GENERACIÓN DE EXTRARRADIO

GENERACIÓN DE EXTRARRADIO

Recuerdo quinqui

Los veranos adolescentes en la capital, y la primera vez que alguien se acercó a la cremallera de mi pantalón, son recuerdos que comparten el mismo grado de clarividencia. Quizá porque uno se encuentra al abrigo del otro; quizá porque entonces no había nada más importante; o quizá por la sensación de intensidad y confusión que entrañan el sexo, la inseguridad a granel, y la búsqueda de una cremallera en un chándal.

"Ahora, la gente nacida antes del ochenta y cinco, dice no entender lo que pasa con la música, con la estética, y sobre todo, con la actitud".
"Ahora, la gente nacida antes del ochenta y cinco, dice no entender lo que pasa con la música, con la estética, y sobre todo, con la actitud". | D.R.

Junior, Vasco, Maru, El Punki, Eme A, Zaragoza, Joao, El Negro, El Chino, y la retahíla de pronombres demostrativos acompañados de nacionalidades y de los más originales baldones, componían un gang que no hacía más que jurar en nombre de Dios, mientras lanzaba miradas hirientes a todo aquel que le viniese en gana. Ahí estábamos, alfilerazos para un barrio bien, Chamberí, experimentando con nuestros egos y cuerpos, entre los escapes Yasuni y el solazo. Casi puedo saborear la imagen.

Aquello era un amasijo de intentos de skinhead, bakalas, y lo que quieran imaginar, pero un amasijo perfectamente articulado, que la gente siempre ha nominalizado bajo el sintagma nominal: 'Los quinquis esos'. ¿Qué es lo que unía a la quincalla?

Lo que la ha unido toda la vida y la sigue uniendo. La incongruencia social, generada a su vez por un motivo más determinante: la desigualdad económica. ¿Qué hacías en Madrid a treinta y pico grados, mientras tu clase veraneaba en Mallorca? Juntarte con otro desgarramantas como tú, que andaba con otros dos más, y cabrearte, cabrearte mucho, tanto que la sien quería explotar debido al tráfico de desconcierto que soportaba.

Parece que no, pero la baja estima, la pelusa y el drama hermanan mucho. Tanto es así que era bajar a la plaza y respirar la dignidad y el orgullo de ser quien eras, y estar donde estabas, en otro lado, y lejos de un sistema que te valoraba en función del estatus económico.

En aquel momento, nadie de mi generación se escandalizaba con todo aquello. Ahora, la gente nacida antes del ochenta y cinco, dice no entender lo que pasa con la música, con la estética, y sobre todo, con la actitud. Lo voy a resumir en cinco palabras: SE HAN HECHO MAYORES, AMIGOS. Unos carcas, de una madurez, inteligencia y sensibilidad prometedoras, pero, al final, son eso: unos carcas.

No pasa nada, ocurre siempre, uno se olvida de ciertas cosas. Mientras, los chavales de la plaza —los de antes no, los de antes escriben en revistas como ésta, envían armas de fogueo a Brasil, o reciben el premio extraordinario de la licenciatura en física— siguen fumando como Michel Imperoli, y mirando como si fuesen dueños de lo que ven. Pero esta vez han dado un paso más: los chavales de ahora se han hecho con los medios. Se han encontrado la puerta abierta y, habiendo entendido la viralidad, la han gestionado tan bien que se han convertido en un personaje importante de la película de los mass media. El porqué, lo desconozco.

'El Jaro', rey del cine quinqui, decía: "Imagino que estoy en un campo muy verde, me saco el rabo, y empiezo a follarme a la tierra. Entonces, en vez de árboles, salen hijos míos". Esa quizá sea la explicación más sólida que les pueda dar. Más que nada porque no soy antropólogo; si lo fuera, diría que es tan simple como decir que se les ha dado voz, y que la respuesta a dicha apelación es gratuita.

Meterte en Youtube y escuchar a unos tipos cantar algo parecido a lo que sientes es prácticamente gratis. No creo que la sociedad se esté volviendo loca por escuchar esto o lo otro, creo que ahora todas las partes sociales tienen voz, y también oídos. Hoy en día, los canales convencionales de comunicación no están bloqueados por la desigualdad, lo que trae consigo que la emoción social se haga explícita. Ahora, parece que hay más personas que sienten igual, y si esto suena a ruido, se siente.

¿A qué debería sonar? Desde luego que a 'My Generation' no; el postmodernismo galopante –porque como es muy moderno no impera, ojo– se ha comido cualquier esquema deontológico, además de no dejar una subcultura con cabeza. Cada vez que veo un mod se me saltan las lágrimas de alegría. Y, ¿tras ocho años crisis? Tiene que sonar a ruido obligatoriamente, a quinqui noise si quieren acicalamientos. Pero, en definitiva, a puto ruido, espléndido y miserable, pero ruido.

No me echen a los leones aún, por favor. Aún queda artículo, y prometo no hacer apología de la figura dóberman rabioso con claqueteo mandibular incluido, sobre todo, porque no creo que eso sea lo más adecuado para referirse a la quincalla.

Cuando uno se encuentra 'al otro lado' que decíamos antes, no puede dejar lugar jamás a la vulnerabilidad, a la ternura o a la dependencia. Uno solo desea afirmarse, y comúnmente ante el vacío –lo cierto es que a tempranas edades es difícil encontrar un sentido; bueno, a tempranas y a lejanas– y es aquí justo dónde se encuentra el fallo.

Sin un sentido –aunque sea ajeno– al que adscribirse, es muy fácil que el excluido de cierta posición social la desee y con ella sus timos materiales [Ah, cómo me gustan las Air Max]. Es muy fácil también que aquel que se siente atacado, ataque también [¿Qué coño miras?]. Y lo que es más jodido: es muy fácil no caer en la cuenta de que la agresividad y el consumismo mediante las que uno se afirma, lo que hacen es repasar más las diferencias que se quieren borrar.

Como vemos, la cosa no deja de chirriar. Más aún cuando uno puede observar sin demasiado esfuerzo que la moda es esta, lo quinqui, o sea el consumismo nato que, sin embargo, al tornarse moda ya no tiene un ápice de respaldo o justificación. Es marca e impostura, es jugar a una ficción, pero una ficción bastante chunga. ¿Qué nostalgia o deseo extraño late en todo ello?

No voy a ser yo quien suelte la moralina, las detesto, y no sabría siquiera cómo empezar. De la misma manera, tampoco he querido palmear o bailar el agua al quinqui. Solo aproximarme a un fenómeno social que conozco de primera mano y darle una vuelta, o bajar el volumen a toda histeria cínica que parece haberse desatado en torno a un concepto más viejo que el caldo de gallina. Y, de paso, explicar que todo el tinglao en el que un día participé encantado de la vida –rapadito y con sellos– y al que no pienso renunciar por muy lejos que me quede, quizá solo se deba al miedo al fracaso, a la inferioridad, al mundo, al futuro. Y que nada de esto lo cura una chupa Adidas Old School, que es un error pero, ah, queda como un guante.

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