UNA BUENA PEGADA

UNA BUENA PEGADA

Me pagan 60 euros por pegar doscientos carteles de tu próximo concierto

"Jubera tío, necesito que me eches un cable con unos carteles… ¿qué dices?" Recuerdo que esa fue la frase exacta que –con un tono que se debatía entre lo dubitativo y esperanzador– empleó mi colega Pedro para liarme todas las noches de la semana pasada. "Claro, no te preocupes, eso está hecho". Y podría haber seguido con un montón de aserciones sinónimas, que no escucharon a un inconsciente que decía: “No has pegado un cartel en tu puta vida, chaval". Sino que escucharon a un ego jactancioso que decía: “Has trabajando fregando platos, los baños del "Canon D’Or, pintando bodegas… ¿Carteles a ti? Venga hombre". Bravo, genio.

¿Te hace una pegada?
¿Te hace una pegada? | D.R.

La historia de los carteles comienza en el momento, en el que Pedro entra en el proceso de selección de una discográfica para trabajar en el departamento de comunicación. [No importa cual, así nos ahorramos el linchamiento y conservamos las amistades] Hasta ahí todo bien, todo bajo un orden precisado por un: “En un mes te llamamos” más corriente que las palomas. Sin embargo, la cosa se complica cuando le preguntan si quiere ayudar a la empresa pegando carteles. ¿Qué iba a decir?, ¿qué no? ¿No iba a alterar eso las decisiones del Amenofis de turno? ¿No daba un par de pasos hacia el anhelado curro? Así que nada, chico, a pegar carteles. ¿Por qué me pide ayuda a mí? Muy simple: porque es un soberano coñazo, entre dos se tarda la mitad, y la panoja nos da igual, lo que nos interesa es que consiga el trabajo.

El presupuesto es el siguiente: sesenta euros, doscientos carteles. Las cervezas, la cola, la escoba y el cubo, de tu cuenta. ¿Se dice pronto, eh? El primer día, pegamos treinta. Unas máquinas. Ya. Sea dicho también, que la decisión se tomó tras limpiarnos la espuma de los bigotes a la salida de la sala Maravillas, o sea 6:00 AM. Pero no pasa nada, gansos seremos, pero previsores también. Eso fue el viernes y tenían que estar para la mañana del lunes.

Cuando me quiero dar cuenta, estoy degustando el pollo de la cena del sábado sabor Ballantines, y suena un telefonazo. [No me jodas, lo carteles]. Así que, un rato después, ahí estamos, los dos en la parada de metro con la boca más seca que el ojo de la Inés y ciento setenta carteles en la mochila. “Qué, ¿nos tomamos una para nivelar?” Ese es el momento en el que sabes que tu colega ha hecho una bola de papel con lo que queda de día, y está en tu mano marcarte un mate digno de las facultades aéreas de Zach LaVine, o ser el responsable. CANASTA.

Menos mal que el domingo nos comportamos como jóvenes maduros. A las cuatro de la tarde estábamos en el metro tribunal pegando carteles a diestro y siniestro, cuando Pedro me dice: “Jubera, acuérdate de que si nos ven los chirris… son cuatrocientos pavos”. Así que tragas saliva, te haces el sueco y sigues haciéndolo. Como cuando tu novia tiene un retraso, como cuando te advierten de lo dañino de las drogas. Tragas saliva y palante’. Luego, vienen las multas, los churumbeles y las paranoias. ¿Quién se los come con patatas? Tú. ¿Quién es el culpable de la acción? El que la realiza ¿Quién tiene la culpa de que te pillen en un control de alcoholemia? El poli que es el que lo monta. Y, ¿de los carteles pegados? Adivina. ¿La empresa? No, la tiene el mequetrefe que tiene hasta los codos empapados de cola en polvo con agua, un domingo a las siete de la tarde.

Nada de eso importa. Pegamos los ciento setenta carteles restantes, y aprendí varias cosas. La primera, que los carteles no se pegan solos. La segunda, que en lo que se refiere a tapar otros carteles, existe cierta ética basada en el patrocinio, la temporalidad y el gusto personal. Si ves un cartel que anuncia un bolo para el que le quedan pocos días, y que ha sido recién pegado, bueno, se respeta. Pero si hay un gran patrocinador detrás, o la música produce arcadas… adiós. Y por último, que es un trabajo para el que hay que estar flaco, o gastar la misma mala leche que gasta Joe Pesci. Nosotros somos de los primeros. Me explico líneas más abajo.

La noche del lunes, ya teníamos otros doscientos carteles que pegar de la misma banda. El motivo era sencillo, en menos de veinticuatro horas nos habían tapado más de la mitad. Qué ética, ni que ocho cuartos. Por separado, nos forramos el barrio en tres horas. Sin hacer caso, por cierto, al tío que vende discos en la plaza del Dos de Mayo y que nos advirtió de la “gorda” que arranca y tapa los carteles del resto. Y que, es más, si te pilla pegando carteles encima de los suyos, pollo asegurado con soplamocos variable.

Así que allí estábamos, en la plaza del Dos de Mayo, tomándonos una lata después de haber hecho nuestro trabajo, cuando de la calle Velarde se oyen bajar unos gritos que dicen “Hijos de puta, ¿qué os creéis? Blablablá, etc.” Telepáticamente nos decimos: “¿En serio? ¿La gorda?” Y efectivamente, allí estaba, mezcla de Gandolfini y Cleopatra, acompañada por dos hombres y una mujer, más que dispuestos a colgarnos por los dedos gordos de los pies a cualquier cable de la luz. Que ¿qué hicimos? Correr. Correr como las gallinas. Porque vale que no era una tropa de skinheads, ni la poli, pero un implante molar vale el doble que la multa.

El martes y el miércoles fueron los días más divertidos. Si bien es verdad, que los mocos del resfriado nos llegaban hasta los tobillos; la existencia de un depredador de cien kilos potenciaba nuestras habilidades shaolin, le daba vidilla al asunto. Es más, nerviosos, intentamos tapar todos las carteles de la tipa esa. Lo hubiésemos hecho gratis. Y es entonces, justo en medio de la pegada del miércoles, cuando estamos empapelando el cajero de Fuencarral con Barceló, siento un toquecito en la espalda: “Caballeros, ¿saben que lo que están ustedes haciendo está prohibido?”. La policía. No sabemos si darnos la pira, o poner ojos del Cordero del mundo. Optamos por lo segundo, estamos cansados, y le intentamos hacer ver que formamos parte de la legión de desposeídos de esta ciudad, que solo estamos intentado ganarnos la vida…En definitiva, le estamos dando la oportunidad de que desarrolle su clemencia y caridad...Y vaya si lo hace: “Anda, tirar, y que no os vuelva a ver por aquí”.

Cinco minutos después, pitorreo y a la calle Pez, que en esa no hemos pegado.

El jueves teníamos otros doscientos carteles que pegar antes de la noche del viernes. No la íbamos a cagar el último día, así que cogimos el coche. Es verdad que nos salió un poco más caro por la gasolina y que las alfombrillas ahora están crujientes. Pero terminamos rápido y sin policías. Incluso nos dio tiempo de volver a la Maravillas, fantasear con un encuentro fortuito con “la gorda”, y pensar que lo que habíamos hecho se trataba una prueba de fe, y no de jeta empresarial.

Dos días después a Pedro le ha vuelto a sonar el teléfono. Más carteles.

Contrátenlo ya.

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