EN PRIMERA PERSONA

EN PRIMERA PERSONA

Pasé una noche como portero de discoteca y esto es lo que vi

“Será por noches en puertas de garitos. Si cogiese todas las puertas con las que me han dado en la cara y las encordase, podría hacer un puente levadizo desde Torre Picasso hasta el Hotel de las Artes”. Eso fue exactamente lo que pensé cuando me encargaron este artículo. ¿Por qué? Quizá se deba a mi fascinación por el alcohol, quizá a que éste abre las puertas de un inconsciente histérico mientras torna mi lengua bífida o, en definitiva, me vuelva un faltón de categoría, un ojo morado en potencia.

Mi noche como segurata.
Mi noche como segurata. | T.O.

Son las 00:30 de la noche, al primer lugar que voy a pasar la noche es a B12 solo por el gusto de confirmar mis sospechas. Antes de explicarle al puerta a qué narices voy, me dice que con los pendientes no puedo entrar, que me olvide. “Pero si vengo a la puerta a…” “Esto es una zona de paso, por favor, no te puedes quedar aquí”. Le miro, me miran sus treinta kilos más. No tiene pinta de que vayamos a entendernos, así que me largo. Decido que voy a ir a la zona de Moncloa y Plaza España, entre todos los garitos que hay, alguno tendrá un puerta con paciencia.

No fallo, en el primero que me planto no me hacen caso: “Tú verás, si te quieres quedar aquí de pie, quédate, yo voy a estar toda la noche. Si molestas, te largas”. Estoy al lado de un tío joven de uno noventa, traje y pinganillo. Es la una y cuarto de la mañana y de momento está tranquilo, no hay casi cola. No me habla, no me mira y cuando le pregunto cualquier cosa me contesta con monosílabos. Se debe pensar que estoy chota, que no tengo amigos o que vengo de Marte. No sabe lo pesado que puedo llegar a ser. Al cabo de a hora, empieza a darse cuenta de esto último y me dice: “Si es verdad eso de que estás haciendo un reportaje, enséñame un mail o algo”. Le enseño una conversación de wsp con uno de los jefes de redacción y me dice “Vale, bueno, me llamo Luis, me llaman negro”. Negro, te tengo.

Lo primero que le pregunto es cómo y por qué empieza a dedicarse a esto. “El dueño del bar al que iba, cuando le empezó a ir bien, me dijo que si me sacaba la licencia de portero me daba trabajo. Y así empecé. Poquito a poco empiezas a conocer a gente y como en la noche hay mucho compañerismo… Al final, somos unos pringaos que estamos ahí enmarronaos y empatizas. Yo tengo veintiséis, pero la mayoría de los puertas con los que trabajo son mayores, tienen sus hijos… y como pasamos mazo tiempo el uno al lado del otro, pues nos contamos nuestras mierdas. La mierda une”.

La cola cada vez es más fluida y puedo observar dos tipos de conducta generalizadas en relación con Luis. Los que se comportan como monaguillos asquerosamente agradecidos y encantadores, parece que le tuvieran miedo o estuvieran hablando con un policía —incluso le regalan cigarros—; y luego los que le falta sacudirse la caspa encima de nosotros.

Cuando le comento esto, me dice: “los tíos por lo general tienen un problema con la autoridad, además, cuando la gente bebe, hay dos tipos de persona, los que se amansan y los que te retan. No sé por qué, si es que se quieren medir, si es que quieren colgarse el papel de víctima o qué. Pero ¿sabes?, es curioso, generalmente el que te parece más quinqui se hace tu colega y el pijo te monta el follón”. Veo que los cigarros que le han ido regalando se los guarda, no fuma. Cuando le pregunto, se ríe. “No son para mí, luego se los doy a mi novia. Suelo irme con cuatro o cinco a casa”.

La noche va pasando tranquila mientras hablamos del nazi que ha fichado el Rayo y como se lo han comido los bucaneros. Entonces aparece el primer espontaneo de la noche y suelta: “los medios de comunicación diciendo que no es nazi y sale posando con banderas nazis en la guerra de Ucrania, venga no me jodas”. Ya son las tres y media y la cola da la vuelta de la esquina.

