhone a los jóvenes menores 20 años? ¿Les cerramos Netflix? ¿Les quemamos los videojuegos? ¿Acaso un joven de un país en lo más alto del Pisa -Singapur, Canadá- no ve series, escribe por WhatsApp o pasa horas buscando el selfie perfecto para su Instagram?

A lo que voy es que los millennials no tienen la culpa. Ni los que vienen detrás.

Dentro de estas generaciones se están produciendo, además, fenómenos felices: clubes de lectura, un resurgir de la poesía gracias a internet, el fenómeno masivo de los 'bookstubers', la ácida sátira política que nadie como ellos ejecuta en las redes, la brillantez compositiva que un chico puede practicar solo en casa con un ordenador, las hostias que hay por entrar en doctorados, las series de televisión que, como 'Juego de Tronos', llevaron a sus espectadores a los libros…

Podríamos seguir 'ad eternum; pero es cierto que este artículo empieza a ser largo y que tú, lector, tengas la edad que tengas, estarás recibiendo otros reclamos en la pantalla de tu teléfono, de tu ordenador o de tu tableta.

Al final, de lo que estamos hablando es de competencia lingüística. Y lo estamos haciendo en un país, cuyo presidente dijo sin despeinarse que no hallaba tiempo para leer.

Y luego pasa lo que pasa. “Y cuanto peor para todos, mejor. Mejor para mí el suyo. Beneficio político".

¿Y el beneficio lector?

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