UN AGUJERO NEGRO EN LA CIUDAD

UN AGUJERO NEGRO EN LA CIUDAD

Una noche en el karaoke más casposo de Madrid

En la ciudad en la que vivo existen los agujeros negros. Lugares en los que, al caer la noche, se congrega gente muy (muy) extraña y se alteran las reglas del espacio-tiempo. Desde los after-hours en casas particulares a los bares de mala muerte en los que, llegado el amanecer, se echa el cierre manteniendo en su interior a un grupo de parroquianos pasados de vueltas. Clubes supuestamente selectos a los que no querrías pertenecer ni aunque te pagaran por ello. Antros, a fin de cuentas, a los que la gente va cuando el único destino digno debería ser la cama.

Un micrófono
Un micrófono | Agencias

De entre todos esos lugares, ninguno me resulta tan sórdido como los karaokes. Porque, a diferencia de muchos de esos otros agujeros negros de la ciudad, a ellos va la gente a cualquier hora de la noche, sin importarles que existan a pocos metros infinidad de opciones de ocio que, a ojos de la gran mayoría de los mortales, resultan mucho más apetecibles.

A ellos les gusta cantar. Cantar y que les vean. Ver y ser vistos. Y no debe ser tan raro: al fin y al cabo en otros rincones del mundo, como en China o Japón, es una forma de pasar un sábado noche de lo más habitual.

A este lado del planeta, sin embargo, la gran mayoría de los kararokes siguen destilando un aire cutre. Y, entre todos ellos, no conozco ninguno que lo sea más que el situado en la plaza de los Mosteneses, a pocos metros de la céntrica Gran Vía: el legendario Máster Plató.

O lo que es lo mismo, el sitio perfecto al que llevar a un turista si quieres que se lleve la peor impresión posible de esta ciudad y no vuelva jamás.

Y es que todo en este local es inquietante: desde la decoración hasta la gente.

Desde la ubicación, en los bajos de un párking que bien podría servir de escenario de una película de terror a los pegajosos e incómodos sofás, pasando por la paupérrima calidad del sonido –la voz de los osados que suben a cantar apenas se oye-, las paredes desconchadas o la mugrienta carpeta plastificada con el listado de canciones disponibles para que, durante unos breves y gloriosos minutos, cualquiera pueda experimentar en sus propias carnes lo que se siente al subirse a un escenario.

Por todo ello, y aunque a priori pueda parecer contradictorio, el karaoke de la plaza de los Mostenses me resulta un lugar absolutamente fascinante. Un sitio que todo madrileño que se precie debe visitar al menos una vez en la vida. La meca de los antros decadentes de la capital de España.

"Son nueve euros con copa, seis con cerveza", nos espeta con desdén un intimidante portero, cuyo musculado brazo podría desintegrarte en cuestión de nanosegundos. He decidido invitar a mi amigo David, el único que ha accedido a la petición de acompañarme a este lugar tan especial -es en estas situaciones cuando la amistad verdadera se pone a prueba -, así que saco la cartera y aflojo.

Será la cerveza más cara que me he tomado en años, pero la ocasión lo requiere.

O no.

Eau de chanson

Lo primero que llama la atención al cruzar el umbral de Máster Plató es el olor. Durante un tiempo, hace años, trabajé para una conocida marca de refrescos con sabor a cola. Mi labor consistía en recorrer clubes de alterne junto a un comercial para contar las existencias de bebida en cada local.

Visité puticlubs de todas clases y todos ellos olían exactamente igual que el Máster Plató. Una mezcla de ambientador potentísimo y aire irrespirable, de ese que no se renueva desde hace décadas. Delicioso.

"Mira, hay tres canciones de Sringsteen", le señalo a David, fan confeso del Boss, con la remota esperanza de que se venga arriba y se suba al escenario. “Para eso tengo que beber mucho”, me contesta.

No le falta razón: sólo los efluvios etílicos podrían hacer que una persona con cierto sentido del ridículo se suba a un escenario como este. Eso, o ser parte de los habituales del local, que también los hay: gente que se toma su labor verdaderamente en serio y que parecen ensayar toda la semana ante el espejo para mejorar sus dotes interpretativas y vocales.

Tipos que parecen salidos de otra época y que se llevan a su pareja a un lugar como el Master Plató para conquistarla con una canción de Phil Collins. Joder, eso son los peores. Y luego están los que claramente van a divertirse: básicamente, despedidas de soltero o cenas de empresa que darán lugar a comentarios jocosos a la mañana siguiente en la oficina.

Quizás lo más sorprendente del Máster Plató es la propia opinión que la gente tiene de él. “Es el mejor karaoke de Madrid”, comenta un joven entusiasta mientras sus acompañantes cantan a voz en grito una machacona canción de reggaetón.

Las opiniones de Internet van en la misma línea. “Muy pro”, dice uno. “El karaoke más interesantes de la ciudad”, asegura otro. La gente, sin duda, sabe cómo divertirse.

Suena Pimpinela. La letra de ‘Vete’ se va mostrando poco a poco bajo un evocador fondo con imágenes de playas, parejas con el pelo cardado e imágenes de la Cibeles que, a juzgar por los coches que la cruzan, deben ser de los años 80.

Apuro la última cerveza de la noche y me basta una mirada de David para entender que hay que salir de allí como alma que lleva el diablo.

Volveré, seguro.

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