Tres se han quedado fuera, dos chicos y una chica, todos por llevar alcohol escondido. Uno de los chicos tiene todas las papeletas para llevarse el premio al bolinga pro, y es ese justo el que empieza a decirle a Luis, cito textualmente: “Vamos a ver, fracasado de mierda, que me dejes entrar. ¿No? Que no vas a llegar a nada más que a puerta en la vida chaval, que eres un fracasado asqueroso chaval…”

El monólogo sigue un rato y digo monólogo porque nadie interactúa con el pollo, aunque la verdad es que dan ganas. Cuando le pregunto a Luis si va a hacer algo es claro: “Las palabras se las lleva el viento, tío, ¿qué voy a hacer?, ¿pegarle? Me parece que la imagen del puerta está muy demonizada. Yo no puedo tocar a nadie tío, pero es un estigma que nos va a ser muy difícil borrar. Parece inconcebible ver un telediario y que salga una noticia de un portero y sea positiva. Entonces aparece el segundo espontaneo “porque el buen puerta es el que no llama la atención. Muchas veces parece que no razonáis” [piti al canto].

“Bueno, yo razono hasta un punto, pero lo que realmente me molesta es la redundancia, tener que explicar las cosas cuarenta veces… Tío, ¿con cuántas personas me has visto discutir hoy para que no saquen la copa?, ¿con diez? Pues te quedan por lo menos otros diez, siempre los mismos argumentos y siempre las mismas réplicas…” Y la verdad es que lleva razón, son las cuatro y cuarto y, al menos, he visto siete personas que han intentado salir con la copa, de hecho, la última, esta vez chica, ha montado un pollo semejante al primero descrito líneas más arriba.

Tras esto me comenta: “Sabes o que me cansa también, el típico pavo al que no le puedes llevar la contraria porque está delante de sus colegas, menos si está con su novia, y mucho menos delante de las amigas de su novia. Y lo mismo de ellas, que muchas veces montan peleas para ser defendidas. Esos juegos machistas… no me gustan nada, la gente viene para pasárselo bien”.

El grueso de la cola ha pasado ya, entonces me dice “mira ese tú, a ver que nos monta”. Me señala un tío que baja la calle tambaleante y que cuando logra llegar delante de nosotros nos enseña el sello con toda la naturalidad que puede mostrar. Luis le dice: “Pero, tío, si la Joy está a tomar por el culo. ¿Vienes andando desde allí? Aquí son doce, a estas horas con una copa”. “No me jodas tronco, si tengo el sello”. Luis le mira mientras se se rebusca en los bolsillos. No encuentra nada. Se pira.

Lo que me cuenta de las condiciones laborales tampoco es bueno. “Las condiciones son UNA PUTA MIERDA, esto lo puedes poner en mayúsculas. Raramente te vas a encontrar a un portero que se profesionalice, a no ser que lleve un grupo, sea jefe de seguridad o algo así. Generalmente, el portero tiene otro trabajo, y si declara lo que gana por la noche ya son dos pagadores… A sí que la empresa se hace la loca, los porteros también… y funcionando. De hecho, antes os pagaban por horas, hasta que un buen día llegaron y nos dijeron “Chavales, cincuenta pavos por noche, al que no le guste, lo sentimos”.

Ante semejante respuesta, la pregunta de si lo quiere dejar es inevitable. “Claro que sí, pero no me llega la pasta. Estoy estudiando un módulo para ser un hombrecito y por el día curro de teleoperador, que gano con seiscientos pavos. Me gustaría que cualquier persona que leyese la noticia se plantease ¿podría yo vivir con seiscientos pavos?”

“Son las 5:30 ya ¿Quieres acompañarme al ropero? Es lo más coñazo…” Le acompaño, bueno me quedo a cinco metros del ropero porque a su alrededor hay un amasijo de carne y ropa impracticable que Luis se dedica a pacificar, de manera que visto desde lejos, parece que estuviese trabajando en una guardería: “Si te vuelves a colar te pongo el último de la fila”.

Después de quince minutos mirándole se acuerda de mí y se acerca. “Pírate ya anda, aquí está todo el pescao vendido. En quince minutos tiene que estar todo el mundo fuera y esto cerrado. Y no me dejes mal, eh”.

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